La cercanía de Nicaragua al conflicto del Cercano Oriente no es sólo por las alzas en el precio del petróleo que provoca, ni porque en esta época el mundo es una aldea global en la que todas las naciones están próximas. En realidad, los nicaragüenses nos sentimos cercanos a ese conflicto porque nuestra cultura religiosa hunde sus raíces en las antiguas escrituras sagradas hebreas, y, además, porque la causa musulmana ha impregnado la conciencia de la izquierda internacional, y con más razón la de Nicaragua, desde el tiempo en que Israel vendía armas a la dictadura somocista y las organizaciones palestinas apoyaban a los sandinistas con entrenamiento militar. (Inclusive, uno de los héroes del FSLN, Patricio Argüello, murió en una frustrada acción terrorista palestina).
Pero el conflicto árabe-palestino con los israelitas ni siquiera existiría ahora, si los gobernantes árabes hubieran acatado la Resolución de la ONU de 1948, sobre la partición de Palestina en dos Estados hermanos —o por lo menos amigos—, uno árabe y otro judío, con las fronteras de Israel determinadas según las poblaciones predominantemente judías, el resto del territorio asignado al Estado Palestino y con mecanismos viables para que Israel y Palestina se mantuvieran unidos por cruces territoriales y por una adecuada complementariedad económica.
Lamentablemente los gobiernos de los países árabes rechazaron aquel plan de la ONU, debido a que Jordania (que en aquel tiempo se llamaba Transjordania) y Siria querían repartirse el territorio palestino al marcharse los colonialistas británicos, de manera que los ejércitos de siete países árabes declararon la guerra conjunta contra el naciente Estado de Israel, al que sin embargo no pudieron derrotar. Más bien Israel se afianzó en el territorio que le correspondía según el mandato de la ONU y se convirtió en el único Estado democrático de la región —con prensa libre, pluralismo político, derechos individuales, igualdad de las mujeres, economía de mercado…— mientras que el territorio que correspondía al Estado Palestino se lo anexaron Siria, que se apropió de Gaza, y Transjordania, que hizo lo mismo con Cisjordania y el sector este de Jerusalén.
Después, como consecuencia de la Guerra de los Seis Días, en 1967, Israel expandió su territorio más allá de las fronteras señaladas por la ONU en 1948, expulsó a los palestinos y colonizó los territorios ocupados, y desde entonces no ha querido devolver dichos territorios mientras que los gobiernos árabes se negaron a reconocer al Estado de Israel.
Sin embargo, al agudizarse últimamente el conflicto por el terrorismo masivo palestino contra la población civil israelita, y por las acciones de represalia del Ejército de Israel contra objetivos políticos y militares en el territorio autónomo de Palestina —con inevitables dolorosos daños mortales a personas civiles— los gobernantes árabes aprobaron en la reciente Cumbre Islámica de Líbano una propuesta en la que admiten por primera vez la posibilidad de reconocer al Estado de Israel. Posteriormente —el viernes de la semana recién pasada— la “Dirección Palestina” declaró que acoge la propuesta de Beirut, se compromete a apoyar un plan de entendimiento presentado por el director de la CIA norteamericana, George Tenet, y el ex senador estadounidense George Mitchell, así como a respetar los Acuerdos de Oslo y a colaborar para el éxito de la misión de paz que Estados Unidos iniciará esta semana con la visita del secretario de Estado, Collin Powell, a Israel y Palestina.
Por su parte, el primer ministro israelí Ariel Sharon propuso un acuerdo preliminar de paz de tres puntos: cese del fuego seguido de la aplicación de las propuestas de Tenet y Mitchell; acuerdo a largo plazo con los palestinos de una “contigüidad territorial”, sin determinar fronteras definitivas; y determinación de las fronteras finales entre ambos Estados, Palestina e Israel, en el espíritu de las Resoluciones de la ONU.
Al parecer, pese a la extrema violencia que hay ahora en Tierra Santa —o por eso mismo— se están creando condiciones apropiadas para lograr un acuerdo de paz que indispensablemente debe ser garantizado por la comunidad internacional, inclusive con presencia y control militar. Y ojalá que los árabes palestinos y los israelitas no pierdan otra vez la oportunidad de la paz, como la perdieron tantas veces desde 1948.