Jorge [email protected]
Hace unos días circuló por correo electrónico un escrito titulado “La Doctrina Social de la Iglesia frente al Capitalismo”. Obviamente que la pretensión del que lo circuló —al igual que la del que lo escribió— es hacer creer que la Iglesia Católica condena el capitalismo, o lo que es lo mismo, la economía de mercado. El documento termina con la siguiente frase: “Es evidente, pues, que la Doctrina Social de la Iglesia no sólo no es favorable al capitalismo sino que la Iglesia lo ha reprobado como contrario al derecho natural”. Pero eso, al menos actualmente, no es cierto.
Para empezar, el autor del documento circulado copia frases y definiciones de otros autores sin advertirle al lector que lo ha hecho. Así, por ejemplo, usa la definición de capitalismo que da el Doctor Rafael Termes, profesor de finanzas de la Universidad de Navarra, España, en su ensayo “El Papel del Cristianismo en las Economías de Mercado”, y no lo dice. Posteriormente alega que los defensores del “capitalismo católico”, citan, para justificar su defensa, una definición que da el Papa Juan Pablo II en su encíclica Centesimus Annus y que dice: “Si por capitalismo se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva”. Pero a renglón seguido el autor los acusa de que “Lo que no dicen”, y transcribe otra definición de lo que para el Papa sería un capitalismo inaceptable. Ahí se ve la falta de honestidad del autor, ya que los católicos que defienden el capitalismo, sí toman en cuenta todo lo dicho por el Papa. Es más; en el mismo ensayo en el que ese señor se copió la definición del Doctor Termes, aparecen citadas las dos definiciones dadas por Juan Pablo II.
Es necia la insistencia con la que aquellos que aborrecen la economía de mercado pretenden que la Iglesia condene el sistema económico que, a través de la historia, ha demostrado ser el más eficaz que jamás haya existido para crear riqueza y para sacar a la humanidad de su condición natural: la pobreza. Algunos de esos individuos son socialistas declarados y sueñan con un Estado todopoderoso, pero los que dicen que no lo son, persisten en proponer una siempre elusiva e inexistente “tercera vía” que cada vez que creen haberla inventado resulta ser un mamotreto ineficaz que no hace más que interferir la capacidad generativa de riqueza del sistema capitalista.
Lamentablemente, en América Latina, un sector amplio de la Iglesia ha sido influenciado desde hace muchos años por escritores como Amintore Fanfani que, en su famoso libro “El Catolicismo y el Protestantismo en la Formación Histórica del Capitalismo”, escrito en 1934, sostenía que el capitalismo es incompatible con el catolicismo. Ese legado ha hecho que muchos católicos latinoamericanos aceptemos sólo a medias y a regañadientes la economía de mercado, y que nos haga sentir un injustificado sentido de culpa por su parcial y defectuosa operación en nuestro medio. Afortunadamente, escritores católicos contemporáneos, como Michael Novak, en su libro “La Ética Católica y el Espíritu del Capitalismo”, han corregido las falsas conclusiones de Fanfani y sus seguidores, y demostrado la compatibilidad del catolicismo con la economía de mercado.
Las encíclicas papales en materia de doctrina social han recorrido un largo camino que va desde la Rerum Novarum de León XIII (1891), hasta la Centesimus Annus de Juan Pablo II (1991), y, le guste o no a los detractores del capitalismo, el Papa Juan Pablo II —como dice el Doctor Termes— “acaba esta evolución, afirmando, aunque con clarísimas precisiones, la aceptación por parte de la Iglesia del modelo capitalista de organización de la economía.”
El ensayo del Doctor Termes —que con gusto se lo enviaré por correo electrónico al que me lo solicite— correctamente señala que “el capitalismo no se desarrolla en el vacío [sino que] vive en el entorno constituido por un determinado sistema ético-cultural y un concreto sistema político-jurisdiccional que, respectivamente, motiva y enmarca la actuación de los agentes del sistema económico”, y concluye que “sin intentar interferir en el núcleo invariante de las leyes económicas, es decir, renunciando a la intervención gubernamental de los mercados, podemos y debemos intentar mejorar, desde el punto de vista ético, los resultados del proceso económico de asignación de recursos, mejorando el sistema de valores y mejorando el sistema institucional”.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.