Ramón en la sala de su casa, entre los chunches que son su tesoro.

La vida aventurera del tenor y maestro Ramón González

“Recitar mentre preso del delirio, non sojin que chedico e quel faccio”. El aria de “Los Payasos”, de Ruggiero Leoncavallo, sale clara y vibrante de una humilde casita situada frente al Cementerio General, en la parte norte del Camposanto. Mario Fulvio EspinosaEspecial para LA PRENSA [email protected] Curiosos nos asomamos por la abierta ventana. El que […]

  • “Recitar mentre preso del delirio, non sojin que chedico e quel faccio”. El aria de “Los Payasos”, de Ruggiero Leoncavallo, sale clara y vibrante de una humilde casita situada frente al Cementerio General, en la parte norte del Camposanto.

Mario Fulvio EspinosaEspecial para LA PRENSA [email protected]

Curiosos nos asomamos por la abierta ventana. El que canta es un hombre de melena y bigote entrecanos, ojos negros, vivos, tras unos lentes de aro negro. Una hermosa lora se posa en los dedos de su mano y junto a su dueño, canta a todo pulmón el “Vesti la giubba”.

Él es Ramón González, ella se llama Pola. La pequeña sala de la casa es un escaparate de muebles viejos, equipos de sonido de diferentes tamaños y marcas, libreros repletos, estantes hasta la coronilla de discos y de cajas que contienen grabaciones. En la pared, una foto del tenor en tiempos mejores, y cerca de la ventana una mesa rústica que hace las veces de taller donde se reparan toda clase de chunches y tereques.

Con la música de Leoncavallo, don Ramón improvisa una bienvenida cantada: “Pase adelante, póngase cómodo… y dígame presto, qué es lo que quiere dil Pagliacci Tonio”.

Ya en esos términos ambos nos sentamos en sendas plegadizas y nos socamos a platicar. Por cierto, es el primer tenor que me cuenta su vida y milagros. Y éste, por cierto, con su voz entre contralto y barítono, es el mejor dotado que ha parido Nicaragua.

“Pues resulta —dice entrando de romplón en confianza— que soy granadino. Mi madre se llamaba Rosalía González, era artista y le gustaba el canto, a toda mi familia le encantaba el canto. Soy tío de la Adilia Méndez.

Ya desde niño me ponía a escuchar la música de Caruso, la Melba, a Tito Skipa y Adelina Panti. Me acostaba en el suelo y le daba cuerda a una vitrola de esas grandes. Tomaba y ponía los discos de Caruso, el de Martinelli, el de Juan Pulido y los ponía, pero no tenía fuerza para darle suficiente cuerda al aparato y entonces Caruso empezaba a cantar con voz lenta, como ñajo… “¡Ramón Enrique, dale cuerda!”, me gritaba mi madre. Y yo le daba a como podía, pero otra vez salía Caruso cantando ópera como un gangoso en marcha fúnebre.

CANTOR CALLEJERO

Me encantaba el canto. Cantaba en las calles cuando volvía de hacer mandados…. Cantaba, por ejemplo, aquella canción de Juan Pulido:

Medias finas de seda
a las que amaba tanto…

Cuando ya empezaron a venir las películas musicales de Nelson Eddy, Janette McDonald, Ana Moffo, Fred Astaire, Ginger Rogers y Diana Durbin, yo seguía entonado. Recuerdo que en aquella película, “Volando a Río Janeiro”, el tenor Carlos Ramírez cantaba una canción que decía:

Florecerá un querer
si llegas a conocer
Argentina

Y yo la cantaba, y lo que comenzó así se transformó después en algo serio cuando ya quinceañero me enamoré de una muchacha muy hermosa y tuve que cantarle en serio. Me aprendí una canción de la opereta “Rose Mary”, y guindado de un alambre, como mono, le cantaba:

¡Oh Rosemary te amo!

¡Oh Rosemary te adoro!

Ella se llamaba Amanda, era mayor que yo, y de bandida se salía a la ventana y me tiraba besitos. El marido era un leonés muy bravo, y cuando ella me dijo que le iba a consultar sobre mi enamoramiento, ya no regresé a cantarle.

Todo eso sucedió en Granada. Allí aprendí sastrería, y para mientras otra serie de oficios como herrería, barbería… que no me gustó porque el dueño, un tal fulano Pérez, sólo me ponía a barrer pelos. La herrería era de Ramón de la Rocha, y como yo era un chavalo descalzo me ponía a darle aire a la fragua, que por bandidencia alimentaba con carbón chisposo, y cuando salían las virutas encendidas yo brincaba porque las chispas me caían en los pies. “¡Brinque, pero déle fuego!”, me decía, y yo brincaba más para no quemarme con las chispas.

Mi papá era un hombre simple. Llegó una época en que yo le pedí algo más que un centavo y él lo rebuscaba en su cartera, y a veces me lo daba y a veces me lo negaba, se llamaba Nicolás Gutiérrez. Tuve varias hermanas que me saludaban muy alegremente. De modo que lo que soy se lo debo a mi madre, pero sobre todo a una hermana llamada Edelmira Guadamuz, que ya murió y que fue la que me crió. Ella trabajaba duramente como costurera, y yo quedé a su cargo cuando mi madre se vino a Managua a buscar la vida. Mi hermana me daba unas garroteadas de película, que me dejaron, creo yo, caminando recto. También tuve un cuñado, el papá de Adilia Méndez, que hizo lo que no hizo mi padre, me inscribió en la escuela, me compró ropa para dormir pues dormía casi desnudo sobre una mesa, y me iba a vigilar si acudía o no a la escuela. Un día me fui a “vaguiar”, y él me agarró a fajazo limpio, y se lo agradezco, porque antes el chavalo que no iba a la escuela se lo llevaban preso. Y la Policía llamaba al papá y el papá tenía que darle cuatro fajazos al hijo allá en La Pólvora.

¿Quiere decir que fuiste un chico muy travieso?

Pues sí, y casi no porque era un chavalo muy ocupado. Vendía rosquillas, reposterías, llevaba las bateas de mi mamá al mercado, y por último recogía cáscaras de sandía para comer y llevarle las sobras a unos chanchos. Fue tan dura mi vida que un día me mandaron a trabajar a una hacienda que se llamaba Taiway, y allí los congos aullaban: “¡Go, go, go, go..!”, y yo creía que era el león…. Ahora que leo cosas desde un ángulo espiritualista me he dado cuenta de que mi karma la pagó muy duro. ¿Vos has oído hablar del karma, verdad? Entonces, pagué duro mi karma, porque las espinas sobraron y todo me salió difícil. Por último me vine a Managua ya siendo un sastre pantalonero, eso fue por 1945, cuando ya tenía como 18 años. Me vine porque mi hermana se quiso venir conmigo, y porque en Managua estaba mi mamá.

Ya en Managua me dio por participar en todos los concursos de canto. Era la época de auge de la Voz de la Victoria, de la Voz de Nicaragua y de la Voz de la América Central. Y en una de ésas, en 1946, salí siendo estrella de una competencia que cada año patrocinaba La Voz de la Victoria en el Teatro Luciérnaga

SASTRE DE RENOMBRE

Pero antes de eso tuve que trabajar en el Ingenio Amalia echando caña, a pura mano, en el conductor. Hoy esa tarea la hace un camión de volquete, pero en aquella época yo la hacía descalzo, de modo que cuando me hicieron el primer par de zapatos resultó que mi pie era cuarenta de recio y cuarenta de largo.

Mi primer trabajo fue en la sastrería de don Rito Jiménez Prado, que en esa época estaba preso en La 21 por orden de Somoza. Dicen que lo asesinaron. De ahí pasé por casi todos los talleres de Managua, llegué a ser uno de los mejores pantaloneros de Managua trabajando como cortador en los “Mejores Trajes Gómez”. De ahí pasé a un tallercito pequeño como “saquero”, después a la “Sastrería El Chic”, donde conocí a la que fue mi novia y fue mi esposa, con la que estuve unido cuarenta años hasta que quedé viudo. Ella se llamaba Aura Montiel de González. Tuvimos un hijo, Ramón Enrique González Montiel, otros se perdieron. Pero tuve hijos de otra, en total nueve hijos. Todos me salieron inteligentes, yo creo que por el padre.

¿Y en todas esas aventuras y quehaceres siempre cantabas?

Siempre cantando. Me vine a vivir allá por la Cervecería en un cuchitril donde para poderme acostar tenía que pasar encima de una silla, ¡ja, ja, ja! Para ese tiempo iba al Jardín de las Rosas a tomar parte como aficionado en los eventos artísticos que ahí se realizaban. Me fui superando y pude estudiar música en la Escuela de Bellas Artes, cuyo director era Salvador Lira, y el maestro de solfeo, don Tomás Urroz.

Desde ese momento me empeñé en cantar mejor. Recuerdo que yo admiraba a Pedro Vargas, a Ortiz Tirado, Jenaro Salinas, y cantaba las canciones que ellos cantaban. Me gustaba sobre todo imitar a Pedro Vargas, y una vez alguien me vino a decir: “Yo creo que Pedro Vargas está en Nicaragua, porque lo oímos en la radio”, y era yo, ¡ja, ja, ja!

En esa época todo mundo podía estudiar canto, hoy no. Hoy soy maestro de técnica vocal en la Escuela Nacional de Música. Fui maestro de canto por competencia en tiempos de don Luis Abraham Delgadillo, al cual le canté un trozo de opera que le gustó mucho, desde entonces soy profesor de canto.

¿Tenías muchas admiradoras? ¿Te diste a la bohemia?

No era bohemio ni era picaflor, sino al contrario. Era perseguido por las mujeres, que es mejor todavía. Recuerdo que cuando vino la película “El gran Caruso” hubo un concurso en el Cine Salazar donde gané el tercer premio. Se trataba de promover la película y al tenor Mario Lanzas.

Como profesor tuve alumnos destacados como Julio Ruiz, la Thelma Carrillo, y Eduardo Paniagua, que era violinista y cantante.

¿Quiénes eran los cantantes nicas de tu tiempo?

Recuerdo a Irma Álvarez, era cantante de tangos. A Carlos Hernández, Argentina Muñoz, Argentina Ruiz, Luis Cortés, al Che Avilés y al Che Campos. Había una gran competencia para imitar a Ortiz Tirado, a Gardel, a Hugo del Carril. Yo trabajaba en un restaurante como mesero y ahí llegaba a cantar el Che Avilés, y ponía una carita toda encogidita para cantar… “Volver, con la frente marchita las nieves del tiempo platearon mi sien”, y se le oía bien.

Iba a la radio constantemente, y Oreja de Burro me acompañaba bastante porque también ya era cantante de la orquesta de Julio Max Blanco, de la Marimba de los Hermanos Barrios, de la Marimba Estudiantil de don Abraham Sánchez, con ellos anduve por dondequiera, y a veces cantaba con un megáfono pegado a la boca. Hoy no. Hoy cantan con 20 mil watts de potencia… ¿qué te parece? Antes era a puro pulmón (Canta para enfatizar): “Silverio, cuando toreas, no cambio por un trono mi barrera de sol”.

Ya tenía renombre. Canté en la primera televisión de Nicaragua, en el Canal 8, y en esta época he cantado en el Canal 2, porque yo soy maestro de canto y un maestro de canto no debe dejar de cantar. En esa labor le di clases al Coro Nacional en la época de Francisco Jarquín. Había un maestro colombiano que me dio el visto bueno… Mirá qué maravilla… Gran anuncio: Se presenta el Coro Nacional en el Teatro Rubén Darío. Y no tenían maestro de canto. Se presenta con Edgard Orochena y lo mismo, después con Tatiana Bander y lo mismo.

Entonces le reclamé a uno de los ministros: ¿Cómo es posible que se presenten los coros sin maestros de canto? No supo qué decirme.

Pero fui a Cuba en el 85 y ahí me dieron mi lugar al anunciar al “Señor Director y al Maestro de Canto Ramón González”, sólo aquí no me dieron mi lugar ni mi nombre.

AQUELLAS VIEJAS COMPAÑÍAS

¿Te acordás de las viejas compañías que vinieron a Managua en aquellos años viejos?

Venían muchas, hoy no viene nadie. Vino Paco Miller, Ortiz de Pinedo, Catita y sus bailarinas, Pedro Vargas… Cuando vino Pedro Vargas a Nicaragua en el mismo escenario donde canta Pedro también cantó Ramón González. Era en el famoso “Redondel” de la Plaza del Caimito. Ahí Pedro Vargas conoce la canción “Noche en Diciembre”, porque Gastón Pérez lo persigue y lo persigue y yo persiguiendo a Gastón. Hasta que Pedro Vargas se aprende la canción y la graba en México.

También en esa época vino el doctor Roque Carbajo, y la Compañía de operetas Ortiz de Pinedo que aquí se desbarató, aquí quedaron varios de sus cantantes.

¿Qué edad tiene Ramón González?

Tengo casi 60 años de vivir en Managua, nací en el 23, así que cargo con 79 años.

Pues no se te notan.

— ¡Cómo que no se me notan! Esperate que me ponga de pie, ¡je je je je!

En una época yo fui maestro de Luis Méndez, de Mauricio Peña. Yo no sé cuánto aprendería Luis Méndez de mí, aunque dicen que él ha dicho que fui un buen maestro y me recomienda.

También he trabajado como maestro de Técnica Vocal con locutores de la radiodifusión. Eso fue en la época sandinista, en Coradep, donde di clases a todos los locutores de Nicaragua. Denis Shwartz y Verónica Molina fueron mis alumnos. También lo han sido Martha Vaugham, Marta Baltodano, Verónica Montserrat y Erika Ramírez.

¿No te absorbió la bohemia en esos ajetreos?

No. Nunca me embolé. Yo me echaba mis traguitos de vez en cuando con mis amigos en las fiestas bailables. Dos, tres tragos, y una vez que sentí que me estaba echando tragos muy seguidito la suspendí de viaje. Porque también trabajaba como fotógrafo en competencia con el que me está tomando las fotos. Yo era fotógrafo de sociedad. Todavía tengo el cuarto oscuro. Después del terremoto del 72 fui a parar a Granada, ahí hice de todo: de pintor, de herrero, mecánico, sastre, carpintero, barbero, sobador, masajista… de todo he hecho, menos de cochón y de ladrón.

Ahora vivo aquí frente al Cementerio, aquí doy mis clases de canto, la gente viene aquí a recibir sus clases.

Parece que es el único vecindario que no se molesta con tu canto.

A veces salen de la tumba y se sientan a mi lado para oír la música clásica que yo les pongo. Con ellos estoy a salvo de cualquier ataque con tomates o verduras podridas.

Ahora imparto clases en la Escuela de Música, también me nombraron supervisor de los alumnos para que no anden vagando en los pasillos. He dado mis servicios como profesional del canto en muchas escuelas evangélicas, pero yo soy católico.

Con el auspicio del Cepad recorrí Nicaragua entera en compañía de Manuel Cajina, un guitarrista magnífico, dando clases de canto, por eso puedo decir con mucho orgullo que yo he sido maestro de canto en toda Nicaragua.  

Departamentales

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí