En tiempo de Navidad, siempre hay una controversia sobre los símbolos navideños. Particularmente se discute acerca de una supuesta contraposición entre el Arbolito de Navidad —y Santa Claus— y el Nacimiento o Belén. Al Arbolito de Navidad y a Santa Claus se les asocia con la comercialización y el afán consumista que predomina durante las festividades navideñas, y al Belén o Nacimiento se le vincula con el sentido religioso de la celebración de la Natividad de Jesús.
Pero la verdad es que no hay ninguna contraposición. Al respecto, el viernes de la semana pasada (21 de diciembre), Radio Vaticano aclaró en su página web (http://www.radiovaticano.org) que es falso “el dilema planteado entre el Belén (o Nacimiento) y el Árbol de Navidad ‘pagano’, o al menos agnóstico; es una interpretación moderna que no encuentra raíces en los orígenes del uso”. La radioemisora vocera del Vaticano explicó que “El Árbol de Navidad es hijo de antiquísimos cultos vegetales paganos, pero viene “bautizado” mucho antes que el pesebre. La fuente de las dos tradiciones es la misma: los dramas litúrgicos. Sobre todo en el medioevo germánico, las sagradas representaciones navideñas mostraban toda la historia de la salvación, del pecado original a la Encarnación; se empezaba por el árbol del bien y del mal, del cual Adán y Eva habían tomado la clásica manzana. En la vigilia de Navidad un árbol siempre verde era colocado en la plaza, o Iglesia, y adornado con manzanas y hostias —explica “Radio Vaticano”—, porque, según una tradición popular, con el mismo madero del pecado se haría después la cruz del Calvario; y de la “felix culpa” de Adán viene la salvación. Con el tiempo, las manzanas se trasformaron en bolas de colores y las hostias en galletas; basta añadir la lucecitas.
En realidad, la simbología es un aspecto inseparable de la Navidad —cuyo epicentro es la Nochebuena de hoy, 24 de diciembre—, que se celebra en todas las naciones de religión y cultura cristiana, y que se extiende cada vez más a países cuyas poblaciones profesan creencias religiosas distintas del cristianismo. La creciente popularidad de la Navidad se debe, sin dudas, a que no sólo es la fiesta más bonita —por su alegría, vistosidad y luminosidad—, sino que también es la celebración más bondadosa, pues hace aflorar los mejores sentimientos humanos entre las personas de todas las condiciones económicas y sociales.
La celebración de Navidad está profundamente arraigada, e involucra inclusive a muchas personas que no comparten la fe cristiana, porque su núcleo esencial es el espíritu de paz, esperanza y amor universal hacia el prójimo, tanto al cercano como a todos y cada uno de los seres humanos del planeta. Asimismo, el arraigo social y popular de la fiesta navideña se manifiesta ante todo en la creatividad con que la celebran los distintos pueblos del mundo cristiano, cada uno según sus costumbres y características culturales, pero todos en derredor del aspecto central de la Navidad, que es el de ser una fiesta de la familia, particularmente de los niños, además de una celebración propiamente religiosa.
Inclusive, la comercialización y el consumismo que alientan las fiestas navideñas —y lo cual motiva fuertes críticas entre ciertas personas y medios de opinión, debido a que no todas las personas tienen recursos económicos para comprar regalos y los medios necesarios para celebrar— al fin y al cabo son también positivos, porque aumenta la producción y se reactiva el comercio, y esto hace posible que muchas más personas puedan celebrar la Navidad de manera decorosa y alegre. Y, además, no es poca la gente pudiente, e inclusive de medianos y modestos recursos, que en esta época obsequia de distintas maneras a los más pobres y necesitados, a costa de sus bolsillos o de la reducción de sus propias celebraciones personales y familiares.
En definitiva, la Navidad es una fiesta que representa la fuerza de la cultura y el mensaje cristiano que se irradia por todo el mundo, y que alienta la esperanza en un futuro mejor, con menos egoísmo e injusticias que hasta ahora, y de paz en la Tierra para todas las mujeres y hombres de buena voluntad. Que así sea, y: ¡Feliz Navidad!