Emilio Álvarez Montalbán
Pudiera suponerse que L’Osservatore Romano es una publicación que sólo interesa a personas piadosas, por ser órgano oficial de la Santa Sede. Al contrario, es un semanario atractivo de amplia clientela, porque contiene no sólo material religioso, sino posiciones del Estado Vaticano sobre temas sensitivos, como la violencia en Palestina, los bombardeos a Kosovo, la hambruna en el centro de África, el drama colombiano, etc. Al respecto se sabe que los criterios de la influyente Iglesia Católica se apoyan en la Cancillería mejor informada del mundo, que conviene conocer.
Por lo demás, si hay algún periódico que refleje la personalidad y quehaceres diarios de Juan Pablo II, es L’Osservatore Romano, cuya edición en español, dirigida por Mario Agnes, cumplirá dentro de poco 35 años. El empeño de su equipo de redactores es producir un medio publicitario veraz, objetivo y bien enterado, además de usar un pulcro lenguaje cervantino y una presentación moderna.
También el Osservatore Romano recopila minuciosamente las visitas del Pontífice al extranjero, que ya llegan casi al centenar. Demostrando una voluntad de hierro, luce sin embargo Juan Pablo II, últimamente muy cansado. No obstante mantiene un lúcido intelecto, al dominar tantas lenguas, con las cuales saluda cariñosamente a los peregrinos aglomerados en la plaza de San Pedro, donde canonizó a la beata nicaragüense Sor María Romero.
En todos sus mensajes y homilías, Juan Pablo II se revela un cruzado que no rehúye controversias, ni demuestra incondicionalidad a ninguna potencia, ni credo partidario, aunque su talante es muy conservador y tradicionalista inclinado a innovaciones litúrgicas o matices doctrinarios, lo anterior no le impide tratar de relacionarse con todos los países del mundo, sin discriminar ninguno.
Sólo le falta ser convidado a Beijing y Moscú, aunque mantiene el Vaticano relaciones con Corea del Norte y la mayoría de las naciones que forman ahora la comunidad de Estados Independientes, fragmentos que fueron de la ex URSS —recordemos su célebre frase cuando visitó La Habana: “dejemos que Cuba se abra al mundo y que éste se abra a Cuba”.
Por otra parte, a Juan Pablo II le gusta el rol de propulsor de tres temas: la paz, la justicia y la solidaridad con pueblos sumidos en miseria. Y tres temas le angustian: la creciente secularización de Occidente, los avances tecnológicos sin frontera ética y “la cultura de la muerte”.
No obstante se mantiene atento a la imagen pública que proyecta su Iglesia. Recientemente expresó enérgica condena a delitos denunciados en algunas diócesis norteamericanas. En vez de acusar a los periodistas que divulgaron aquellas noticias como enemigos de la Iglesia, instó al Episcopado estadounidense a tomar medidas severas que previnieran tales actos y sancionaran a culpables y encubridores.
Por algo permanece el lema del Osservatore Romano: uniquique suum, non prevalreunt (donde quiera que esté no prevalecerán).
El autor es analista político y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.