Enrique Bolaños versus AA y DOS

Jorge Salaverry*

Nicaragua está viviendo una etapa de cambio sumamente importante. Se trata, por un lado, de dejar atrás el autoritarismo y la corrupción que caracterizaron a los gobiernos anteriores, y por el otro, de crear y hacer operativo un nuevo gobierno en el que imperen la legalidad y la honestidad —condiciones indispensables para el progreso y la vida pacífica del país—. No es una tarea fácil de lograr, y mucho menos aún de concluir en unos pocos meses, porque la resistencia al cambio es fuerte; y para hablar en pasta, diré que hay dos poderosos individuos que resisten —con alma, vida y corazón— la transición hacia la nueva era. Ellos son: Arnoldo Alemán y Daniel Ortega.

Ambos se necesitan para sobrevivir políticamente y para conservar sus amplias cuotas de poder en las instituciones del Estado. Por eso se reunieron a puertas cerradas el miércoles pasado; para convenir en complotar juntos en contra del líder del cambio, Enrique Bolaños, pero haciendo creer, al mismo tiempo, que están en guerra entre ellos. Parte del plan que se trazaron consiste en lanzar a sus seguidores a la calle para demandar empleos y para decir que el gobierno de Bolaños “no arranca”. Debemos esperar también una guerra verbal —falsa, por supuesto— entre Alemán y Ortega.

El pueblo debe abrir muy bien los ojos para no dejarse confundir. Activemos nuestra memoria para recordar que ambos fueron gobernantes corruptos y groseros.

Es muy fácil tener presente la corrupción del gobierno de Alemán porque ésta acaba de pasar, y porque se dio bajo un régimen de plena libertad de expresión en el que se podían denunciar los presuntos delitos e investigarlos sin temor de ser apresado por la Seguridad del Estado. No cabe duda de que es más difícil recordar la espantosa corrupción del gobierno de Ortega porque esa sucedió en los años ochenta y sin la más mínima libertad de expresión. Y bien se sabe que cuando no hay libertad de expresión no es posible denunciar la corrupción ni conocer la verdad.

Aun así, es posible recordar “la piñata sandinista” —aquel monumental robo de fábricas, cuentas bancarias, vehículos, fincas y mansiones—que se dio en los dos meses anteriores a la entrega del poder en 1990. Y ni qué decir de los miles de millones de dólares de ayuda externa que se esfumaron durante el régimen sandinista, o del reciente saqueo del Interbank.

El pueblo nicaragüense merece respeto y la oportunidad de construirse una vida mejor. Para ello es necesario que los dos individuos mencionados no interfieran con el cambio que la mayoría desea y que, para el bien de todos, el presidente Enrique Bolaños está llevando a cabo. Pero, ¿cómo salir pacíficamente de esos dos malandrines que pretenden hacer fracasar al gobierno de Bolaños para después seguir con sus fechorías en beneficio propio y en perjuicio de la ciudadanía? Ojalá pudiera tener una respuesta fácil, pero no la tengo. Ambos se cobijan en la inmunidad parlamentaria. Y que nadie crea que Ortega está interesado en desaforar a Alemán, aunque aquél quiera hacernos creer lo contrario. Recordemos que Ortega está en deuda con Alemán por el favor que éste le hizo de impedir su desaforación cuando la señora Zoilamérica Narváez la solicitó. Pero, claro está que Ortega apoyaría la desaforación si eso le significara quedarse él solo con el poder; y de esa posibilidad… ¡que Dios nos libre!

Me voy a permitir introducir aquí un consejo para los miembros del PLC. El liberalismo es una filosofía política hermosa y fecunda, y aunque muchos nicaragüenses no somos miembros del PLC, somos liberales de principio y de convicción. Sería una pena que los militantes, y sobre todo los diputados de ese partido, y quienes están en posiciones de liderazgo, confundan el liberalismo con Arnoldo Alemán. Éste, lamentablemente, actúa como cualquier cosa, menos como un liberal. Alemán pretende arroparse con la bandera del partido y hacerle creer a los liberales que si él se hunde se hunde también el partido. Eso es falso. El liberalismo es fuerte y no hay peligro de que sucumba si los hombres y las mujeres decentes que en él militan, y que son una vasta mayoría, toman control del mismo. Pero si insisten en identificar a Alemán con el partido, ponen en grave riesgo el futuro, no sólo de su organización política, sino de Nicaragua entera. Sería bueno que recordaran las tristes consecuencias que resultaron de haberle permitido a Somoza adueñarse del Partido Liberal.

* El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.
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