Protección contra el VIH/ Sida

Rosa María Vivas Moncada*

El Virus de nmunodeficiencia Humana (VIH) no es menos que una enfermedad ni más que una sentencia de aislamiento. Un ser humano víctima del VIH en su sangre no siente como antes ni se ve a sí mismo con ilusiones y futuro, sino como el principio del fin de su propia existencia. Ser diagnosticada como un(a) portador(a) de un virus que afecta el sistema inmunológico y que la posibilidad de vivir unos cuantos años más sin los síntomas característicos del Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida (Sida) es incierta, causa un gran impacto en el plan de vida de una persona sana, afecta mortalmente lo que hasta ese momento había formado; pero asimilar el diagnóstico resulta más dramático cuando se teme la reacción de la familia y de una comunidad, siendo esta última injusta, inflexible y hasta cruel, resultado de la ignorancia e insensibilidad para quienes son menos afortunados. En los diferentes estratos sociales se manipula una idea errónea con respecto a una persona portadora del VIH, que solamente una persona promiscua, inmoral, con inclinaciones sexuales por el mismo sexo y mujeres en explotación sexual pueden ser víctimas del VIH, siendo los grupos que mencionamos anteriormente marginados por quienes creen considerarse pulcros.

El VIH se transmite por el contacto sexual, ya sea vía vaginal y anal con una persona portadora, por vía sanguínea al compartir agujas y hojas de afeitar, a través de las transfusiones de sangre sin previo análisis en hospitales y centros de asistencia; y por vía perinatal y la lactancia.

En nuestro país la definición teórica de VIH y Sida se imparte en centros de educación, pero la información recibida es distorsionada cuando más allá de los salones de clase la idea es otra. Más que una protección a la enfermedad pareciera un aislamiento total de una persona enferma. No dramaticemos, protegerse no es aislar ni juzgar, ni humillar y excluir; sólo es evitar posibles contagios empezando por uno mismo, mundialmente la “mejor” forma de evitar un contagio es usando el preservativo sin mencionar otra forma más eficaz: la abstinencia y la comunicación abierta de pareja. Con respecto a la transfusión sanguínea y transplante de órganos el control y análisis previos son inviolables en los centros de atención a la salud, disminuyendo de forma considerable los contagios a través de esta vía.

La calidad de vida de una persona con VIH es muy frágil, y aún más cuando la persona es rechazada y aislada por familiares, amigos, compañeros de trabajo y sociedad. Sufrir un cambio drástico en el estilo de vida de una persona enferma es difícil de asimilar, pero no contribuye la discriminación de la sociedad que le niega la oportunidad de disfrutar las mismas oportunidades que una persona sana. Debemos luchar contra la enfermedad pero no contra el enfermo, el Sida no se transmite por la picadura de un insecto, por la orina, el sudor, la saliva, por dar un apretón de manos, un beso en la mejilla o en la boca, por un abrazo que tanto necesita una persona que sufre el desprecio de otros, un abrazo que transmite tantas emociones y la más importante: “No soy mejor que tú, somos iguales”.

Las penas afectan menos cuando se comparten, y una alternativa es localizar a otras personas portadoras de VIH para fortalecer su rol en la sociedad como seres humanos activos. No hay mejor forma de alimentar el espíritu cuando se ayuda a otros, y de esta forma una persona que antes se sentía olvidada por algunos puede ser amada por otros. Cuando se reconoce a sí misma como generoso(a) los estragos de la enfermedad no son tan dramáticos.

No debemos olvidar que una persona con VIH no es diferente a una persona sana y que nadie es inmune a la enfermedad ni tampoco a la discriminación.

* La autora es estudiante de Psicología.
UNAN-Estelí
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Editorial
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