Todo el mundo pena por agua

Douglas [email protected]

BARCELONA.- Por todos los continentes se oyen voces que piden una “nueva cultura del agua”, porque ésta es cada vez más escasa, pero en situaciones como la de Nicaragua, donde la sequía se torna crítica, antes que una actitud se requieren planes de emergencia que protejan ya las pocas fuentes hídricas que sobreviven.

La falta de agua también es un problema de países desarrollados, y en España se discuten opciones para evitar que mueran los ríos y la gente llegue a padecer por sed, pero las respuestas aquí están amparadas por dinero, y, en esa medida, por tecnologías inaccesibles para los países pobres.

En Barcelona, tres máquinas empezarán este año a extraer agua del mar, para quitarle la sal y servirla potable a la población, pero esta respuesta sólo puede ser temporal o complementaria porque tiene un costo muy alto en energía.

Como la sequía se ha vuelto recurrente en la región española de Cataluña y algunos ríos han sido contaminados por desechos químicos, las autoridades instalan plantas de depuración de las corrientes naturales y otras de saneamiento de las aguas residuales para reutilizarlas.

Ninguna de estas vías puede tomar en este momento un país pobre, porque sólo el sistema de depuración en uno de los ríos cercanos a Barcelona requerirá una inversión aproximada de 80 millones de dólares.

En Nicaragua hasta hoy sólo se han podido aplicar medidas paliativas, entre ellas el racionamiento y las campañas en pro de la recuperación de los ríos y lagunas, pero cada año más poblaciones se quejan de que carecen de ese líquido, a pesar de que los programas de desarrollo les han construido presas y acueductos.

El racionamiento impositivo puede ser una falsa medida de ahorro, porque una familia que ha pasado un día o dos sin agua, tiende a usarla en exceso cuando la vuelve a tener, porque el sitio donde vive se ha ensuciado mucho, ha acumulado ropas y trastos y aprovecha para lavar hasta las paredes y almacenar lo suficiente, gastando más o igual que si la hubiera recibido normal.

Una opción para que los ciudadanos consuman menos agua, en los sitios donde todavía es un privilegio tenerla, es premiándolos a través de las tarifas, de tal forma que quien ahorre más pueda pagar menos y viceversa, sin necesidad de imponerles un racionamiento drástico.

Las campañas de protección de los ríos tendrán efectos tardíos, porque el cambio de mentalidad, la nueva cultura del agua, depende de garantizarle a la población afectada los alimentos, mediante trabajo estable o cultivo de tierras, para que dejen de botar árboles para comer o de emigrar hacia montañas a las que pegan fuego para colonizarlas.  

Editorial
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