Sentado en el trono de la tontería

Joaquín Absalón Pastora

Los que vamos de salida en la hilera del ocaso, no tenemos mucho que pedir. Sin embargo, dentro de las relativas aspiraciones está la de demandar a nuestros dirigentes políticos y gobernantes que no le cierren las puertas a las nuevas generaciones.

La conducción es un arte con su teoría y su práctica. Pero en Nicaragua se ha convertido en una alcantarilla donde corre el mercadeo morboso y personal.

Nuestros políticos no se pelean por el porvenir del abstracto Estado. Se dan codazos verbales y físicos por la sustentación del cargo. En la miserable calistenia se encumbran con el puesto en vez de dignificarlo. Se vuelven semidioses inaccesibles. La pedantería, efecto de la ignorancia, los induce a olvidar que las posiciones son breves y terrenales. Borran de un solo plumazo los párrafos no sólo de la humildad, peldaño de la sabiduría, sino de entender que el ejercicio de la autoridad está lejos de colindar con el abuso y el oportunismo.

El poder cuya separación ideó Locke en 1690 y robusteció Montesquieu, debe ser “lo más leve posible”. Pero aquí las “estrellas” criollas del país que siguen siendo una irrevocable tentación, se vanaglorian de ser alemancistas, sandinistas o bolañistas. Sandino está muerto.

Por lo tanto la invocación de su apellido se hace en nombre de un caudillo ausente. Pero Arnoldo y don Enrique están vivos. Ambos tienen “cuotas de poder” y en ellas se inscriben sus seguidores.

Los que están con el ex presidente tienen su isla en la Asamblea (“toda isla es un egoísmo”) desde donde se preparan para lustrar y modular el ambiente electoral del 2006. El proyecto es partidario y no nacional. La prematura transición tiene su finca en la cabeza marchita.

Sumisos ríos de ignorancia con el argumento de la lealtad se manifestaron justificando los gritos nunca dúctiles de un diputado golpista. Ríos dijo que habían arrancado muy temprano, con lo cual hubo una afirmación: El proyecto de destitución va, aunque no cuente con ninguna consistencia jurídica y sea lo menos conveniente a la nación. Mientras dure el período constitucional de Don Enrique, las dos reacciones mantienen una inalterable actualidad. Tenerlas presente es ilustrativo para saber a dónde nos quieren llevar.

Los bolañistas están en el poder. Al margen de quimeras “tienen la sartén por el mango”, y parece obligado en el código de la materialidad “estar con el de arriba”. Con esa recurrencia se ponen a un lado las perspectivas nacionales y se le niega la gota refrescante a los nuevos e inocentes retoños de la tierra pinolera. Veo a mi nietada cada vez que eso se plantea, en la caravana de la incertidumbre.

De pronto el sectario amante de los “ismos” modela antojadizos magnetismos. Es que “fulano de tal” es el único líder con magnetismo. Ese privilegio sin ninguna razón de ser —si existe— se conquista y al ser conquistado no se deteriora: Se mantiene.

Todos estamos sujetos a cometer errores. Sin embargo, aceptada la humana comisión, es intolerable que no se trabaje alrededor de sacar algún provecho de ellos mediante la rectificación. Por el contrario, se trabaja en la reincidencia. Esa consciente deformidad se repugna con la auténtica del político inserto en el prolífico destino de dar más y recibir menos. Pero esa parece ser en estos tiempos una ilusión, una dundería.

Cuando vio que sólo había estatua para los reyes y pocas o ninguna para los pensadores, Víctor Hugo dijo: “El mundo está sentado en el trono de la tontería”.

Cambien políticos. Honren los cargos y la herencia que dejan. Abran los ojos para las nuevas generaciones. Nicaragua primero.

El autor es periodista.  

Editorial
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