Globalifóbicos en Managua

Con motivo de la celebración sandinista del 19 de julio, se han reunido en Managua activistas contra la globalización de diversos países, que se oponen inclusive con la violencia callejera a la expansión del comercio internacional, a los avances de la economía de mercado, a las privatizaciones y en general a cualquier proyecto de modernización y desarrollo basado en la economía capitalista.

En anuncios pagados publicados en algunos medios de prensa, los organizadores de este encuentro amenazaron con recurrir al “derecho humano” a la rebelión si no les aceptan sus exigencias. Pero no existe en la Constitución de Nicaragua, ni en la Declaración Universal de Derechos Humanos, ni en la Convención Americana de Derechos Humanos (Pacto de San José), semejante “derecho humano” a la rebelión, que significa literal y jurídicamente “desobediencia a la ley y a la autoridad legítima, insurrección, alzamiento armado, levantamiento violento”, etc.

Los globalifóbicos han conformado un poderoso movimiento internacional que ha organizado asonadas desmedidamente violentas en Davos, Londres, Seattle, Washington, Praga, Nueva York, Florencia y otras ciudades importantes del mundo, para oponerse a los acuerdos de libre comercio y a los organismos financieros internacionales. Sin embargo es difícil que pudieran hacer lo mismo en Nicaragua, porque este país ha sufrido las gravosas consecuencias del excesivo activismo revolucionario que hubo en el pasado reciente.

Estos globalifóbicos son descendientes, sin dudas, de aquéllos a quienes Federico Engels (compañero de Carlos Marx) calificó a mediados del siglo XIX como “socialistas reaccionarios”, porque “derraman lágrimas de dolor por la miseria del proletariado”, pero más bien lo perjudican con sus oposiciones a ultranza al desarrollo de la gran industria y el mercado mundial.

Pero aunque sean reaccionarios y no tengan razón en sus argumentos de rechazo al libre comercio, a las privatizaciones de las empresas públicas que han sido siempre baluartes de la ineficiencia y la corrupción, a los megaproyectos infraestructurales y comerciales para impulsar el crecimiento económico y social —como los TLC, el Plan Puebla-Panamá, proyectos de construcción de nuevas vías de transporte interoceánica, grandes inversiones turísticas, exploraciones petroleras, etc.— los globalifóbicos tienen derecho a protestar, sólo que deben hacerlo de manera pacífica y respetuosa a los derechos de las demás personas que no piensan como ellos.

En realidad, es muy necesaria e importante la discusión pública sobre los problemas de la globalización y en derredor de cualquier proyecto de integración y crecimiento económico y desarrollo social. Pero la globalización —o mundialización, como también se le llama— no es un fenómeno nuevo, sino que comenzó desde cuando las mercaderías producidas en cada país cruzaron las fronteras y fueron aceptadas por las gentes de otras naciones, porque eran de buena calidad y más baratas que las locales. Al mismo tiempo nació también el proteccionismo económico, promovido e impuesto por gobernantes y empresarios locales para defender sus particulares intereses económicos y comerciales, frente al empuje de los comerciantes provenientes de los países más desarrollados. Y por lo tanto, desde entonces ha existido la lucha entre quienes abogan por la libertad de comercio y el progreso económico sin fronteras, y los que se sienten obligados a poner toda clase de barreras para proteger su producción, a pesar de que ésta no sea buena ni suficiente para la autosuficiencia.

No es cierto, pues, lo que afirman los globalifóbicos, acerca de que la mundialización del comercio es producto de siniestros designios de los países altamente desarrollados, de las compañías transnacionales y de los organismos financieros internacionales, sino que es la consecuencia inevitable del avance de las nuevas tecnologías y de la expansión de las necesidades humanas, ante las cuales los viejos conceptos de fronteras y barreras aduaneras van perdiendo sentido y razón.

En todo caso, la globalización en su forma actual es la manifestación inevitable de un proceso objetivo de transformaciones, que se da a escala mundial y al que todas las naciones deben adecuarse para competir de manera airosa con lo bueno que puedan producir y ofrecer, y por lo tanto, para poder sobrevivir dignamente.  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí