Migdonio Blandón
La educación que proporcionalmente desde la infancia en la vida se adquiere, con su debida aplicación, es la base donde se asienta en lo general la producción, que a la vez compartida por el intercambio, se multiplica; y al mismo tiempo se obtienen beneficios personales, directa e indirectamente contribuyen al desarrollo social, el que comenzando en el núcleo familiar, trasciende a veces según su importancia, más allá del ámbito nacional.
El conocimiento nos enseña el valor de la productividad y cuando se tiene plena conciencia de ello a medida de la dedicación y el orden que se tenga, por la vocación a que cada quien dedique su esfuerzo, a su debido tiempo tendrá los frutos apetecidos. Todos conforme la preparación recibida tenemos la capacidad de hacer lo que nos proponemos. Lo grave es desperdiciar esa capacidad y sin producir nada, dedicarse a pedir o arrebatar.
Con frecuencia en diversas partes del mundo; y de manera específica en nuestro país, la pobreza ha llegado por la irresponsabilidad de no hacer nada o hacer lo indebido, motivando la miseria y la hambruna que sufren algunos sectores. Aunque es cierto sí, que aquí ha faltado previsión gubernamental y la seguridad para trabajar, especialmente en el campo, siendo causa principal la negativa educación impuesta en la década de los 80.
Antes de esa fatídica década el campesinado a pesar de haber sido minoritariamente alfabetizado, era trabajador y respetuoso. El tradicional legado de sus antepasados y las periódicas visitas de misioneros cristianos, con los principios evangélicos habían sentado las bases de una buena educación, la que trataron de arrancar inculcando odio y violencia, por el SMO y la politizada alfabetización, dañando al pueblo y a la inmadura juventud.
Así muchos aprendieron a “recuperar” y no trabajar; y terminaron con haciendas y fincas productivas, que muchas parcelándolas las dieron a quienes nunca les interesó trabajar ni producir, corroborando aquel dicho popular que dice: “Lo que no nos cuesta, hagámoslo fiesta”; y desde entonces para colmo de desventuras, después del “Mitch”, “El Niño” y “La Niña”, creciendo también la impunidad delincuencial, la producción se ha minimizado.
Aparentemente hemos mejorado. Hay libertad absoluta de expresión, de circulación, de comercio y sobre todo de educación, para esto hay centenares de centros de enseñanza en todo el triángulo patrio, pero la manutención del magisterio y el alumnado está difícil. La producción es raquítica; y ésta es tan necesaria para la vida de un país, como el oxígeno que se respira. No faltan medios, lo que falta es la mística del trabajo por la buena educación.
La riqueza potencial de nuestra tierra de extraordinaria belleza, sus laterales océanos, sus hermosos lagos, sus grandes ríos, sus oxigenadas y frescas montañas, con su mínima población en el extenso territorio, puede dar cupo a más de diez tantos; pero, todo está sin saberse aprovechar. El sector agropecuario otrora productivo, ha sido lo más descuidado. La educación general y técnica para agroindustria, la seguridad y el turismo, ¡eso bastaría!
Vale la pena esforzarse fomentando la buena educación en lo general. Es lo único que puede sacarnos del subdesarrollo. La capacitación es el apoyo en que después de Dios cada uno puede apoyarse; y caminando con rectitud y dignidad, respetándose y ayudándose de mutuo; y si se trata de practicar el mandamiento del Decálogo: “Ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”, se va sin tropiezos y nada falta.
* El autor es miembro de EDUQUEMOS.