Silvia Lucía Saravia
Como todos sabemos, Santo Tomás Moro prefirió la muerte antes que aceptar al rey Enrique VIII como jefe supremo de la Iglesia en Inglaterra y dejar de un lado la supremacía papal. Con ello, condenó todos los triunfos que había alcanzado, así como su existencia. Al resistirse a firmar el “Acta de Sucesión” (donde se declaraba nulo el matrimonio de Enrique VIII a Catalina de Aragón) y el “Juramento de Supremacía” (nombramiento del Rey como Jefe de la Iglesia), y al dejar de asistir a la ceremonia de coronación de la segunda esposa del rey, Ana Bolena, se ganó meses de cárcel, tortura y agonía. Si tan sólo hubiese podido ignorar la voz de su conciencia, hubiese disfrutado de una vejez placentera y una muerte tranquila. Respeto por sí mismo y conciencia de sus actos, eran dos cosas que Sir Thomas More cultivó durante sus años de vida. Lo primero es clave para mantener relaciones interpersonales armoniosas, y lo segundo es la esencia que distingue al hombre virtuoso del vil.
Con su muerte en el patíbulo confirmó su lealtad a aquello que consideraba más noble y puro. No es pues de extrañarse que fuese beatificado el 9 de diciembre de 1886 por el Papa León XIII, como mártir de la Iglesia Católica y luego fuese canonizado por el Papa Pío XI en 1935.
En verdad, no fue por casualidad que el Papa Juan Pablo II nombró a Santo Tomás Moro, Patrono de los políticos y gobernantes, en octubre del 2000. Un verdadero cristiano debe ser transparente en su actuar y debe mantener altos ideales. Como legislador Tomás Moro, no se dejó envolver por el entorno corrupto, ni cedió ante sus presiones.
Sir Thomas More nos legó a través de sus escritos el prototipo de una sociedad perfecta, pero con el título de su obra: Utopía, palabra acuñada por el Canciller inglés (del griego ou, no y topos, lugar; es decir: un lugar que no existe, o en ningún lugar) nos recuerda la imposibilidad humana para abrazar la perfección. Es vano esperar que de repente surja el paraíso terrenal, sin pobreza e injusticias, pero esto no significa que se debe abandonar la lucha por alcanzar mejores niveles de vida.
Eruditos opinan que existe una cercanía entre la filosofía de Moro y la de Platón, con respecto a la forma en que se debe gobernar una república. Al final de cuentas me atrevería a decir que ambos comparten la idea que un pueblo tiene el gobernante que se merece. Un pueblo precavido buscará mantenerse bajo la dirección de un hombre pensante, sensato y desprendido (filósofo). Si analizamos rápidamente el perfil del jefe de Estado en nuestra tierra durante nuestros 180 años de vida independiente, encontraremos la repetición de ciertas características:autoritario, opresor, ambicioso. Todo porque los nicaragüenses no hemos alterado el curso de los eventos para impedirlo. Nos entretenemos con el futuro cercano, y más aún nos cegamos en obtener beneficios personales o de gremios sin contemplar los medios empleados, y en ciertas ocasiones parece que carecemos de conciencia alguna, al tomar decisiones que luego se han tornado en nuestra contra.
Si los políticos para la próxima contienda electoral contaran con una pequeña dosis del carácter y la firmeza de Santo Tomás Moro, sin duda alguna, se podría vislumbrar un futuro, que aunque no espléndido, sea un tanto más esperanzador para nuestro país. Muchos se quejan de la corrupción en el Estado y sus instituciones, pero la verdad es que se trata de personas endebles, que no están comprometidas con su país y sus conciudadanos. Moro se convirtió en un hombre de Estado y no en monje, porque descubrió en ello la mejor forma de servir, dadas sus aptitudes.
Nunca se debe olvidar que somos las personas, en el conjunto, las que forjamos el entorno, y las únicas capaces de alterarlo por más difícil que esta hazaña parezca. Lo primordial que debemos aprender de este santo inglés es el coraje que empleó para defender el llamado de su conciencia. Nicaragua necesita hijos con coraje al estilo de Santo Tomás Moro, para perseverar en la consolidación del país que todos deseamos.
*Estudiante del Tercer año de Economía UTM. Resumen de la ponencia con la que ganó concurso universitario sobre Thomas More.