Octavio Molina Sediles
En algún momento de la historia de la humanidad, un homínido descubrió el daño que podía infligir a otro con un garrote y no perdió un solo segundo para sacar provecho de su nuevo poder.
Poco tiempo después, luego de recibir sucesivas palizas, su víctima aprendió la lección, y también se hizo de un instrumento igual, equilibrando el poder de su victimario.
Producto de este equilibrio, se llegó a uno de los primeros “acuerdos” entre estos “humanos”, permitiendo la convivencia armónica entre los primeros grupos sociales.
Muchos miles de años después, Hammurabi, Rey de Babilonia, quien vivió aproximadamente entre 1729 a 1686 A.C., se distingue en la historia, por iniciar el proceso de sistematización de la legislación, plasmando en tablillas de barro cocido el Código de Hammurabi, una de las bases del Derecho.
Unos trescientos años después, Moisés, quien nació en Egipto a finales del siglo 14, A.C., proclamó ante el pueblo de Israel los Diez Mandamientos, los que según la tradición Judeo-Cristiana fueron dictados por Dios y constituyen el fundamento ético de la sociedad occidental.
Pero, el pueblo judío no sólo recibió esos Diez Mandamientos (Éxodo, 20, 1-17) sino que Dios fue dictando también otras disposiciones extensamente redactadas en el libro Levítico, que aparecen adicionales a otras leyes del libro Éxodo, como las Leyes sobre los Esclavos (Éxodo 21, 1-11), sobre los Actos de Violencia (Éxodo, 21, 12-25), sobre las Responsabilidades de Amos y Dueños (Éxodo 21, 26-36), las leyes sobre la Restitución (Éxodo 22, 1-15), –de interesante lectura en estos tiempos que vive Nicaragua–, o las Leyes Humanitarias (Éxodo, 22, 16-31 y Éxodo, 23 1-13).
Otro gran evento del Derecho en la historia lo constituye la Codificación del Derecho, establecida en las Leyes de las XII Tablas del Derecho Romano, realizado alrededor del año 450 A.C., fundamento también del actual derecho que rigen las relaciones entre los hombres en la cultura occidental.
Y así, sucesivamente hasta nuestros días, los diferentes grupos sociales han acordado las normas que rigen su vida diaria, en una relativa armonía con el entorno que los rodea.
Esto permite el equilibrio social, es decir, rige el comportamiento del individuo en sus relaciones con los demás, sobre todo cuando se cumple con el postulado proclamado por Benito Juárez, de que “El respeto al derecho ajeno, es la paz”. O por lo menos debería impedir que algún mal nacido tome un garrote y comience a repartir palos, como sucede en “las piñatas”, sometiendo al resto de los miembros de su grupo a sus caprichos y tropelías.
No hace mucho tiempo, tal vez unos cuarenta años, todavía en la ciudad de León, en la zona de la Estación del Ferrocarril y más exactamente en la Avenida Debayle, se producían constantemente balaceras que dirimían los problemas de los habitantes de las poblaciones cercanas o de los mismos leoneses, alguna vez incluso por problemas causados por una gallina que se ensuciaba en el patio del vecino, en un ejemplo de barbarie que con el tiempo se fue superando.
Después se fueron desplazando estos focos violentos a otros puntos de la geografía nicaragüense, tales como Nueva Guinea, Matiguás o Santo Domingo y últimamente al Triángulo Minero.
La sociedad nicaragüense después de recorrer como parte de la humanidad ese largo y tortuoso camino de formación de las relaciones entre los hombres, después de dictaduras de todos los signos, y de guerras fratricidas en las que el pueblo aportó decenas de miles de muertos y sus secuelas de sufrimientos, hemos llegado aparentemente a la etapa de formación de un régimen democrático considerado por muchos como muy incipiente.
Por eso hoy nos deben preocupar las decisiones que tomarán los líderes de los principales grupos de poder, comenzando por quienes manejan con férrea dirección a los partidos políticos, sobre las elecciones de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, poder fundamental de la organización social, cuyas consecuencias pueden ser o que se respete el derecho que tenemos los nicaragüenses a una convivencia social, pacífica y armónica, o que permita que los homínidos modernos vuelvan a tomar sus garrotes para utilizarlos en contra de la sociedad, y que ésta, cansada de tanto abuso, desempolve también los suyos y retrocedamos el camino andado, por muy reciente bien conocido y nos encontremos al cabo de unos pocos años lamentando el mal que le hemos hecho nuevamente a Nicaragua.
El autor es analista político.