Mario Alfaro Alvarado
¿Por qué creen que un grupo de incondicionales rodean con fanatismo a los caciques que se han repartido la Asamblea Nacional? No hay en ello ninguna alquimia, sencillamente tienen en la reelección la promesa de continuar por cinco años más ordeñando el presupuesto nacional. Algunos de ellos ya llevan diez años privilegiados viviendo a expensas de los impuestos que pagan los pobres de este país. Privilegios que se traducen en altos salarios, viajes gratis al extranjero, impunidad para cometer delitos y la posibilidad de que en futuras reelecciones se cumpla el lema somocista: “Somoza forever”.
Quien escala el poder no lo hace solo, quien se reelige no lo logra solo; cuenta siempre con una camarilla de corruptos que le ayudan. La reelección, que tanto daño le ha causado al pueblo nicaragüense durante todo el siglo XX, pretende prolongarse por largos años en el siglo XXI. ¿Es éste, por ventura, el destino de los nicaragüenses? Por cierto no lo es, pero hay que ponerle punto final a esta desventura nacional.
La reelección es apocalíptica, no porque sea el quinto jinete, sino porque es el potro sobre el cual cabalgan los otros cuatro jinetes bíblicos, que han azotado al pueblo de Nicaragua en toda su historia republicana.
La codicia por el poder para saquear las arcas nacionales y alzarse los ahorros de los nicaragüenses, ha sido la gran aspiración de los políticos de este país. En el siglo XIX fue electo presidente don Fernando Guzmán, con la ayuda de un ambicioso reeleccionista que esperaba “le guardase el lugar”. Pero el nuevo presidente prohibió la reelección e inauguró el llamado período de los treinta años. Años de paz, de progreso, de alternación en el poder, de no reelección.
Pero ese período prometedor sucumbió ante la ambición de un nuevo reeleccionista, don Roberto Sacasa, que no sólo perdió el poder para sí, también lo perdió su partido y abrió la puerta al reeleccionismo de Zelaya, con toda su cauda de barbarie y abusos desmedidos. A partir de 1893 la política nacional tuvo como aspiración el botín estatal y la reelección, cuyas consecuencias han sido: guerras, revoluciones, golpes de Estado, dictaduras, muertes y pobreza.
Las epidemias se volvieron crónicas, porque ninguna de las enfermedades que afectan a los más pobres ha sido erradicada por falta de medicinas y medios de prevención, porque el dinero del pueblo trabajador se lo roban los caudillos reeleccionistas y lo reparten entre sus secuaces. De esta manera dejan al pueblo indefenso ante los cuatro jinetes del Apocalipsis: guerra, epidemias, muertes y pobreza.
No hay que buscar ejemplos en otras latitudes, busquémoslos en nuestra propia historia. Como en el siglo XIX que don Fernando Guzmán le dio al país 20 años de paz, trabajo y no reelección; en el siglo XXI Dios nos otorga otra oportunidad con don Enrique Bolaños, que al perseguir a los corruptos para castigarlos por sus delitos y recuperar los dineros robados al pueblo, también se propone erradicar la corrupción, primer paso ineludiblemente necesario para vencer la pobreza y alcanzar la prosperidad.
El autor es periodista.