Gerardo Bravo Ló[email protected]
Hace varias semanas, fui invitado por la misión de la Organización de Estados Americanos en Guatemala a participar en un taller de Centroamérica y México sobre experiencias internacionales de procesos de construcción de paz. En 3 días ininterrumpidos de discusión fueron presentados a los asistentes diversos temas asociados a la pacificación, cese del fuego, reinserción, cultura de paz y comisiones de la verdad e importancia y resultados de mecanismos de búsqueda de restos humanos, personas desaparecidas y en general crímenes violatorios de derechos humanos en países que han sufrido conflictos bélicos o políticos.
En Nicaragua, nunca se constituyó comisión alguna posterior a los Acuerdos de Sapoá, sino mecanismos de verificación internacionales de la OEA y ONU y otros nacionales como la del Cardenal Obando. En cambio en Guatemala y El Salvador existen experiencias de comisiones llamadas de la Verdad. Experiencias que deben ser estudiadas con detenimiento para encontrar la eficacia y valor de los resultados obtenidos, pero, sobre todo el valor asignado por la ciudadanía a esos trabajos de recuperación de memoria histórica, de sanación de heridas y restitución de vejámenes, daños morales e inclusive materiales.
Quiero enfatizar en algunas ideas que distinguen los procesos políticos de Nicaragua sobre los procesos de paz de El Salvador y Guatemala. En primer lugar, he insistido que los centroamericanos debemos hablar de concepto de transición política y no exactamente de transición democrática. En Nicaragua se dio el desalojo del poder a un gobierno de izquierda y en Guatemala y El Salvador no se ha dado ningún desalojo a ningún tipo de gobierno. Las reformas políticas impulsadas en la región tienen prioridades propias, en Nicaragua aún no termina el redimensionamiento del Estado, en Guatemala y El Salvador se crearon entidades públicas con misiones derivadas de los acuerdos de paz. Es un error generalizado en el mundo, sobre todo del actor político victorioso imponer su agenda a la nación entera, cuando hay que reestablecer el tejido humano lacerado de ex combatientes y civiles. J.P. Lederach afirma en sus escritos que se requieren 20 años para construir estructuras de paz en naciones como las centroamericanas que han finalizado conflictos.
En segundo lugar, las fuerzas contendientes han tenido que establecer acuerdos o pactos de transición política que generalmente han tratado de asegurar el cese al fuego y la desmovilización acelerada de las tropas en contienda. Sin detenerse con el cuidado de asegurar la reinserción social y económica de los ex combatientes. A más de 10 años de los acuerdos de pacificación de la región, los ex combatientes casi no tienen rostro propio, pues el empobrecimiento económico ha sido generalizado y se opta por estandarizar el concepto de pobres o desempleados, por un lado, pues del otro lado no existe identidad política ya que las reivindicaciones están asumidas por los partidos políticos institucionalizados. Inclusive, en la cooperación económica internacional, la importancia o perfil ha disminuido drásticamente, casi a la desaparición de partidas financieras, en agencias de gobierno y no gubernamentales.
En tercer lugar, estos mecanismos de investigación de crímenes y violaciones a derechos humanos, normalmente son protagonizados por las mismas partes en contienda. Que debe partir de un acuerdo unánime, so pena de fracasar estrepitosamente. En el reciente conflicto palestino, Israel se negó a conformar una comisión de la Unión Europea para investigar el castigo practicado al asentamiento de Yenin, y ahí paró la iniciativa. El Presidente Bolaños calificó de extemporánea la idea de la Comisión de la Verdad, es posible que así sea. En estos procesos de reconciliación se sacrifica el sentido y el principio de justicia, y nos olvidamos de las víctimas con mucha facilidad. Que al margen de las pasiones e intereses en confrontación, sufrieron por largo período de inestabilidad política interna desde la lucha antisomocista hasta llegar a los Acuerdos de Sapoá, casi ininterrumpidamente. Víctimas civiles, que debieron ser reparadas material y moralmente.
Finalmente, comparto la idea primigenia, hay heridas en la nación nicaragüense pendientes de sanar, posiblemente esperando la vigencia de plenas libertades políticas y de instituciones públicas prestigiadas. Quizás, éste sea el momento para evaluar los alcances y necesidades pendientes, ante las discusiones públicas interminables sobre ajustes macroeconómicos o de prácticas de corrupción.
El autor es abogado.