León Núñez
Todavía sigo sin entender a cabalidad el concepto de “empate técnico”. Quizás mi falta de entendimiento se deba a mi ignorancia en materia de encuestas y sondeos de opinión o tal vez se deba a mi desconocimiento de la lógica-matemática que subyace en la interpretación estadística del futuro.
Cuando no se puede “adivinar con seguridad”, por ejemplo, cuál de dos candidatos presidenciales va a ser el ganador, se recurre al concepto de empate técnico, que algunos, para mayor enredo, llaman “empate relativo” concepto que fue introducido al vocabulario de las encuestas por medio de la teoría del “margen de error”.
Lo único que falta es que estos conceptos sean aplicados a los deportes, para así tener un buen fundamento para pedirle al Comité Olímpico Internacional que dicte nuevas reglas a efecto de que, por ejemplo, en la carrera de cien metros planos se declare un empate técnico entre el atleta que hizo la carrera en diez segundos y el que la hizo en nueve segundos y medio.
La verdad es que yo vivo confundido con este relativismo cultural que yo creía que no existía en los números. Este relativismo ha traído una nueva cultura: la cultura de los porcentajes y del empate técnico, que viene a ser la forma moderna de la inteligencia, que no tiene nada que ver con las matemáticas, que fue la forma griega de la inteligencia antigua.
Me da tristeza confesar que sigo sin entender todas estas cosas. Yo no entendí, por ejemplo, a Pedro Solórzano cuando declaró hace varios meses que estaba en un 60 por ciento a favor del ingeniero Bolaños, pero que todavía le quedaba un 40 por ciento de indecisión. Se dice que don Pedro, con este empate técnico, provocó un verdadero suspenso en el pueblo nicaragüense. El suspenso terminó felizmente cuando se produjo el desempate técnico, es decir, cuando el señor Solórzano alcanzó el 100 por ciento a favor de don Enrique, que fue el porcentaje que lo empujó a aceptar la jefatura de campaña del PLC de Managua.
La cultura del porcentaje y del empate técnico se ha vuelto un tema de conversación diaria, que se emplea inclusive para evaluar gobiernos. Hace pocos días un especialista de la materia dijo en una reunión que el gobierno salvadoreño era 100 por ciento honrado y que el gobierno nicaragüense era en un 55 por ciento sinvergüenza y en un 45 por ciento honrado, en cuya gestión —con un margen de error del 15 por ciento— podría apreciarse moralmente un empate técnico entre los sinvergüenzas y los honrados.
El citado especialista explicó que en las encuestas a veces era mejor manejar porcentajes que conceptos abiertos. Un concepto abierto en una encuesta estaría referido a que el encuestado diga, por ejemplo, su grado de acuerdo con una afirmación, como por ejemplo la siguiente: “al doctor Alemán le encantan los reales”. Los entrevistados tendrían que contestar: muy de acuerdo, no muy de cuerdo, de acuerdo, casi de acuerdo, nada de acuerdo o no sabe/no responde. Naturalmente que ni abrí la boca porque no entendí nada y salí más confundido que nunca, sobre todo por mi incapacidad para calcular los porcentajes que corresponden a cada grado.
Yo recuerdo que empecé a detectar los conceptos problemáticos que presenta para mí la cultura del porcentaje y del empate técnico cuando llegué a trabajar al Banco Central. En un seminario me entregaron un cuestionario. Con una de las preguntas se buscaba saber en qué porcentaje uno era fiel a la institución y se indicaban como referencia los siguientes porcentajes: 100 por ciento, 75 por ciento, 50 por ciento, 25 por ciento, 10 por ciento, y 1 por ciento.
Yo contesté que no podía responder porque no comprendía cómo se podía medir la fidelidad en términos porcentuales, y para hacerme entender mejor puse el ejemplo de la fidelidad o infidelidad de las mujeres casadas.
El porcentaje del 100 por ciento de fidelidad está clarísimo cuando la esposa no se la pega a su marido, pero nadie pudo contestarme cuando pregunté cuáles serían los porcentajes de fidelidad que se debían fijar en los casos en que una esposa se la pegara a su marido una vez al año o una vez al mes o dos veces a la semana. No creo que tenga sentido que alguien diga que su esposa le es fiel en un 75 por ciento. Aquí no cabe porcentaje. Se es fiel o no se es.
Lo que sí tal vez podría tener sentido es el concepto de “empate técnico”, que se aplicaría por ejemplo cuando la esposa se la pegara a su marido diez veces durante el período de un año, y éste a su vez se la pegara a su esposa doce veces durante el mismo período. Entonces con un margen de error del 3 por ciento, podría producirse un empate técnico entre marido y mujer.
Yo creo que voy a tener que profundizar en el estudio de la cultura del porcentaje y del empate técnico porque es un tema de gran actualidad que debemos manejar. Desde ahora prometo que cuando llegue a dominar este tema expondré en LA PRENSA cómo debemos aplicar la fórmula del empate técnico a todas las actividades de la vida nacional.
El autor es escitor y abogado