Al comenzar el último acto de “Macbeth”, la ópera de Giuseppe Verdi basada en el drama del mismo nombre de William Shakespeare, un coro que representa la voz del pueblo y la historia exclama en forma solemne e imprecatoria: “Patria oprimida, no puedes tener dulce nombre de madre ahora que para los hijos te has convertido en una tumba”.
Y la verdad es que resulta inevitable evocar tan terrible sentencia ante la hambruna que sufre actualmente la gente más pobre del norte, oeste y Atlántico de Nicaragua, como consecuencia de la sequía, la crisis cafetalera y las inundaciones, desastres que cual maldiciones bíblicas siguen cayendo sobre nuestro país.
Las agencias internacionales de prensa, AFP y ACAN-EFE, reportaron que hasta el viernes pasado 15 personas —niños en su mayoría— habían muerto de hambre en Nicaragua; que más de 600 mil nicaragüenses son afectados por la hambruna, de los cuales hay 470 mil por la sequía, 150 mil por la crisis del café y 6 mil por las inundaciones en la Costa Atlántica. Por cierto que esta hambruna —que el Presidente Arnoldo Alemán insólitamente se ha empeñado en negar— también está azotando a Honduras y El Salvador, pues se trata de un fenómeno regional que según representantes de organismos internacionales es el peor desastre desde el huracán Mitch de 1998.
Frente a este panorama desolador de tanta gente hambrienta (más o menos un 12 por ciento de la población de Nicaragua) cabe preguntarse: ¿por qué los miles de nicaragüenses que sufren hambre en Matagalpa, las Segovias, Chinandega, León y la Costa Atlántica, van a considerar como su madre patria a un país que es incapaz de asegurarles el sustento mínimo para la subsistencia, ya no digamos las condiciones para vivir de manera digna, como debe ser para todos los seres humanos?, ¿qué maternal podría ser esta patria para quienes emigran de cualquier manera y a todo riesgo hacia Costa Rica, Estados Unidos, Canadá, Australia, a donde sea, porque aquí no encuentran un empleo que les permita siquiera sobrevivir?
Es irrelevante que haya quienes manipulen con fines electorales a los desempleados y hambrientos de Nicaragua. Lo verdaderamente importante es que la hambruna existe y es un problema nacional que debería ser atendido con urgencia por el gobierno y la sociedad.
Muchas disposiciones se podrían implementar de inmediato para calmar el hambre que sufren miles de nicaragüenses, aparte de las medidas estructurales de mediano y largo plazo que es necesario comenzar a adoptar, a fin de evitar que este terrible problema social se siga repitiendo. La propuesta del diputado sandinista Bayardo Arce, de suprimir las dietas y reducir el 50 por ciento de la alta burocracia gubernamental, y destinar esos recursos a la adquisición de comida para los hambrientos, aunque tenga intención proselitista es algo factible que de hacerse sería aplaudido por la nación y la comunidad internacional.
Por otro lado, la propuesta del candidato presidencial del oficialista PLC, don Enrique Bolaños, de asignar un fondo especial para reactivar las fincas de café y dar trabajo a miles de jornaleros, aunque también tenga una motivación electorera es una medida viable que se debería poner en práctica cuanto antes. También los ONG han presentado propuestas que podrían ser atendidas y, en lo que sean factibles, ejecutadas por las autoridades correspondientes.
Además, ya es tiempo de comenzar a poner fin a la imprevisión y a la absurda dependencia de nuestra agricultura con respecto a los vaivenes de la Naturaleza. La sabiduría bíblica aconsejó desde hace tres mil años que ante la inevitable alternancia de épocas de vacas gordas con temporadas de vacas flacas, hay que juntar el trigo de los buenos años para que la gente no muera de hambre durante los años malos (Gen.41.35,36).
Eso significa que hay que crear sistemas de riego, diversificar la agricultura, abrir nuevas y diferentes fuentes de actividad económica, etc. Pero nuestros gobernantes sólo se preocupan por engordar sus propias vacas, enriquecer sus haciendas y aumentar sus dietas, mientras el pueblo, el de las eternas vacas flacas, rumia su hambre endémica en una patria que no es madre sino tumba para muchos de sus hijos.