Pornografía y libertad de expresión

Humberto Belli Pereira*

Recientemente un grupo de diputados introdujo una iniciativa de ley titulada “Ley de Restricciones de Publicaciones y Divulgaciones Pornográficas”. El proyecto ha producido ya un encendido debate. La mayoría de quienes lo adversan alegan que se estaría amenazando la libertad de expresión. Otros argumentan que la pornografía se combate mejor con la educación que con leyes. Analicemos las objeciones.

Para responder a la pregunta de si restringir la producción y difusión de materiales pornográficos atenta contra la libertad de expresión, hay que explicar lo que es la libertad de expresión y lo que es pornografía. La libertad de expresión es el derecho del hombre a comunicar sus pensamientos, ideas o juicios. Existe a fin de que el hombre pueda indagar con libertad el estado de las cosas, pueda obtener informaciones veraces, y pueda formarse bien sus criterios y juicios sin coerción externa. Su fin último es facultar al hombre para elegir el bien y guiarse por la verdad. Es derecho derivado de nuestra dignidad humana y como tal es inalienable. Aún así, no es un derecho absoluto. Como bien lo notó el juez norteamericano O.W. Holmes en el siglo pasado, “El derecho a la libertad de expresión no autoriza a nadie a gritar ¡Fuego! En un teatro lleno”.

La pornografía, de acuerdo a las definiciones universales de mayor consenso, es la exhibición de contenidos sexuales, en forma obscena, con la intención de excitar o promover la lujuria. (Ej. Enciclopedia Británica y Quillet.) La pornografía no es arte ni tampoco mero erotismo o sensualidad. La escultura del beso, de Rodin, o la Maja desnuda, de Goya, son sensuales pero no son pornográficas. La pornografía es cruda exhibición de genitales y actos sexuales de toda índole, donde abundan las imágenes sadomasoquistas, la pedofilia y otras aberraciones, individuales o en grupo. Es una industria millonaria, prima hermana de la prostitución, que vende sexo cosificando y envileciendo al hombre y a la mujer. Es explotación ruin de los seres humanos, y sobre todo de la mujer. Los artistas se sentirían posiblemente ofendidos ante la pretensión de elevar la porno a la categoría de arte o estética. La pornografía es más bien negación del arte y del amor. Tampoco puede alegarse que la porno pertenezca a la esfera del pensamiento, como la filosofía, o el debate de las ideas.

Pornografía y libertad de expresión son harina de diferente costal. La defensa apasionada de la libertad de expresión no es incompatible con la oposición apasionada a la difusión de pornografía. No hay fundamento alguno para ubicar a la porno en la esfera de las actividades o facultades humanas que deben ser amparadas por la libertad de pensamiento y expresión. Por eso no debe sorprendernos que al menos 50 países, muchos de ellos democráticos, la restrinjan, y sin que por eso sufran restricciones sus hombres de prensa en sus anhelos de expresar sus ideas con toda libertad.

En cuanto al argumento de que a la pornografía se le combate con educación y no con leyes, hay que recordar el papel educativo de las leyes. El legislador, cuando sanciona una conducta como ilegítima, no sólo contribuye a crear un marco institucional que dificulta tales acciones, sino que ayuda a que las mismas se perciban como negativas, injustas o contrarias al bien común. El despenalizar una conducta, como por ejemplo el consumo de drogas o el aborto, tienen el defecto, a veces no buscado, de hacer más aceptables tales comportamientos ante la conciencia colectiva. Es cierto que las leyes solas, sin la correspondiente educación sobre los valores que ellas norman, pierden mucho de su eficacia. Las leyes y la educación se necesitan mutuamente. Pero no hay que menospreciar el impacto positivo de la ley, sobre todo cuando existe un amplio consenso sobre el mal social que es la pornografía.

En efecto, la pornografía es una actividad comercial que deforma, enferma y empobrece la psiquis humana. Está bien documentada la correlación entre delitos de agresión sexual, tales como violación, abuso de menores y hostigamientos, y la afición a la porno en los criminales que los cometen. No hay un solo educador, psicólogo o científico social, que argumente coherentemente acerca de los beneficios personales o sociales de la pornografía. Su impacto negativo se maximiza en las mentes menos formadas. ¿No conviene entonces dificultarle sus posibilidades de corromper a la niñez y a la juventud restringiendo su promoción comercial, como se hace con las drogas, mientras se educa al mismo tiempo sobre sus peligros?

* El autor es rector de Ave María College.
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Editorial
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