León Núñ[email protected]
Cuando supe que doña Nelly Castro había decidido usar el detector de mentiras en la Dirección General de Ingresos, aprobé con entusiasmo esa decisión e inmediatamente pensé que el ejemplo debía ser seguido en toda la Administración Pública.
No hay duda que a doña Nelly le interesaba que todos los funcionarios a su cargo fueran probadamente honestos, principalmente aquellos que desempeñaban puestos claves, y para averiguar el perfil ético de dichos funcionarios a la señora Castro se le ocurrió acertadamente acudir al análisis poligráfico, al detector de mentiras, también llamado “polígrafo”, que es un aparato eléctrico que registra los indicadores de verdad o de mentira de las personas sometidas a interrogatorio.
Parece que el “proyecto poligráfico” no pasó de eso, de un simple proyecto, pues doña Nelly, al estar poco tiempo al frente de la Dirección General de Ingresos no pudo “encajarle” el detector de mentiras a todos sus funcionarios.
En la última reunión que sostuvo el ahora disuelto grupo de analistas políticos de Acoyapa se pensó en la conveniencia nacional de que se utilizaran “polígrafos” no solamente en la Administración Pública sino también en los demás sectores de la vida nacional, pero se plantearon algunas dudas sobre la eficacia de estos instrumentos eléctricos a la hora de ser aplicados a los profesionales de la mentira, que por cierto, abundan en Nicaragua.
En países en donde no se ha hecho de la mentira una profesión el detector de mentiras ha resultado muy útil, pues se puede detectar que la persona está mintiendo cuando al hacérsele primero preguntas sencillas y después preguntas delicadas o comprometedoras se observan, por ejemplo, diferencias en las medidas de su ritmo cardíaco, su ritmo respiratorio, su presión sanguínea, su grado de sudoración, etc., es decir, que en un interrogatorio el “polígrafo” puede detectar las mentiras de una persona por medio de cambios registrados psicofisiológicamente.
Mis coterráneos piensan que en Nicaragua, sobre todo los políticos, podrían burlarse del “polígrafo” porque la costumbre de mentir les ha dado tal capacidad de control que no sólo podrían mantener la uniformidad del ritmo cardíaco y pulmonar durante el interrogatorio sino que también podrían ser capaces de controlar mentalmente el funcionamiento de las glándulas sudoríparas.
Yo no he podido últimamente conversar con los ex analistas políticos de Acoyapa para informarles que me acabo de dar cuenta que los israelitas han desarrollado una tecnología de análisis del estrés vocal que nos permite saber con seguridad cuándo determinado grado de estrés es causado por una mentira. El avance científico se produjo cuando mediante la citada tecnología se descubrió que no era la misma la voz del que está diciendo la verdad que la voz del que diciendo una mentira. Por consiguiente, si mis paisanos conocieran estos adelantos tecnológicos no pondrían en duda la eficacia del detector de mentiras con mentirosos profesionales.
Pero el avance científico-poligráfico no queda aquí. Ya se habla de que pronto se van a fabricar “polígrafos” del tamaño de minúsculos audífonos computarizados que se pueden usar en la oreja. Cuando estos polígrafos salgan al mercado y sea obligatorio el uso de los mismos por parte de todos los nicaragüenses la “crisis permanente” de este país habría llegado a su fin. Es evidente que si estos diminutos polígrafos los anduviéramos permanentemente en la oreja, nadie se atrevería a mentir porque mi “audífono” detectaría las mentiras de la persona con la que estoy hablando así como el “audífono” de ella detectaría las mías.
Pero mientras nos llegan los “audífonos” debemos desde ahora preocuparnos seriamente por comenzar a buscar el camino de la verdad —aunque sea con el detector de mentiras tradicional— empezando por abandonar el camino de la mentira.
Yo creo que la aplicación generalizada en este país del detector de mentiras vendría a moralizar el ejercicio de la función pública; vendría a moralizar el mundo de la política, el mundo de los negocios, etc. Se acabaría en Nicaragua el reino de la mentira. Frente a esta perspectiva, cada día pienso con más firmeza que doña Nelly Castro tenía razón cuando tomó la decisión de usar el polígrafo en la Dirección General de Ingresos.
El autor es Abogado y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.