La exclusión, un guión muy complejo

Alvaro Lacayo Argüello*

En la vorágine de la monumental zozobra causada por la defenestración del último gran mito americano, el de la invulnerabilidad de la seguridad nacional, el amanecer del siglo 21, en un sincretismo perfecto se ha convertido en cuna y sepulcro de las desbocadas ilusiones de la década pletórica que inició con el derrumbe del muro de Berlín en 1989, y recibió un tiro en la nuca a boca de jarro con el colapso de las Torres Gemelas.

Mientras los cuatro polos del planeta se desangran con niveles jamás vistos de violencia y corrupción que según cálculos conservadores, entre tráfico de opio, cocaína, diamantes y corrupción administrativa le cuestan a la humanidad la inverosímil suma de 1,500 billones de dólares anuales; el mundo, a través de la voz de las Naciones Unidas, se debate ante el replanteamiento urgente de una Nueva Agenda Global, se debate en la Declaración de Durban, en Suráfrica, ha condenado las atrocidades milenarias cometidas en nombre de todos los ismos excluyentes del siglo 20 como el islamismo, el sionismo, el esclavismo, el colonialismo, el nazismo, el fascismo, el stalinismo, y el comunismo, estos dos últimos con un inventario de cien millones de cadáveres, según el censo del Libro Negro.

Con los ojos del mundo puestos en la guerra de Agfanistán y la costosa y probablemente estéril obsesión de los Estados Unidos de mostrar al mundo la cabeza de Ossama, el programa fundamental para la humanidad, la agenda para la educación primaria universal para el 2015 del acuerdo de Dakar, en Senegal, quedará ahora relegada a un segundo plano.

La causa de la Educación Primaria Universal ha sido globalmente ignorada, el fondo de la niñez de las Naciones Unidas calcula que se necesitarán más de 9 billones de dólares anuales para lograr la meta del 2015. La ayuda económica de los Estados Unidos para la educación de las naciones pobres es de 150 millones de dólares y ahora será más difícil para el Congreso americano aprobar el billón anual necesario para que sus socios de Breton Woods intenten aproximarse a esa cifra y cumplir la meta de Dakar.

Por su parte, nuestro Presidente electo hereda un panorama con cifras de exclusión social escalofriantes en lo que podría catalogarse como la regla del 70%: el 70% de nuestra población juvenil ha probado alguna vez drogas o alcohol, 70% de nuestras adolescentes tienen altas probabilidades de salir embarazadas por primera vez antes de los 18 años, el 70% de nuestros estudiantes que entran al primer grado no terminarán la educación primaria y el 70% de la población económicamente activa sufre de desempleo o subempleo, el 70% de las muertes violentas o por accidente vehicular en Nicaragua tienen relación con uso de alcohol o drogas. Sólo cabe pensar que el broche de oro esperanzador fueron las elecciones de noviembre 4 en las que los nicaragüenses decidimos darle el voto de confianza al ingeniero Bolaños en lo que podría ser los primeros cinco años de trabajo serio contra la pobreza y la corrupción o los últimos cinco de esperanza si todos en la sociedad civil nos involucramos para modernizar la Agenda Nacional y extirpar de raíz el cáncer de la corrupción y recordarles a los asambleístas que el presidente Bolaños si no repite los vicios del pasado, tendría 4 millones de nicaragüenses a su lado. Este pasará a la historia como el quinquenio del debate y el consenso o el lustro de la debacle social, un siglo de definición temprana.

* El autor es Profesor Asistente de Neurología y Psiquiatría Escuela de Medicina Universidad de Miami.
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Editorial
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