La Corte Suprema

Mario Ruiz C.

Los miembros integrantes de la Corte Suprema de Justicia, están sujetos a las mismas pasiones y debilidades de todos los seres humanos. Cabe, sin embargo, resaltar que en los últimos años el deterioro y desprestigio de esta institución tan vital para el bien andar de la nación y creer del ciudadano, ha caído a unos niveles tan bajos que son preocupantes y alarmantes, diría yo.

Esa institución ha crecido en infraestructura a niveles geométricos, y capacita tanto que es normal que cada vez que acude uno a los tribunales le manifiestan que el juez no está, que fue a un seminario, un curso o se encuentra en diligencias fuera de su sede (embargos, requerimientos…); los horarios establecidos los cumplen en general sólo los funcionarios intermedios, y la resolución de casos sigue en un retraso que pareciera no tendrá fin. ¿No funciona la capacitación o qué?

Todos criticamos y proponemos soluciones con el objetivo de revertir este proceso lesivo a un Estado de derecho, y el que alcanza un lugar privilegiado ante este Supremo Tribunal, en las alturas ve todo bien, y son envidias, molestias porque no fallaron su caso a su favor, los jueces funcionan bien, nadie cobra, todo está cristalino y limpio, y el pueblo cada vez más decepcionado, unos resolviendo los problemas a su manera y la justicia espera, espera salir de su letargo.

Elegir y seleccionar a los magistrados por elección popular, cual si fuera una subasta, despolitizar, como si lo neutro existiese en el ser humano. Populismo, el que está de moda, aunque no cumpla requisitos mínimos.

¿Adónde vamos con tanta mediocridad e improvisación?

¿Acaso el magistrado no debe ser escogido de conformidad con una ley preestablecida, que en mi opinión exige muy poco en cuanto al tiempo de haber ejercido la profesión? ¿no está ya determinado que tiene que ser una persona limpia?, y ahí se habla en todos los sentidos, sin que se exija la santidad, porque entonces se canoniza; se pide un ser normal, con gran capacidad profesional, responsable y amante de la ley, que no se deje arrasar por las presiones, halago y amenazas.

“No hay candidatos para la Suprema”, me dijo un amigo, no sacás ni cinco, mucho menos para nombrar doce. Mi amigo está muy equivocado, existen cientos de profesionales con una hoja de vida ejemplar y limpia, que por supuesto no se encontrarán entre los políticos profesionales, funcionarios que han aprovechado la función pública para el enriquecimiento ilícito y tráfico de influencias, o aquellos especializados en la defensa de enemigos declarados de la sociedad. Si los nuevos magistrados tienen una religión, raza, partido político o ideología determinada, creo a nadie le estorba y molesta, si el elegido es profesional digno, honesto y ama la justicia.

El autor es jurista.  

Editorial
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