Aunque por razones de seguridad, para proteger las investigaciones, las autoridades norteamericanas todavía no lo han reconocido oficialmente, no cabe ninguna duda de que los brotes de ántrax o carbunco en distintos lugares de Estados Unidos de Norteamérica son parte de un nuevo ataque terrorista, esta vez con armas bacteriológicas.
Ante esta situación, una vez más hay que lamentar que la investigación científica no sirva sólo para el beneficio de la humanidad, sino también para hacer el mal, para la destrucción y el exterminio de los mismos seres humanos. Tal es el caso de transformar en armas de guerra y terrorismo las bacterias y virus que transmiten enfermedades mortíferas, y usarlas para aniquilar ejércitos enemigos o poblaciones pacíficas e indefensas.
El ántrax o carbunco fue una enfermedad terriblemente dañina e incontrolable, hasta que en los años 80 del siglo XIX el científico francés Louis Pasteur logró aislar su virulencia y contrarrestarla por medio de una vacuna. En Nicaragua el carbunco existe en su variedad benigna desde tiempos inmemoriales, y según expresaron recientemente voceros del Ministerio de Salud, en los últimos l0 años han ocurrido unos 30 casos de la forma cutánea, que como se sabe no es mortal.
A principios de la Primera Guerra Mundial (1914-1919) científicos alemanes comenzaron a cultivar la bacteria que produce el ántrax para usarla como arma de guerra, e hicieron experimentos con animales en algunos países balcánicos y suramericanos. Aquéllos experimentos fracasaron y fueron abandonados en 1917, pero otros científicos alemanes los retomaron durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
A pesar que la producción de armas bacteriológicas es relativamente barata y su poder destructivo es inmenso, entre los gobiernos que las han producido o adquirido, son muy pocos los que se han atrevido a usarlas, al menos en gran escala. En realidad, según los expertos, el poder destructivo de las armas bacteriológicas es tan terrible que 200 libras de esporas de ántrax rociadas por medio de aerosol en cualquier gran ciudad, matarían a unos 3 millones de personas.
Lo peor es que los países que más interés han mostrado en fabricar y adquirir armas bacteriológicas y químicas son algunos que todavía tienen gobiernos totalitarios y agresivos, y que, además, instigan el terrorismo y protegen a los terroristas. Por ejemplo, es bien sabido que bajo el régimen despótico de Saddam Hussein, Irak ha fabricado y almacenado una cantidad grande aunque indeterminada de armas bacteriológicas y químicas, y las ha usado contra la minoría étnica kurda que lucha por su independencia o por el respeto a sus derechos nacionales. “Irak posee suficiente ántrax para matar a todo hombre, mujer y niño en el mundo”, declaró la señora Madeleine Albright, cuando era Secretaria de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica. Armas bacteriológicas iraquíes, inclusive esporas de ántrax, podrían haber sido entregadas a la organización terrorista de Bin Laden, o a cualquier otra, para que ataquen a la población estadounidense y a la gente de otros países que los fanáticos han señalado como sus enemigos mortales.
Pero no sólo en el lejano Medio Oriente hay producción y almacenamiento de armas químicas y bacteriológicas. En 1998, el ingeniero cubano-norteamericano Manuel Cereijo, profesor de la Universidad Internacional de la Florida, en Estados Unidos, denunció en un artículo que publicó el diario miamense en español, El Nuevo Herald, que Cuba comunista comenzó en los años 80 las investigaciones para producir armas bacteriológicas y químicas, en las que habría invertido —hasta entonces— unos 1,600 millones de dólares. Cereijo demandó que los gobiernos democráticos solicitaran a las Naciones Unidas hacer una inspección en Cuba para constatar la existencia de los laboratorios y almacenes de armas bacteriológicas y químicas, pero nadie hizo caso a su denuncia.
Ahora que los estadounidenses están sufriendo el ataque terrorista con ántrax, y cuando la población de quién sabe cuántos otros países democráticos está amenazada, seguramente se tomarán las medidas defensivas apropiadas tanto contra los gobiernos, organizaciones y personas que practican el terrorismo, como también contra quienes lo instigan y protegen. Y ante todo urge que se apliquen medidas de control efectivo sobre los países que producen, adquieren y almacenan las mortíferas armas bacteriológicas y químicas.