Adolfo Bonilla*
Es realmente increíble, deplorable y hasta de primente el nivel de pobreza al que ha llegado Nicaragua. Las cifras estadísticas podrán tener márgenes de error, pero hacen un señalamiento claro e inequívoco. Colocado este país a la par de Haití (en ese campo) en este hemisferio de América Latina y el Caribe es para alarmar a cualquier mortal consciente y honesto de este planeta.
Yo estuve en Haití hace más de veinte años. Ya en ese tiempo esa nación estaba a la cola en este drama amargo de la miseria. Me impresionó la cantidad de gente que se encontraba en la calle solicitando la caridad pública: Hombres, mujeres, niños, ancianos. ¡Realmente patético! Y no sólo en Puerto Príncipe, capital de ese país, sino que también en el interior de Haití. No lo he vuelto a visitar, pero supongo que sigue igual o quizás peor porque nadie le ha quitado ese lugar de tierra misérrima… hasta ahora que nuestro excesivamente sufrido pueblo se lo disputa.
Hace tres décadas en Nicaragua existía la pobreza (siempre ha habido), pero no existía la miseria que tan salvajemente se ha venido adueñando de nuestra población. Y ojalá fuese sólo miseria económica, sino que ha venido subrepticiamente acompañada de miseria moral, de miseria humana en muchos sentidos. ¡La valiente, ilustre, excelsa y estoica Nicaragua está postrada, herida de muerte!
Heinrich K. Erben, en su impactante libro “¿Se extinguirá la raza humana?”, describe que la desgraciada estirpe de los ik, ubicada en un triángulo entre Uganda, Kenia y el Sudán (Africa), como trágica consecuencia del desarraigo y de un hambre permanente que amenazaba la propia supervivencia, sufrió un derrumbamiento rápido de la estructura social, hasta el grado de llegar a perder el altruismo, la moral y el sentimiento de solidaridad de grupo, en la lucha del individuo por la pura supervivencia.
Al final, el gobierno procedió a repartir alimentos con regularidad, en el marco de un programa de ayuda, entregando a los iks sanos y jóvenes raciones para los enfermos y viejos que quedaban en casa; sin embargo, quienes regresaban al poblado siempre lo hacían con el estómago lleno, pero los ancianos y los enfermos se quedaban sin comida porque los que ya estaban satisfechos consumían lo que podían en el camino para no tener que entregar nada. Una deformación social de este tipo —tan avanzada— parece ser irreparable. (Cualquier similitud con personas o personajes reales y actuales de Nicaragua es pura coincidencia).
Este sombrío panorama es pavoroso por la posibilidad de que —si las cosas siguen igual en nuestro terruño— a la postre la población podría convertirse en ese esperpento de humanidad descrito anteriormente. El reto que tiene nuestro país no es que gane un partido determinado, sino que todos los sectores, todas las organizaciones e instituciones (privadas y estatales) y todos los ciudadanos deberíamos formar parte de un esfuerzo común —con un solo propósito de nación— para salir del abatimiento y humillación en que nos encontramos en la actualidad, para recuperar los valores humanos del pueblo, para rescatar el sentido y sentimiento de patria donde todos podamos caber y podamos juntos progresar integralmente en paz y armonía y para beneficio de todos los habitantes, donde la palabra adquiera nuevamente credibilidad.
Esto es un sueño de muchos que debiera transformarse en un sueño colectivo y acompañarlo con ese esfuerzo común que nos convierta en un país con verdadera esperanza de un futuro seguro y mejor.
* El autor es periodista.