Jorge [email protected]
La crítica situación política por la que atraviesa Nicaragua actualmente tiene su origen en el pacto que Arnoldo Alemán y Daniel Ortega formalizaron a principios del año 2000. Por ese pacto —que sigue vigente— es que hoy en día Arnoldo Alemán es diputado y presidente de la Asamblea Nacional.
La idea detrás del nauseabundo acuerdo era y es la siguiente: “De aquí en adelante, todo lo decidiremos entre nosotros dos. No importa que haya elecciones y nuevas autoridades electas popularmente. Quienquiera que llegue a la Presidencia de la República estará sujeto a nuestra voluntad e intereses, ya que con este pacto controlaremos todas las instituciones del Estado, y, por ende, la vida política de la nación. Y para que esto sea una realidad permanente e irreversible, lo que hemos acordado quedará incorporado en la Constitución Política a través de una reforma”.
Lo que los pactistas jamás se imaginaron es que llegaría a la Presidencia de la República una persona decidida a desmantelar el siniestro chanchullo y a devolverle la libertad institucional y la dignidad a la nación. Pero cumplir con la tarea de desmantelar el pacto no será del todo fácil, y por eso es que para que el presidente Enrique Bolaños pueda cumplir con la irrenunciable y monumental responsabilidad de destruirlo, tiene que contar con el apoyo del pueblo que lo eligió.
La ley suprema de la nación —la Constitución Política— en su Artículo 2 establece que “La soberanía nacional reside en el pueblo…” y que “El poder político lo ejerce el pueblo por medio de sus representantes libremente elegidos por sufragio universal, igual, directo y secreto, sin que ninguna otra persona o reunión de personas pueda arrogarse este poder o representación”. El Artículo 2 termina diciendo: “También podrá ejercerlo de manera directa por medio del referéndum y del plebiscito y otros procedimientos que establezcan la presente Constitución y las leyes”.
Como podemos apreciar, dicho Artículo nos marca el camino que hay que transitar para empezar a romper el funesto pacto que tiene aprisionado al país y que está frenando su desarrollo económico. Para empezar, Arnoldo Alemán —que no fue electo “por sufragio universal, igual, directo y secreto”— está, en consecuencia, usurpando y arrogándose un enorme poder y una representación popular a la cual no tiene derecho. No debe, por lo tanto, seguir siendo presidente de la Asamblea Nacional. Pero, ¿cómo sacarlo por medios pacíficos y legales? La respuesta es: a través de un plebiscito. (Quiero dejar claro que no comulgo con ideas de golpes de Estado, ni fujimorazos, ni con ningún medio que no sea legal y pacífico).
“El plebiscito —de acuerdo al Artículo 133 de la Ley Electoral— es la consulta directa que se hace al pueblo sobre decisiones que dentro de sus facultades dicte el Poder Ejecutivo y cuya trascendencia incida en los intereses fundamentales de la nación”. Es más que evidente que los intereses fundamentales de la nación están siendo afectados negativamente por Alemán. Éste, sin justificación alguna, ha bloqueado y demorado la aprobación de importantes iniciativas de ley del Ejecutivo, como es el caso, por ejemplo, de la ley de reforma tributaria. Como consecuencia de ese bloqueo, se retardará varios meses la llegada al país de más de cien millones de dólares que urgentemente se necesitan para la reactivación económica. El único beneficiado de esa demora es Alemán, quién, además, ha intentado —con declaraciones falsas e irresponsables— crear un caos en el sistema financiero.
El presidente Bolaños debería, por lo tanto, apoyarse en el pueblo que lo eligió para que Nicaragua salga de una vez por todas de Arnoldo Alemán, una persona que intrusamente ocupa la presidencia de la Asamblea Nacional para satisfacer ambiciones personales y para perjudicar al país. Estoy seguro de que la ciudadanía decente, que es la vastísima mayoría, estará dispuesta a firmar una petición dirigida a la Asamblea Nacional para que apruebe la realización de un plebiscito que haga la siguiente pregunta: “¿Está usted de acuerdo o no en que Arnoldo Alemán siga siendo presidente y miembro de la Asamblea Nacional?”
Por supuesto que se me dirá que eso no es posible porque, siendo que Alemán y Ortega controlan el Parlamento, jamás aprobarían dicha petición. Es posible, aunque habría que ver cuál sería la justificación que tendrían que inventar esos individuos para rehusar una solicitud popular que de seguro estaría apoyada por cientos de miles de firmas. Creo que por el bienestar de Nicaragua vale la pena intentarlo.
El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa y catedrático de la Universidad Thomas More.