Álvaro Lacayo Argü[email protected]
Cervantes inventor supremo de lo alegórico, nos entrega a don Quijote y a Sancho en alada cabalgata “a pelo” y con los ojos vendados sobre las maderunas ancas del Clavileño (un caballito de palo) mientras los tramoyistas del embeleco simulaban viento y canícula, don Quijote, sin percatarse del engaño da rienda suelta a su disparatado ingenio y Sancho a sus entumidos sesos. Al preguntársele sobre su viaje al firmamento Sancho confirma que deslizándose por arriba y al soslayo por debajo de la pañoleta, como buen curioso, pudo tocar los cuernos de las siete cabrillas, pasearse por la aurora boreal y esparcir su mirada por la luminosa Vía Láctea. Tocóle su turno a don Quijote quien respondió categórico que él sólo había sentido los fogonazos en sus narices y el resoplido del viento en sus crines de armiño y por lo tanto, respondió el de la ínclita figura “O Sancho miente, o Sancho sueña”.
Tan meteórico como el viaje de Sancho por las estrellas parece ser el andar de los sucesos del mundo en el tercer milenio. Joseph Stiglitz, premio Nóbel de Economía, así nos lo indica en su controversial libro “Los descontentos de la globalización”.
La inesperada caída del muro de Berlín y los crispantes sucesos de las Torres Gemelas de Nueva York, pusieron al descubierto, en el término de una década, las flaquezas de un liderazgo que al ser cogido por sorpresa había perdido el norte, y que según Stiglitz daba palos de ciego, a troche y moche. La liberalización del comercio, los capitales sin frontera y las privatizaciones bajo la tutela del Fondo Monetario en países con leyes bancarias inoperantes y un sistema judicial hambriento y sin decoro fueron terreno fértil para el surgimiento de una nueva casta de hampones altamente partidistas, ya que se partieron la madre mientras dejaban a los nicaragüenses con los bolsillos rotos; y secuela natural, la inexorable profundización del abismo de la miseria abyecta.
Ningún escenario, en ninguna parte del mundo, deja tan en claro la doble engañifa del atardecer del siglo XX, ni propugna de manera más patética los desafíos de la globalización que el status quo de la Nicaragua actual que se debate ante la más aguda crisis de su historia.
Con una dislocación de 12 escaños del 106 al 118, sobre 173 países analizados, un índice de corrupción negativo de –0.8 (rango de –2.5 a +2.5 a más negativo el rating más serio el problema) y con los objetivos de escolaridad primaria universal y el Estado de bienestar lejos de las metas trazadas para el 2015, según el índice de desarrollo humano del 2002 de Naciones Unidas, el panorama nicaragüense resulta desolador.
A quién le debemos tan fenomenal metamorfosis. Quizás la historia tenga algo que decirnos. A la generación del que esto escribe le tocó vivir bajo la dictadura y transitar el camino hacia la autocracia frentista, en otras palabras los cuarentones y los que andan en los veinte jamás conocieron las urnas, síntesis del hado nicaragüense, con profundas huellas en la “Psique” del hombre común que nunca conoció la libertad y que nos tocó aguantar las ideologías huérfanas de caudillos a diestra y siniestra.
El ultimo cuestionamiento sería el porqué de la marcha de cangrejo (hacia atrás) de la ultima década en que el barco nicaragüense ha sido capitaneado desde el firmamento de las estrellas sanchunas, por dos partidos políticos, Frente Sandinista y Partido Liberal, cuyos discursos del progreso semejan al de Sancho agarrado de las astas de las siete cabrillas: carreteras de seis vías, rotondas monumentales, alfabetización y vacunación masivas (en los ochenta) y su reflejo en el momento actual con un vacío total de cuadros técnicos y un sistema de salud en bancarrota, y por supuesto las innumerables quiebras bancarias y el costo económico y antropológico de la “despiñatización”, o sea, devolverles las propiedades a sus dueños.
Los arquetipos del pensamiento mágico universal del homo sapiens buscarán explicaciones causalísticas ante la debacle, como “fue el desgaste de la Contra”, la caída de los precios del “café”, “lo del 11 de septiembre”, que tienen sólo una mínima relevancia. El meollo del asunto está en nuestra propia conciencia, la ausencia del pensamiento intelectual crítico en el sentido profundo y coherente del término que demuestre consenso y voluntad política de gobernar para alcanzar el estado de Bienestar, Salud, Educación y Empleo que es el paradigma de la democracia consolidada, que no se logra con dejar de quemar llantas o inaugurar bulevares que son transitados por carretones repletos de niños famélicos. La condición humana sólo es mejorable apostando a la solidaridad y la inversión en el capital humano.
El autor es médico