Homilía del XII domingo del tiempo ordinario
Queridos hermanos y hermanas:
Este domingo seguimos leyendo el capítulo diez del evangelio de Mateo, dedicado enteramente a la misión de los discípulos de Jesús. El texto que escuchamos hoy nos recuerda que no basta la adhesión personal a la palabra de Dios ni la experiencia íntima de la cercanía del Señor. Todos estamos llamados a anunciar el evangelio en los distintos ambientes y situaciones de la vida, incluso allí donde no es comprendido o rechazado.
El designio de Dios, todavía “encubierto” y “escondido” para mucha gente, un día será conocido por todos. A lo largo de la historia se irá revelando el amor de Dios, su voluntad de dar vida y sus exigencias de justicia y de paz. Quienes seguimos a Jesús estamos llamados a colaborar en esa progresiva manifestación del evangelio que se abre camino en la historia. Lo que Jesús comparte con sus discípulos en casa, al anochecer, antes de dormir, ellos deben anunciarlo sin miedo “en pleno día”; lo que escuchan de él en la intimidad, deben proclamarlo “desde los tejados” (Mt 10,27).
El anuncio del evangelio y el testimonio cristiano nacen de la relación personal e íntima con Jesús. Para ser evangelizadores creíbles, debemos vivir intensamente unidos a Él, dedicando momentos de silencio a orar, a escuchar su voz y a abandonar nuestras ansiedades en Él. Seremos apóstoles fuertes y maduros solo si somos hombres y mujeres de oración, familiarizados con la palabra de Dios y acostumbrados a escuchar a Jesús en el corazón. Solo así podremos anunciar en pleno día lo que escuchamos en la noche de la fe, solo así proclamaremos en los tejados lo que Jesús nos susurra al oído en la oración.
Solo viviendo una comunión profunda con Jesús podremos anunciar con nuestra vida los grandes valores del evangelio: la compasión, el perdón, el servicio, la justicia, la paz. Con nuestra caridad mostramos la belleza de la fraternidad; con nuestra fe invitamos a todos a confiar en Dios y con nuestra esperanza levantaremos el ánimo de quien está decaído. Jesús nos pide anunciar públicamente lo que Dios espera de la humanidad y denunciar todo aquello que se opone a su designio. Un discípulo de Jesús no puede callar la verdad de Dios, ni por miedo a ser rechazado ni por prudencia para no incomodar a otros.
La Iglesia está llamada a proclamar la palabra liberadora de Jesús en medio de las tinieblas que oscurecen el mundo: “no puede considerarse ajena a las dinámicas que configuran el rostro de la sociedad”, “no puede evadir su responsabilidad frente a la forma en que se tejen las relaciones sociales” (cf. León XIV, Magnifica Humanitas, 2). La Iglesia no puede cruzarse de brazos ni mirar hacia otro lado frente a sociedades que configuran su rostro pisoteando la dignidad humana, ignorando la libertad de las personas, relegando a los pobres y olvidando a las víctimas.
Por eso, tantas veces a la Iglesia le toca vivir su misión a contracorriente, frente a las ideologías deshumanizantes, al engaño de los falsos ídolos y a la crueldad de los poderosos. Cuando nos tomamos en serio el anuncio de la palabra de Dios, cuando llamamos a las cosas por su nombre y proclamamos las exigencias de la misericordia y la justicia, tarde o temprano nos volvemos incómodos para quienes viven en las tinieblas de la ambición desenfrenada de poseer y del hambre insaciable de dominar.
Algunos piensan que es mejor callarse, que es más prudente no buscarse problemas, actuar como si no se hubiera visto nada y evitar decir lo que pueda disgustar a los poderosos. Claro que es más cómodo quedar bien con todos y halagar a quienes tienen el poder para que no se metan con nosotros, nos dejen vivir tranquilos e incluso nos concedan privilegios. Pero si queremos vivir con la valentía y la libertad que Jesús espera de sus discípulos, no podemos dejarnos condicionar ni por intereses mundanos ni por el miedo.
Por eso Jesús nos anima hoy diciendo: “No tengan miedo a los que matan el cuerpo” (Mt 10,28). No tengan miedo a quienes denigran con calumnias, llevan a la cárcel o fuerzan al exilio. No tengan miedo a quienes gritan con odio, amenazan y atropellan, con tal de que la verdad no salga a la luz y ellos sigan enriqueciéndose, sometiendo al pueblo y tergiversando la historia. Podrán matar el cuerpo, pero no los ideales ni la fe; podrán terminar con la vida terrena del profeta, pero no pueden destruir su testimonio. San Óscar Arnulfo Romero lo dijo un día: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”.
La fe que sostiene la vida y la misión de los cristianos encuentra su fortaleza más honda en las palabras de Jesús, que se repiten tres veces en el evangelio de hoy: “No tengan miedo”, “no tengan miedo”, “no tengan miedo” (Mt 10,26.28.31). Es como si Jesús nos dijera: no se detengan, no se callen, no dejen de anunciar el evangelio. El miedo nos encierra en nosotros mismos, distorsiona la realidad y puede llevarnos a vender la conciencia y, en el peor de los casos, a negar a Jesús y renegar de la Iglesia.
Para que no quedemos paralizados ni mudos, Jesús nos habla de la ternura del padre, que cuida lo pequeño y lo frágil, como los pajaritos o los cabellos de la cabeza, y, mucho más, la vida de sus hijos comprometidos con el Evangelio. Ningún pajarito cae en tierra sin que el Padre se entere y se involucre amorosamente. Dios está ahí, en cada vuelo que se interrumpe. Por tanto, “no teman, ustedes valen más que muchos pájaros” (Mt 10,31). Quien cae no termina en la nada, sino dentro del abrazo amoroso del Padre.
El padre no nos promete vuelos sin caídas ni una vida sin cruces. Nos promete estar con nosotros en cada caída, sosteniéndonos como el nido sostiene al pájaro herido. La fe no es un seguro contra los tropiezos de la vida, sino la certeza serena de que nada nos alejará de las manos amorosas del padre. Ni siquiera la muerte, pues más allá de la muerte, encontraremos al padre del cielo, que nos ama infinitamente, y tendremos a nuestro lado al mismo Jesús que “se pondrá de nuestra parte” (cf. Mt 10,32-33).
No hay motivos para tener miedo. Lo contrario al miedo no es la valentía, sino la fe. Por eso, Jesús nos invita a confiar en el padre del cielo que tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza (Mt 10,30), que vive interesado en los más pequeños detalles de nuestra vida y ama cada migaja de nuestro ser. Creer en él nos vuelve capaces de vivir con serenidad y esperanza aun amenazados, aun perseguidos, aun en el dolor, aun en el día de la muerte.
No tengamos miedo de ser profetas de Jesús. No tengamos miedo de anunciar con convicción el evangelio y de denunciar con valentía lo que, en el mundo, se opone al designio de Dios. “No tengamos miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (cf. Mt 10,28).
Silvio José Báez, O.C.D.
Obispo auxiliar de Managua