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Los dos campesinos asesinados la semana pasada en Rosita pertenecían a familias inmigrantes. Una procedía de Chinandega y tenía más de cinco años de vivir en la zona minera. La otra llegó de Mulukukú hace ocho meses. Como supimos por las noticias, fueron víctimas de una banda de criminales que los decapitaron y a simple vista eso nada tiene que ver con la hambruna que azota al Occidente y Norte del país.
Sin embargo, creo que es capítulo de una misma historia, sólo que en Chinandega y Matagalpa la crisis del campesinado tiene expresiones de mendicidad y en la frontera agrícola, donde comienzan los territorios caribeños, el distintivo es la violencia. En general es la “novela” de los agricultores u obreros que dejaron de producir, carecen de alimentos y emigran buscando vida.
En Las Minas (Siuna, Bonanza y Rosita) también hay miseria y el bandolerismo se ha convertido en modo de supervivencia de grupos que antes se alzaron en armas con el cuento de que buscaban justicia. Lo trágico es que gente sin parcela o desempleada, abandone su comunidad del Occidente para ir a morir al centro, hoy tierra de nadie, a manos de criminales que ninguna autoridad ha podido frenar.
La realidad es distinta y más compleja de como la explicó el Presidente de la República, Arnoldo Alemán, quien dice que “no hay hambruna” porque los alimentos básicos mantienen su precio, no hay alzas. Intenta dar por hecho que todos tenemos acceso a la comida si el precio se mantiene, como si todos poseyéramos el dinero para comprarla.
Tres niños murieron por hambre en el departamento de Madriz la semana pasada. Con ellos, suman once las víctimas de la hambruna de este año en el país. Pero los afectados son más, porque los ministerios de Salud y Agricultura detectaron que sólo en Madriz hay más de 2,500 niños y adultos con desnutrición en segundo y tercer grados.
Esas historias dramáticas de la hambruna y el interés de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos de investigar a fondo las privaciones de la población de la costa caribeña, me recordaron una tesis bastante discutida sobre las identidades que resaltan en Nicaragua y condicionan los problemas económicos y sociales.
Una definición reciente la hizo el ex coordinador de Naciones Unidas en Managua, Carmelo Angulo, al señalar que existen “Nicaragua urbana” (Pacífico), “Nicaragua rural” (finquero-campesina) y “Nicaragua del Caribe” (minorías étnicas), cada una distante de las otras, pero empobreciéndose juntas.
Reconocerlas es elemental para un gobierno que dice representar a todos los nicaragüenses, pero más importante es crear un modelo económico, lo suficiente productivo, que incluya y satisfaga con equidad a esas poblaciones con rostros propios en la nación. La hambruna es un síntoma de una enfermedad más grave: el abandono del país.