Ariel Montoya
Empezaría por reconocer que no nací en un mundo ideal. Y que por lo tanto no sería ésta una tierra de promisión abierta a los inmigrantes. No vacilaría en pensar que habría hombres y sistemas que además de odiar mi bandera, jamás simpatizarían con nuestro american way of life.
Sabría que el legado de nuestros próceres no tiene ninguna importancia para quienes detestan nuestro patriotismo y humanismo, sobre todo cuando evidenciamos el espíritu constitucional de Washington, la nostálgica majestad republicana de Lincoln o la típica sonrisa de Kennedy, que copiosamente pende de los rostros humildes de las anónimas multitudes asomadas a las vitrinas de la postmodernidad.
Estaría consciente de que tanto yo como mi país, los Estados Unidos de América, tenemos públicamente dos enemigos vinculantes entre sí: los sandinistas de Nicaragua, con Daniel Ortega a la cabeza del FSLN, empecinado nuevamente en ser presidente de esa turbulenta nación, luchando contra el yanqui “enemigo de la humanidad”, según la letra del himno de su partido; el otro, Bin Laden, el fugitivo planetario más perseguido, quien ha dicho que somos sus enemigos, y que su guerra santa impedirá nuestra seguridad como ya lo hizo con la voladura del World Trade Center.
Reconocería que también en mi país, quienes manejan la política, la economía, las relaciones con los países grandes y chicos, y quienes mandan sondas a Marte y magnates turísticos al espacio, o quienes cometen cualquier cantidad de disparates en nombre de la moda y de lo bueno y lo malo, han cometido algunos pecadillos. Después de todo, no somos perfectos.
Sin embargo, hoy más que nunca me detendría frente al Potomac o junto a la Bahía de San Francisco, a pensar seriamente en las acusaciones que nos hacen Ortega y Bin Laden, de ser en el primero de los casos, enemigos de la humanidad ya por más de veinte años; y por el otro, ser enemigos del camello, el petróleo, el Islam y los mil y un desvelos de Scherezada, para justificar su fanatismo extremista y su incendiaria mitificación por Alá.
Después de todo, qué culpa tendrían los hijos de los carniceros de Chicago o los encorbatados y encanecidos yuppies de Wall Street (émulos de Michael Douglas), de que sus padres cuando crezcan, les traspasen ese feo mote de ser nada más y nada menos que enemigos de la humanidad; y también, qué culpa tendrán las 50 mil personas que quedarán traumadas psicológicamente cada vez que recuerden que la Gran Manzana neoyorquina ya no será la misma, y que serán otras torres, las que crecerán sobre las selvas de cemento derrumbadas por la saña crepitante de quienes han instrumentalizado la fe contra Occidente.
De ser enemigo de la humanidad, no visitaría más la tumba de Whitman en New Jersey, olvidándome ya de aquellos versos fabulosos en los que celebra la importancia de ser hombre o mujer, porque estaría enfrascado en borrar de mi conciencia y de mis noches de luna negra sobre el jazz del Mississippi, esas fundamentalistas acusaciones.
Desterraría de mis huesos y de la memoria de mis antepasados el sentido de mi identidad, de mi desmesurado pragmatismo culinario inundado por refrescos de Coca Cola y hamburguesas McDonald’s emplastadas en mi estómago, si en verdad mi país fuera enemigo de Afganistán, Iraq, Irán, Siria, Egipto o Arabia Saudita, como dicen los talibanes agazapados en un supuesto choque de civilizaciones.
Pararía las orejas ante estas analogías del radicalismo antinorteamericano, por la denigrante mancha en contra de los valores actuales de nuestro grandioso e imantado mundo libre.
Diría que National Geographic cometió perjurio al decir que estamos por convertirnos en el primer país de la historia, literalmente formado por todas las regiones del mundo.
Pero el desafío y la ofensa cotidiana de Ortega y Bin Laden, pisoteando la seguridad y honorabilidad de ser parte de una nación en donde todos los inmigrantes, razas y capas sociales, formamos parte de la vida y esencia de ser estadounidenses, me eximiría de serlo, si en verdad fuera enemigo de la humanidad.
El autor es escritor y periodista nicaragüense.