Norberto Herrera
Chaparrito, cegato, rechoncho, solterón, clase media; para nada representaba el “karisma”, el no sé qué, el ángel, que dicen deben tener los líderes que arrastren multitudes. Sin embargo, él llegó a dominar, como nadie, por más de cincuenta años el escenario político a todo lo ancho y largo de América Latina.
Heredero, por circunstancias, de la más oprobiosa dictadura del continente, Balaguer con casi media docena de presidencias, sacó del Caribe a la República Dominicana y la posicionó en el entorno latinoamericano con luz y liderazgo propios. Hizo progresar dramáticamente a su país. Rectificó evolutiva y sistemáticamente la frase de Rafael Trujillo de que “Dios había creado el mundo de la nada y que él (RT) había creado Rep Dom del caos”. Caos y postración fue el legado que dejó RT después de que fuera asesinado. En la novela La Fiesta del Chivo se pueden apreciar pincelazos de los dones extraordinarios y metódicos de Balaguer en cuanto a concertación y reconciliación de la familia quisqueyana, a la ausencia del tirano.
Para mí entre lo más relevante de Balaguer es que con su vida, alejada de actos corruptos comprobados, y tremendamente cercana a su amado pueblo —que le amó y le llora como a pocos— rompe con ese aforismo mítico, casi “biblia”, de los políticos tradicionales que creen que entre más dinero acumulen mayor poder político tendrán. Balaguer nunca tuvo ni buscó riquezas, él vio en el servicio público la motivación de una entrega total y ese era su mejor capital en los procesos electorales.
Balaguer me recuerda a otros dos grandes presidentes con esa misma mística: José María Velazco Ibarra, con cinco presidencias en el Ecuador, entre los años treinta y sesenta del siglo pasado. Tan pobre que cada vez que le daban golpes de estado, para poder subsistir, salía con sus libros a Panamá a dar clases en una universidad. JMVI es conocido fuera de Ecuador por su frase “Dadme un balcón y me dais la presidencia”, pero dentro de su país todavía es amado y recordado como un gran presidente de principios democráticos, inclaudicable, guiado por convicciones y no por conveniencias.
El otro recordado es Abraham Lincoln, tanto o más pobre que los otros dos, que sin fortuna ni linaje, logra abolir la esclavitud, terminar con la guerra civil y sigue siendo, hasta hoy, el presidente más admirado de su país. Aunque a Lincoln lo querían recordar como “el emancipador”, su pueblo más bien lo mira como “el honesto Abe”.
Balaguer contradice con su vida la afirmación de un político mexicano, Carlos Hank González, que a su vez fue factotum de su país por más de cincuenta años. González decía con cierta ironía desdénica: “político pobre, pobre político”. Otro coterráneo del citado, Carlos Salinas de Gortari, creyó en el aforismo que encabeza esta nota, pero en vez de acrecentar su poder político, lo esfumó.
Joaquín Balaguer tiene en el panteón de los estadistas de América el lugar cimero. Evoquemos lágrimas y paz inmarcesibles sobre sus restos.
El autor es Rector Fundador de la Upoli.