La Guardia Nacional perdió la guerra sin haber perdido una sola batalla.
Tal como dijimos en páginas anteriores, en horas de la madrugada del 18 de julio de 1979 se presentó en el Bunker monseñor Obando y Bravo acompañado del doctor Harry Bodán. Monseñor Obando y Bravo llegaba de Costa Rica con el objeto de iniciar negociaciones con el general Mejía González para la transmisión de mando a la Junta de Gobierno Sandinista, que incluían supuestas garantías para los integrantes del Partido Liberal Nacionalistas, del Gobierno y de la Guardia Nacional que aún quedaban en el país. Sin embargo, su presencia nos estimulaba en la posibilidad de un arreglo decoroso con el sandinismo. El general Mejía González viajaría a Puntarenas, Costa Rica, acompañado de un grupo de oficiales para ultimar detalles con la Junta de Gobierno Sandinista. Pero ese plan no funcionó.
Cuando el general Mejía González conversaba con su Estado Mayor acerca de la propuesta, se produjo la primera llamada de Humberto Ortega exigiéndole la rendición incondicional de la Guardia Nacional.
No habiendo posibilidad de arreglo ni de continuar la guerra, el 19 de julio por la mañana los oficiales y soldados que quedábamos en el Bunker salimos hacia el Aeropuerto “Las Mercedes” tratando de abandonar el país. Ahí reinaba una confusión terrible. Había aproximadamente unas cinco mil personas en pleno desconcierto y sólo dos aviones, del tipo aviocar, de fabricación española.
El jefe director, general Mejía González acompañado de varios oficiales, abordó uno de esos aviones con destino a Honduras, pero antes de partir nos prometió que desde ahí nos enviaría unos cuantos aviones para transportar al resto de la gente, lo cual no logró por oposición de los militares hondureños.
Entre todo este desorden, cabe destacar la figura del capitán Bandon Bayers como el único oficial que aún mantenía control sobre la compañía de infantería a su mando. Los delegados de la Cruz Roja Internacional que se encontraban en el Aeropuerto le ofrecieron conseguir los suficientes aviones para evacuar a toda su gente, a cambio de que entregaran sus armas. La Cruz Roja no cumplió esta promesa. Como tantos otros, Bayers accedió a ese compromiso, pero una parte de sus hombres abordaron unos cuantos camiones que aún quedaban disponibles y enrumbaron hacia el Norte, con la intención de cruzar la frontera de Honduras. De ese grupo, sólo unos pocos lograron su propósito.
Años más tarde el coronel Luis Cajina, quien se unió a este contingente al que se sumaron militares de otras compañías, sus familiares y gran cantidad de personal civil, me refirió la tragedia: avanzaba sin mayores problemas cuando a unos cien kilómetros, en la población de Sébaco, fueron interceptados por guerrilleros sandinistas que mantenían bajo su control esa población, entablando un fuerte combate.
La duración y seriedad del mismo llegó a oídos de monseñor Julián Barni, Obispo de Matagalpa, a más de veinte kilómetros de Sébaco. Éste, haciéndose acompañar por miembros de la Cruz Roja, llegó al sitio de los hechos para tratar de detener el fuego.
Se iniciaron negociaciones. Los sandinistas exigían la rendición incondicional de los soldados, y el coronel Cajina, en representación de éstos, solicitaba vía libre hasta la frontera con Honduras. Bajo la responsabilidad de monseñor Barni y garantía de la Cruz Roja, los soldados entregaron sus armas como condición previa para que se les permitiera el paso hacia Honduras. Los guerrilleros se comprometieron a escoltarlos. Pero cometieron dos errores: las armas debieron ser entregadas en la frontera; y no debieron aceptar la custodia sandinista.
La caravana salió con rumbo, norte, siendo Cajina separado de ella y enviado a la ciudad de Estelí en carácter de prisionero. Nunca más se le volvió a ver ni a saber de ellos. Semanas más tarde se encontraron centenares de insepultos cadáveres que eran devorados por los animales en la cuesta de Kukamonga, bordeada de profundos abismos, a unos 65 kilómetros de Sébaco. De una forma u otra, estos crímenes pesarán en la conciencia de monseñor Barni y la Cruz Roja.
(Éste es un extracto del capítulo 5 del libro “Testimonio, 3,802 días de terror y tortura sandinista”, del ex coronel GN Hugo Torres Yánez)