Jorge [email protected]
Hace unos meses escuché parte de una entrevista que le hicieron a la escritora y poetisa Gioconda Belli. Me resultó grato ver que hablaba positivamente de la libertad individual, y que reconocía que durante el régimen sandinista “ni siquiera se hablaba de eso”. Aquellos eran los tiempos en que la idea colectivista impuesta por los nueve comandantes ahogaba todo asomo o intento de libertad individual. Vaya —pensé—, qué bueno que, aunque ya mayorcita, haya cambiado de mentalidad. Han de ser los años que lleva viviendo en los Estados Unidos —me dije— los que la han hecho comprender que la libertad individual no es un lujo, sino que es el motor del progreso de los pueblos y el fundamento de cualquier otro tipo de libertad.
Pero un artículo suyo, publicado hace unos días en El Nuevo Diario, me hizo ver que me había apresurado demasiado en la valoración de su cambio de mentalidad, y que la poetisa sigue irremediablemente aferrada a los impulsos utópicos que caracterizan al pensamiento socialista. En un escrito titulado “Las nuevas rebeliones”, Gioconda Belli exhibe una fascinación sin límites por el movimiento antiglobalización mundial, y una fe cuasirreligiosa en su poder para salvar al planeta y a la humanidad entera.
Al referirse a las violentas manifestaciones escenificadas por ese movimiento en Quebec, Seattle, Praga, Washington y Génova, dice Doña Gioconda: “Estas protestas «portátiles» no están organizadas por partidos políticos, ni persiguen la toma del poder. Agrupan a centenares de grupos con intereses diversos y se mueven no por los intereses particulares de cada quien, sino por grandes sueños humanitarios: la lucha contra la injusticia, la pobreza y la desigualdad; la necesidad de preservar un planeta que nos pertenece a todos”. ¿Ah, sí? Pareciera que la escritora y poetisa viviera en otra galaxia, aunque, a decir verdad, vivir en la bella y lujosa Beverly Hills, junto a Hollywood, en la opulenta California —que es donde ella vive— equivale, cuando menos, a vivir en otro planeta.
Es quizás por eso que no me sorprende que la señora Belli sea incapaz de ver la mano todopoderosa e interesada de la AFL-CIO y de muchos otros poderosos sindicatos del mundo industrializado que, para no ver deteriorados sus altos ingresos en lo más mínimo, tienen a toda costa que impedir que las empresas de sus países inviertan en los nuestros, sin importarles un comino que eso signifique que nuestra gente tenga que quedarse desempleada.
Y sigue diciendo la poetisa: “La historia no cesa de sorprendernos. Cuando parecía que el aliento utópico y las luchas populares desaparecerían neutralizadas por un capitalismo que se validaba a sí mismo como el único sistema viable en el mundo moderno, surge desde el mismo capitalismo, una posición crítica humanista que se globaliza, trasciende fronteras y, espontáneamente, utilizando la nueva tecnología, se expande como una mancha de aceite”. ¿Posición crítica humanista? ¡Qué tontería! Sería bueno que Doña Gioconda recordara cómo también del mundo capitalista surgió el estúpido marxismo que fascinó a tantos intelectuales del mundo entero, mientras la perversa ideología se extendía por los cuatro costados del orbe, no como una simbólica mancha de aceite, sino en la forma concreta de gobiernos totalitarios que, como el sandinista, dejaban aquí y allá una real y dolorosa mancha de sangre.
Nadie puede poner en duda la elegancia y la fluidez de la prosa de Doña Gioconda, pero asimismo resulta incuestionable su falta de rigor analítico. Y en esto último no está sola. En Nicaragua, el movimiento anti-globalización(léase, anti-empleo para la gente pobre) cuenta ya con un puñado de entusiastas promotores. Y habrá más, a medida que los sindicatos y ciertos intereses creados de los países ricos aumenten los flujos de dinero a las organizaciones que estén dispuestas a fomentar y difundir el mensaje antiglobalización.
Se dice que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. Eso quiere decir que las buenas intenciones, o los “grandes sueños humanitarios”, como los llama la señora Belli, son insuficientes para generar resultados deseables. Pero no sólo eso; la historia nos enseña que uno de esos grandes “sueños humanitarios” —el marxismo— provocó, sólo en la ex Unión Soviética, más muertes que muchas de las más crueles hambrunas juntas que ha conocido la humanidad. A Doña Gioconda Belli, y a todos los soñadores y utopistas de Nicaragua y del mundo, les recomiendo una buena dosis de sensatez y objetividad. El libro “Las ideas tienen consecuencias”, escrito por Richard Weaver hace 53 años, bien podría proporcionárselas.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la UTM.