Asalto a las "barricadas"

Roberto Fonseca [email protected]

No quedó, dijo María Ramírez en voz alta y aún incrédula. “Mi papá no quedó”, repitió casi a gritos y rompió en llanto. Pareció hundirse en el asiento del Centro de Convenciones “Olof Palme”. Cotejé mis apuntes y confirmé que tenía razón. Sergio Ramírez Mercado, ex vicepresidente y jefe de la bancada rojinegra, había sido destituido de un “monazo” de la Dirección Nacional del Frente Sandinista. Era la madrugada del 23 de mayo de 1994.

Minutos después, un velo de tristeza dio paso a la confusión y la sorpresa. La sesión especial del Congreso sandinista se partió en dos, igual que el Mar Rojo. Para los “renovadores”, el ambiente se cubrió con un cierto velo luctuoso. Revivían la pérdida del 25 de febrero de 1990.

Mientras tanto, los “ortodoxos” o “pikineses” celebraban eufóricos. Dominaban la maquinaria partidaria y habían aplastado a sus contrincantes sin ningún asomo de misericordia. La orden fue humillar a Ramírez y además, posesionarse de las principales estructuras de dirección y de decisión. Cumplieron con creces.

Daniel Ortega, reelecto Secretario General del FSLN con 287 votos, correspondientes al 64 por ciento de los congresales, lucía eufórico, contento, satisfecho. En cambio, a su lado, Henry Ruiz, “Modesto”, se veía cabizbajo, apesadumbrado.

Minutos después, a la salida del auditorio del “Olof Palme”, una eufórica Mónica Baltodano, recién electa miembro de la Dirección Nacional, indicó hacia “dónde irían los próximos tiros”. Apuntó a Barricada.

“La mayoría de los miembros de la nueva Dirección Nacional consideramos que debe cambiar la política editorial de Barricada y es un asunto que estaremos abordando en los próximos días”, dijo con una amplia sonrisa en la cara.

El periodista William Roiz, padre, quien cargaba una gigantesca grabadora y le hizo la pregunta a Baltodano, también sonrió satisfecho. Ambos gozaban con la idea de retomar el control partidario de Barricada. Aquellas palabras sonaron a sentencia de muerte. Sólo faltaba indicar el día de la ejecución.

UN ÓRGANO DE COMBATE

Aquella asamblea interna, semanas después, devino en una “plática de presos”. No conducía a ningún lado. Daniel Ortega, sentado al frente del auditorio, junto a Bayardo Arce y Carlos Fernando Chamorro, escuchaba, anotaba en un cuaderno y bebía su té a sorbos, adoptando una aparente actitud comprensiva, sin embargo era ilusoria. Siempre se opuso abiertamente al nuevo perfil de Barricada.

“El problema está en que el periodismo que ustedes propugnan no está acorde con los tiempos actuales. Es un periodismo para el siglo veintitrés. En estos momentos lo que necesitamos es un periodismo combativo, beligerante, confrontativo”, respondió Ortega.

“En Nicaragua se libra a diario una lucha de clases, por tanto, necesitamos un periódico que vele por los intereses nacionales, pero que privilegie los intereses del sandinismo, de la revolución, de los desposeídos”, añadió.

Ortega admitió esa vez, como lo había hecho en otras ocasiones, que él nunca estuvo de acuerdo con el cambio en la línea editorial de Barricada, adoptado a inicios de los noventa por la presión de los periodistas, editores y liderazgo del diario. Como resultado de esa batalla, se eliminó el lema de “órgano oficial del FSLN” y se sustituyó “Por los intereses nacionales”. Además, se quitó el logotipo del combatiente tras la barricada de adoquines que identificaba al diario rojinegro.

Parecía un simple cambio de diseño, pero no fue así. Las fuerzas más ortodoxas del sandinismo se opusieron ferozmente a la iniciativa, entre ellos Daniel Ortega y Rosario Murillo, pero finalmente se aprobó. Fue cuando Luis Carrión, en calidad de vicesecretario general del FSLN, se quedó al frente de la Dirección Nacional porque Ortega viajaba en ese momento por los países del Medio Oriente: Irak y Libia, entre otros.

Para Daniel Ortega, entonces, la independencia relativa, frágil, de Barricada fue siempre una paja en el ojo.

FICCIÓN CONVERTIDA EN DRAMA

Por varias semanas habíamos vivido al filo de la navaja, prolongando la agonía. En ese lapso de tiempo, recuerdo que había circulado entre un pequeño grupo de compañeros la novela “La Guerra de Galio”, de Héctor Aguilar Camín, en la que se abordaba —de forma ficticia— las contradicciones políticas del diario Excélsior con la dirigencia del PRI, que concluyeron en la expulsión del liderazgo periodístico que lideraba Julio Scherer. La leímos con pasión y angustia, identificándonos con algunos personajes. La ficción ahora se convertía en realidad.

Era cuestión de minutos. Sabíamos por las transmisiones de Radio Ya y por el reporte de nuestros redactores, que en cualquier momento llegarían a tomar posesión de Barricada. Era 25 de octubre de 1994, y en lo personal, vivía uno de los momentos más tristes, frustrantes y dolorosos de mi carrera profesional.

En una laptop Toshiba, que le había comprado a Sandra, de Pensamiento Propio, escribí mi carta de renuncia. Recuerdo que lo hice en la sala de reuniones, apenas aguantando las lágrimas.

“Renuncio porque no quiero que mi nombre se asocie a ‘golpistas’, a intolerancia política, a revanchismo y menos aún, a colaborar con la desnaturalización de un proyecto periodístico profesional, que veníamos construyendo y forjando desde inicios de 1991”, escribí en esa ocasión.

“Me enorgullecía ser el subdirector (interino) de esta Barricada, no así, del adefesio en ciernes”, agregué.

Salí con el diskette en la mano y le pedí a Carmen Bolaños, la secretaria de la Dirección que imprimiera la carta. Entré a la oficina de Carlos Fernando y le entregué una copia. Nos despedimos. Luego la repartí entre los periodistas ahí reunidos y di una breve conferencia. Por dentro tenía el corazón destrozado. Había llegado a ese periódico en julio de 1985, como periodista empírico, y nueve años después debía abandonarlo por la intolerancia de los dueños.

Saqué mis pertenencias poco a poco, para depositarlas en unas cajas de cartón. Esperé hasta que llegó Lumberto Campbell, nuevo director interino, y le entregué la misma carta. Se sorprendió. “Pero, ¿por qué te vas?”, me preguntó, “nosotros habíamos contado con vos”, añadió. Sonreí y le dije: “No comandante, no cuenten conmigo”.

En muchos años, era la primera vez que regresaba por la tarde, temprano, a mi casa. Voluntariamente había ingresado al desempleo.  

Editorial
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