La “coñamentazón”

Carlos Alberto Montaner

MADRID.—Venezuela va por mal camino. Puede armarse lo que —tomen nota los académicos—en el lenguaje vulgar de aquel país, el de los “pata-en-el-suelo”, uno de los más ingeniosos de América, llaman una “coñamentazón”. El drama puede terminar a “coñazos”, como dicen por allá. Día a día sube la temperatura, y chavistas y antichavistas se aprestan para el enfrentamiento. ¿En qué consiste la pugna? Grosso modo, en que los demócratas no están dispuestos a permitir la destrucción de las libertades económicas y políticas, mientras los revolucionarios, acaudillados por Chávez, no renuncian a transformar el modelo de Estado hasta que se parezca a una cosa medio libia o medio cubana, teñida por la retórica tercermundista antioccidental.

Hasta hace pocos meses el coronel Chávez pensaba poner en marcha su revolución y desmantelar el “Estado burgués” mediante leyes que contaban con el aval de las grandes mayorías. Al fin y al cabo, no hubiera sido la primera vez que se utilizaba el método democrático para liquidar las libertades. Hace medio siglo lo hizo Perón en la Argentina, como antes lo habían hecho los fascistas en Italia y los nazis en Alemania. Era a esta anomalía a lo que aludía Borges cuando opinaba que a veces la democracia se convertía en un “abuso de la aritmética”. Pero a Chávez, un tipo desordenado y caótico que lo mismo llega tarde a un golpe militar que a una revolución, le falló el timing. Su mayoría parlamentaria no se movió con agilidad y las leyes que hubieran dado forma al Estado revolucionario no se promulgaron a tiempo. Luego, apresuradamente, se redactaron cincuenta proyectos legislativos encaminados a ese fin, pero en ese período crucial —los últimos seis meses— la opinión pública había dado un vuelco muy importante en su contra y la sociedad se organizó para resistir el embate autoritario.

Según las encuestas más fiables hoy Chávez apenas tiene el respaldo del treinta por ciento de los venezolanos. Llegó a tener el setenta y cinco, pero cayó en picada. ¿Por qué? Fundamentalmente, porque la ciudadanía acabó por darse cuenta de que la gobernaba un perturbado mental, narcisista y exuberante, afectado por un incurable desorden de la comunicación conocido como “coprolalia”. Pero tan preocupantes como los rasgos sicopáticos que Chávez exhibía, eran sus trasnochadas convicciones tercermundistas. Se empeñaba tenazmente en llevar a los venezolanos al campo ideológico de Gadafi, de Castro, de sus “hermanos” los ayatolas iraníes. Le escribía cartas de adhesión ideológica a Carlos Ilich Ramírez, el “Chacal”, asesino y terrorista preso en las cárceles de París, mientras sus agentes tejían una maraña de complicidad con las guerrillas colombianas, con Montesinos, o con los revoltosos que ponían en jaque al frágil gobierno ecuatoriano. Su bolivarianismo era eso: una trama de conspiraciones encaminadas a revivir el aletargado espíritu antioccidental, prácticamente inerte desde la caída del Muro de Berlín. De ahí el recelo con que hoy sus colegas, los presidentes latinoamericanos, juzgan a Chávez. Él, que lo mismo intenta abrazar a la reina de Inglaterra que invita al Papa a jugar dominó, los llama familiarmente por sus nombres. Ellos, en privado, invariablemente, con gran desprecio, se refieren a Chávez como “el Loco”.

Recapitulemos para entendernos. La situación es ésta: en Venezuela existe un gobierno legítimo, con mayoría parlamentaria, que ha perdido casi totalmente el apoyo de la sociedad que lo eligió. Ese gobierno se empeña en llevar al país por una senda autoritaria que no es la que desea la mayoría de la población, pero los mecanismos institucionales están en manos del gobierno y éste puede, ciertamente, remodelar el país a su antojo, causándole un daño prácticamente irreparable. ¿Qué puede ocurrir? Sólo hay cuatro opciones y todas son malas. La más ortodoxa es bajar la cabeza y aceptar la destrucción de las libertades y del aparato productivo como precio por el inmenso error de haber elegido a Chávez. Otra es aprovechar la posibilidad constitucional de revocar el mandato de Chávez dentro de dos años, cuando lo permite la ley, si es que en esa fecha los tribunales y el Estado de Derecho son todavía capaces de funcionar. Una tercera es que la desobediencia civil, convocada por sindicatos, empresarios y otras fuerzas sociales, hagan ingobernable el país hasta el punto en que Chávez se vea obligado a dimitir y a decretar unas nuevas elecciones. Y la cuarta es un golpe militar que ponga fin a la pesadilla, pero acaso dé inicio a una nueva, como sucedió en el Chile de Pinochet tras el derrocamiento de Allende, episodio al que bastante se parece cuanto estamos contemplando en Venezuela.

¿Cuál de esos cuatro desenlaces prevalecerá? Muchos venezolanos piensan que será el golpe militar, pero los estrategas cubanos, asesores de Chávez, ven ese reto como una oportunidad de acelerar lo que allá llaman el “proceso revolucionario”. De acuerdo con esta lectura del conflicto, el intento de golpe, una vez sofocado por las fuerzas leales al gobierno, le daría a Chávez la oportunidad de liquidar a sus adversarios e ir rápidamente a la cubanización total del país. Castro, incluso, ha ofrecido tropas, que se disfrazarían dentro de una “Brigada bolivariana” integrada por revolucionarios de todo el continente. O sea, que estamos a las puertas de la catástrofe. O de la “coñamentazón”, como dicen por aquellos parajes hermosos y revueltos. [©FIRMAS PRESS]

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