Edgard Tijerino M. [email protected]
El mundo del béisbol de pie, ovacionando a Barry Bonds, bañándolo de afecto mientras le daba la vuelta al cuadro en el Estadio de Houston, y todos tratando de meternos a los televisores para abrazarlo, olvidando sus desplantes, su arrogancia, ese afán por ser repulsivo… Por favor, déjennos tomar un pedazo de Barry. Finalmente él se merece un gran reconocimiento.
Persiguiendo la hazaña con ansiedad controlada, soportando con cierto estoicismo una serie de factores adversos, necesitado del impulso de todos, incluyendo por supuesto el de su esposa, su madre, sus hijos y sus compañeros, el anochecer del jueves estaba emitiendo una nueva luz sobre Bonds.
¡Qué resplandesciente se vio al conectar el jonrón 70 colocándose hombro a hombro con Mark McGwire!.. Esa ancha sonrisa le colocó una llamativa marquesina a su rostro moreno, y sus ojos brillaron como los de César cuando cruzó el Rubicón.
“¿Qué haría un hombre consigo mismo si nada se interpusiera en su camino?”, preguntaba Wells, no propiamente pensando en Barry Bonds, pero el slugger debe tener una buena respuesta.
McGwire llegó a la última serie de la temporada con 65 jonrones en aquel incandescente 1998, y tenía que enfrentar al inadvertido pitcheo de los Expos… Se vio “Monstruoso” conectando 5 jonrones en 4 juegos. Hubiera podido derribar a batazos el Muro de Berlín, de haber estado en pie en ese fin de semana.
Bonds en casa, recibe a los Dodgers, temibles enemigos de los Gigantes, pero ya tiene los 70… Él necesita uno más, apenas uno en tres juegos, para quedar sólo en la historia como dueño de un nuevo reto lanzado a las futuras generaciones de tumba-cercas.
Después de todo lo borrascosa que ha sido la relación de Bonds con sus compañeros, con el público y con el periodismo, no debería haber encontrado tanta gente en el plato ansiosa por caerle encima inyectada de emoción… Pero ahí estaban todos, comenzando por Benard el humilde, y el artillero se sintió en las puertas del cielo… Disfrutó de una gigantesca demostración de cariño… Se sintió un ser humano no sólo admirado por su grandeza deportiva, sino querido… Quizá creyó estar literalmente desalojado del presente.
ALGO MÁS
Posiblemente, cayó en la cuenta que un momento sólo es en realidad grandioso, con el componente del afecto, aunque éste no haya sido pacientemente cultivado, como lo hicieron Jordan, Alí, Ripken, Sampras y Joe Montana.
A los 37 años, Bonds descubrió una emoción indescriptible: multiplicar esfuerzos para evitar llorar sintiéndose en la gloria… Puede estar sintiendo la necesidad de decir como Miguel Angel: Señor, concédeme que siempre pueda desear más de lo que he logrado.