León Núñez
Un mes antes de las elecciones municipales del año pasado publiqué un artículo en LA PRENSA dando a conocer el resultado de una investigación que personalmente hice en esta capital para conocer las preferencias electorales de los vecinos de Managua.
En esa ocasión escribí que la metodología empleada había sido ajena al tipo de preguntas que se suelen hacer en las encuestas y que en mi investigación yo había utilizado “estímulos psicológicos de naturaleza conversacional”. El resultado de mi averiguación fue contundente, claro, exacto: Herty Lewites salía ampliamente favorecido. El “margen de error” no estaba representado porcentualmente sino por la posibilidad o imposibilidad de que don Wilfredo se quitara su copete.
Ese artículo me acarreó severas críticas por parte de dirigentes liberales que son empleados públicos. En ese entonces yo era convencional del PLC y no concebían que un convencional advirtiera la derrota cuya responsabilidad correspondía al Presidente de la República. Pero muy a mi pesar, el pronóstico se cumplió. La “sombra políticamente siniestra” de Alemán y la incapacidad de don Wilfredo para alejarse de ella durante la campaña electoral determinó su derrota. El doctor Navarro merecía ganar, pero debo confesar que yo voté por él a sabiendas de que iba a perder.
Acabo de terminar una nueva investigación que yo llamo mi “segunda encuesta”. La llevé a cabo durante cuatro días: del viernes 19 al lunes 22 de este mes. Utilicé el mismo método. El resultado también es contundente, claro, exacto. Pero ahora no hay margen de error porque don Enrique no tiene copete, es decir, que la conclusión no tiene vuelta de hoja: el ingeniero Bolaños va a ganar las próximas elecciones. Ahora me va suceder al revés: yo voy a votar a favor de don Enrique a sabiendas de que va a ganar.
El discurso que don Enrique pronunció el pasado jueves 18 de octubre causó un profundo impacto, en primer lugar, entre la población electoral flotante, es decir, entre muchos nicaragüenses que estaban indecisos por quién votar y en segundo lugar, entre muchos ciudadanos que habían tomado la decisión de no votar.
Este fenómeno no lo he medido, pero quiero compartir con el lector algo significativo: yo tenía en mi computadora los nombres y teléfonos de 25 personas —conocidas o amigas mías— que pertenecían al sector de la indecisión y tenía también los nombres y teléfonos de 20 personas, amigas mías, que habían decidido no votar.
Después del discurso del ingeniero Bolaños hablé personalmente o por teléfono con todas ellas. El resultado fue el siguiente: de los 25 indecisos, 18 me manifestaron su intención de darle el voto a don Enrique y de las 20 personas que habían decidido no votar, 16 me manifestaron que iban a votar y que lo harían a favor del ingeniero Bolaños.
Yo considero que las personas con las que hablé constituyen una muestra muy representativa de mi “segunda encuesta”, cuyo resultado, tal como lo vimos antes, demostró que después del discurso se produjo un aumento sustancial en la intención de voto a favor de don Enrique, aumento que me causó la impresión de que en el futuro los historiadores van a considerar el pasado jueves dieciocho de octubre como un día extraordinariamente importante para entender una de las razones por las cuales el ingeniero Bolaños ganó las elecciones del cuatro de noviembre del año 2001. Para ellos va a ser evidente que en el comportamiento final de los ciudadanos que integraban los sectores de indecisión y la abstención estaba la clave del triunfo electoral.
La razón del triunfo de don Enrique hay que buscarla, entre otras cosas, en el discurso valiente que pronunció durante su comparecencia pública en el día citado. No hay espacio para comentar este discurso. Basta decir que se trata de una lección política clásica que deseo y espero que a partir del próximo 10 de enero sea el punto de partida de un proceso de “renovación moral” que culmine con el fin de la corrupción y con el castigo de los corruptos; que culmine con una fuerte democratización interna de los partidos políticos para acabar con el caudillismo y que culmine también con la erradicación de la “perversión en el uso del poder”, perversión que se manifiesta no sólo en la corrupción —en la aparición de nuevos Onasis tropicalizados— sino también en tres rasgos que la moderna psicología política atribuye al pervertido: voluntad absoluta, carencia de toda norma y conducta imprevisible.
Yo estoy plenamente de acuerdo con las razones que expuso el ingeniero Robelo en el Canal 2 para creer en el discurso de don Enrique: su verdadera carta de presentación ante el futuro. El ingeniero Bolaños a sus 73 años no está para otros “trotes” que no sean los que beneficien realmente a este pueblo, que ya está cansado de su historia.
El autor es abogado y escritor