León Núñez*
No existe en Nicaragua ningún problema que no haya sido estudiado. Quizás el tema al que se le ha dedicado más tiempo de estudio ha sido el tema de la pobreza. La solución de todos nuestros problemas está contenida en centenares de toneladas de papel que hemos gastado a partir de 1990. Y a la par de las toneladas de papel está la contabilidad de las “toneladas” de dinero que se han “invertido” en la búsqueda de tales soluciones.
Yo creo que en este mes de diciembre, a un paso de la toma de posesión del Presidente electo, las nuevas autoridades deben empezar a reflexionar sobre la verdadera utilidad de tantos estudios que nadie conoce, de tantos estudios que si se conocen nadie entiende, y de tantos estudios que, si se entienden, su aplicación solamente tendría cabida en el “paraíso de los párrafos”.
Yo creo que debemos ser más prácticos. Debemos emplear más el sentido común. Volver a las cosas simples; volver a “las partículas elementales”. Cuando al General De Gaulle le preguntaron en 1958, recién llegado al poder en Francia, sobre cuál iba a ser la política económica de su gobierno, y le señalaron las posiciones de varios “genios” de la economía mundial, manifestó que no los conocía, que él iba a aplicar un principio de economía muy antiguo: que no hay que gastar más de lo que se gana.
Este principio se puede traducir en el mejor consejo que puede recibir un gobierno: que no debe gastar más de los ingresos que percibe. Hay que eliminar la gravísima enfermedad del déficit fiscal, causado en parte por la pésima costumbre gubernamental de repartir “beneficios” —el dinero del pueblo— para comprar “conciencias” con el objetivo de conservar la clientela política. Un ejemplo: el nombramiento masivo de empleados fantasmas, de asesores que no asesoran nada. Debemos superar esa costumbre. La vida política debe dejar de ser un mercado en que la competencia de los partidos no se defina por la distribución de favores, por las ventajas individuales que prometen, sino por los principios que defienden.
Sentado el principio que recordó el General De Gaulle —criticado por muchos porque se decía que era un principio de economía doméstica— el futuro gobierno además de ser incansable en la lucha contra la corrupción, debe profundizar la democracia política, fortalecer la libertad económica, la libertad de empresa, la iniciativa individual, que son elementos claves del crecimiento económico y cuyo logro tempranamente más visible sería la aparición de una clase media fuerte e independiente del poder político.
Por lo tanto, es la asociación de la democracia política con la libertad económica la que creará la “mano invisible” que habrá de conducirnos a nuestro desarrollo integral, siendo la Ley la que deba garantizar tal asociación, pero una Ley que no sea una regla que se viva cambiando por el “chantaje de intereses organizados” sino por las exigencias propias del mercado y del crecimiento económico.
Para esto no necesitamos a las grandes “lumbreras” de turno, cuyo lenguaje cifrado impide que el pueblo les entienda. Yo creo que necesitamos manejar categorías sencillas. Tal como dije antes, debemos volver a las cosas simples, a las partículas elementales, al ejemplo del General De Gaulle. Es evidente que en la ciencia económica, en la ciencia política, etc. hay cosas útiles muy complejas, pero debemos buscar la manera de convertir en simple todo lo complejo, no solamente en aras de su comprensión sino también porque es mucho más barato hacer esta conversión que vivir haciendo “las grandes elaboraciones científicas y técnicas de nuestro tiempo”.
Las nuevas autoridades deben abstenerse de gastar millones de dólares en la continuación de los “estudios de los problemas nacionales” que desde los escritorios realizan los “expertos”. Debemos tener compasión con este pobre pueblo de Nicaragua. ¿Alguien conoce la utilidad de tantos estudios? ¿Cuál es el costo-beneficio? ¿Alguien conoce los frutos verdaderos, no imaginarios, que produjo el diseño de la estrategia de reducción de la pobreza? Tengo la impresión —y quisiera equivocarme— que las toneladas de papel que los expertos han escrito, o que más bien han copiado de otras latitudes, solamente han servido para ganar mucho dinero y para tratar de hacer creer que saben mucho, que saben todo; que “saben más de lo que en realidad conocen”.
* El autor es abogado y escritor.