Jorge Ramos Ávaloswww.jorgeramos.com
CARACAS, VENEZUELA.- No hay la menor duda que un video tumba del poder al presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Y así Venezuela vivió 48 horas sin Hugo Chávez. Fue un videogolpe.
El video muestra a varios hombres armados disparando en contra de una marcha pacífica que se dirigía el pasado jueves 11 de abril al Palacio de Miraflores. Es escalofriante ver cómo disparan contra la gente, cargan de nuevo sus armas y, luego, vuelven a disparar. Gracias a esas imágenes varios de los matones han sido identificados; están vinculados a los llamados “círculos bolivarianos”, creados por el presidente Chávez.
Las imágenes, filmadas por un camarógrafo de Venevisión, fueron transmitidas por varios medios de comunicación a nivel nacional e internacional. La pregunta es si el propio presidente Chávez ordenó, organizó o toleró esas acciones. Varios militares venezolanos estaban convencidos de que personas muy cercanas al gobierno de Chávez fueron responsables de por lo menos una decena de asesinatos. Por eso se sublevaron contra el presidente y lo obligaron a dejar el poder la madrugada del viernes 15 de abril.
Las confiscaciones y allanamientos realizados durante los dos días que Chávez estuvo detenido demuestran que en oficinas y casas de los seguidores del presidente había grandes cantidades de armamento. ¿Para qué querían esas armas?
Chávez, como un mago, ha tratado de concentrar la atención pública en el golpe de estado y en las violaciones a la Constitución de 1999. Pero eso no es lo verdaderamente importante. La pregunta central es cuál fue su papel en los asesinatos del 11 de abril. No es una coincidencia, pues, que el grito de guerra de la aplastada oposición sea: “Prohibido olvidar”.
La oposición a Chávez, es necesario reconocerlo, manejó de manera muy torpe todo el proceso de transición hacia un nuevo gobierno democrático. Primero, nunca quiso aceptar lo obvio: que sí se trataba de un golpe de Estado. Segundo, no pudo argumentar con coherencia y fuerza por qué sacaron a Chávez de la Presidencia. Era simple: un presidente —aunque haya sido elegido democráticamente— no puede seguir en el poder si viola los Derechos Humanos y permite que se dispare contra inocentes en una marcha de protesta. Tercero, el presidente del gobierno de transición, el empresario Pedro Carmona, fue escogido de forma arbitraria y, luego, él se saltó olímpicamente la Constitución de 1999 al destituir sin aparente motivo a todos los poderes (incluida la Asamblea). Así, Carmona se quedó solo en pocas horas y ninguno de los presidentes que se encontraban en Costa Rica para la reunión del Grupo de Río quiso reconocerlo. Y cuarto, los militares que lideraron la insurrección contra Chávez no pudieron convencer a los rangos medios y a los soldados rasos de lo imposible. Nadie que conoce a Chávez se lo pude imaginar renunciando. A partir de ahí el debate se centró, equivocadamente, en la legalidad de su derrocamiento, cuando la discusión debió siempre haber sido respecto a su participación en los hechos violentos del 11 de abril.
La rebelión civil contra Chávez —los cientos de miles que protestaron durante el paro nacional— puso al presidente contra la pared y al borde del precipicio político. Y fueron las imágenes de los chavistas disparando y los muertos que causaron los que lo tumbaron, pero no por mucho tiempo.
Irónicamente, quien cayó por un videogolpe recuperó el poder gracias, también, a la televisión. La globalización salvó a un nacionalista. Mientras las televisoras nacionales en Venezuela transmitían películas y programas de entretenimiento, los medios de comunicación internacionales (en particular CNN en español) mostraban a miles de simpatizantes de Chávez tomando físicamente el Palacio de Miraflores. Nada puede parar una imagen en estos días.
Nada.
A través del cable, los satélites y el rumor, la gente en Venezuela se enteró de que algo muy importante se estaba ocultando. Al poco tiempo, los chavistas controlaban de nuevo las calles de Caracas.
Uno nunca sabe para quién trabaja. Los discos de satélite que contribuyeron a la caída de Chávez -cuando trataba inútilmente de ocultar las manifestaciones en su contra con cadenas a nivel nacional- fueron los mismos que le ayudaron a recuperar el poder.
Al final, los errores de la oposición sumados a las imágenes de la prensa internacional que mostraba el claro apoyo a Chávez en algunos sectores, le permitieron regresar al presidente a Miraflores. Así, el videogolpe que tumbó a Chávez se esfumó en 48 horas con la rapidez de un click del control remoto de la televisión.