- Lon Chaney, Boris Karloff y Bela Lugosi eran los reyes absolutos del terror y de las mentes cinematográficas de antaño, en los filmes era renca La Momia, y de sólo verla caminar se nos paraban los pelos, y la piel se nos ponía como pellejo de pollo chiricano.
Mario Fulvio Espinosa [email protected]
Para ambientar el terror en las películas de antaño no se necesitaban tantos artificios costosísimos ni destruir tantas ventanas de vidrio como se acostumbra hoy, bastaba con tener a mano un retablo tenebroso o filmar el miedo en enormes casonas o castillos, en donde vivían como sombras personajes torvos y diabólicos.
Así, por ejemplo, cuando al sabio loco Frankestein se le antoja dar vida a su Criatura, se recluye en el sótano de un sórdido castillo lleno de nieblas y negruras, donde, en compañía de un criado jorobado, hace sus experimentos hasta llegar a poner alma en un ser construido con retazos de otros cuerpos.
El experimento de Frankestein, ahora que lo pienso más a fondo, no sólo venía a contradecir las leyes de la naturaleza física objetiva de que la materia muerta se puede transformar pero no revivir, sino también constituía una herejía, pues sólo tiene vida lo que tiene alma, y el alma es un don de Dios que no la pueden crear ni manipular los hombres.
Lo mismo ocurría con el Hombre Lobo, que era un humano que influenciado por la luna trastocaba su ser físico y su alma de hombre bueno para convertirse en una bestia sedienta de sangre y dispuesta a asesinar sin ton ni son. ¿Cómo era posible, por mucha influencia que ejerza sobre los mares, que Selene pudiera retorcer como estropajo la siquis de determinado sujeto?
Y eso era lo que los chavalos de los años cuarenta mirábamos en los cines, especialmente en el jelepatoso Palace, donde llegaban esas cintas después de haber sido “estrenadas” en otras salas de más categoría, como el “Teatro” González y el “Teatro” Margot. Claro que para mirar “El Hombre Invisible” tuvimos que caminar desde nuestro barrio de Santo Domingo hasta el América, y hacer otra jornada casi igual hasta el Triunfo para ver “La venganza de la momia”.
LA CASA TENEBROSA DEL CIENTíFICO LOCO
Pero volviendo a lo primero, todos los espectros malditos de esas películas tenían como retablo y hogar aquellas residencias victorianas de aspecto siniestro, o bien ruinosos castillos normandos que estaban colocados a propósito sobre elevados riscos, desde donde el monstruo, al final de la película, era lanzado o se lanzaba desesperado al verse asediado por indignados lugareños que, con sus teas encendidas, querían hacerlo chicharrón.
A nosotros se nos erizaban los cabellos y la piel se nos ponía de “pollo pelón”, tan sólo de ver esas residencias malditas alumbradas por relámpagos que zigzagueaban en las noches tormentosas de lobos con aullidos espeluznantes y cocorocas, cuyos ojos en la densa oscuridad resplandecían como brasas.
Elemento indispensable era la niebla densa y letal que como el metano parecían emerger del mismo infierno, ese venenoso gas de los pantanos se movía con lentitud de agonía para hacer más truculentos esos dramas del Averno.
Identificados con lo terrorífico, regresábamos a nuestras viviendas posesos del miedo y comentando con medias palabras las contingencias de la película. Sabíamos que esa noche sería de insomnio, de sudores y calenturas frías, y no sólo esa noche, sino otras más. Y aunque nosotros sabíamos que ver a Drácula emerger de su catafalco, deslizarse como lagartija por las paredes de su castillo y chupar la sangre a otros muertos era un pánico anunciado, no nos arrepentíamos y siempre estábamos listos para ver esas “horripilencias”, y por eso estábamos ojo avizor en los diarios para estar al tanto de la fecha y lugar de los estrenos. También nos encantaba darnos una resbaladita por los cines durante el día para ver los carteles de propaganda cinematográfica, los cuales nos daban motivo de plática y de remojar terrores anteriores.
“Mirá, esa va a ser formidable –me decía Alberto Jarquín al ver a Bela Lugosi, como el Drácula de Bran Stoker, inclinado sobre la pobre Mirna Loy, dispuesto a saborearle la sangre azul de inmaculada condesa. Igual idea de excelencia provocaban los afiches de Lon Chaney como la Momia, monstruo andrajoso, hediondo, que caminaba arrastrando muy lento la pierna izquierda.
Para apretar más la tuerca, nuestros juegos infantiles a menudo giraban sobre los monstruos, ellos nos perseguían por las calles polvorientas del barrio, recuerdo que muchas regañadas sufrió Octavio Flores “Tabirín”, porque a escondidas sacaba las sábanas de su casa para utilizarlas como capa para hacer el papel del Hombre Vampiro.
En ese plan andábamos viendo tenebrosidades por las calles de la vieja Managua, y una de esas era una misteriosa casa que estaba situada frente a la Planta Eléctrica, allá en la Calle Momotombo. Para ubicar mejor al lector le diré que esa mansión estaba como 300 metros al este de la Cervecería, y casi frente a ella estaba el Hospital de la Guardia Nacional, donde se levantan los panequines de Enabas.
Entre enormes y sombrosos árboles de guanacaste y genízaro estaba esa casa. Era de una sola planta, de paredes grises, altas y agrietadas. Por delante varias ventanas equidistantes de un porche central de estilo griego, un friso sostenido por dos columnas dóricas y al fondo la puerta que siempre estaba cerrada a los intrusos.
Intrusos dije… Pues bien, esos éramos nosotros que desde la verja exterior nos situábamos curiosos a observar lo que ocurría en el interior de la residencia. Por algunas ventanas abiertas mirábamos el ir y venir de un anciano vestido con una gabacha blanca que aparentemente hacía experimentos, pues transitaba entre probetas, redomas, pipetas y otros instrumentos raros.
Se nos metió entre ceja y ceja que era un sabio loco. Ha de estar dando vida a algún cadáver, dijo Eduardo Mejía “Tortilla”, o trabajando en alguna fórmula terrorífica, adujo Manuel Pinell. Volémonos el cerco y vamos a averiguar, le dije.
Con el cuidado de no ser descubiertos saltamos la cerca y nos fuimos acercando a una de las ventanas abiertas, y ya casi estábamos por llegar cuando un ladrido punzante nos erizó los pelos, era un enorme perro de raza indefinida que venía desde el fondo del patio contra nosotros mostrando desesperación por hincarnos sus dientes.
Nunca tuvimos idea de cómo le salieron alas en los pies a Mercurio, pero sin tener esos aditamentos corrimos y volamos sobre la cerca cuando ya aquel maldito can estaba por mordernos las posaderas. Caídos en el suelo, con magulladuras y raspones, pero a salvo, mirábamos ladrar detrás del cercado a aquel Bravoleón furioso y frustrado.
LA MANSIóN DE LA BRUJA DE LOS AQUELARRES
No volvimos a molestar por ese sector porque otra casa “maldita” atrajo nuestra atención. Era una residencia victoriana de dos pisos que estaba ubicada también en la Calle Momotombo, de la pulpería Las Masayas –donde vivía nuestra admirada y bella Mar-thita– una cuadra abajo.
Estaba esa residencia en medio de un gran patio que quiso ser jardín en mejores tiempos, pero que en 1940 era una muestra del abandono. Hierbajos y chagüites secos, ramas sarmentosas de girasol, veraneras pelonas constituían el adorno de la mansión, que en su fachada proclamaba haber tenido un antiguo esplendor que posiblemente se remontaba a los años veinte.
Aquella residencia poseía hermosos ventanales situados entre falsas columnatas, cuyos capiteles estaban formados por caritas de querubes de alas quebradas, algunos ñatos y otros desdentados, tal había sido el golpe que le habían propinado a la vivienda los rigores del tiempo.
Asomados entre las balaustradas del elegante muro que rodeaba aquella propiedad, mirábamos desde la calle hacia el interior de la casona. En las cercanías vivía nuestro amigo Arnoldo Luna, quien aseguraba que allí vivía una bruja y que por las noches se escuchaban grandes carcajadas y alguno que otro lamento.
Por lo tanto nos sorprendió ver una mañana asomándose por una de las ventanas, a una señora blanca de aproximadamente sesenta años. Su cabello era blanco y lo reunía en una enorme moña sobre la cual se ensartaba una gran peineta.
Ésta es la bruja, dijo Eduardo. Pues francamente más parece un hada buena, les dije. Es que así son las brujas, en el día parecen buenas, pero en la noche son malvadas, argumentó Manuel. ¿Qué hacemos, pues? –preguntó Octavio–, pues venir en la noche y ver la misa negra, les propuse.
Pero jamás pasamos de noche ni por la acera de enfrente, tuvimos que esperar pocos años para perder nuestro terror cinematográfico y caminar ya matacanes, valientes, frente a la mansión de la hada-bruja.
Con el tiempo vine a saber que en la primera mansión, la que nosotros creíamos era la del “Científico loco”, vivía el doctor Narciso Luco, eminente médico de Managua, y en el ya mencionado Chalet de la Bruja, habitaba casi solitaria una excelente dama capitalina, doña Chila Lacayo Farfán.
Porque como dicen los cantantes de Jarabe de Palo, “todo depende”, y en nuestro caso la culpa la tenían los cuentos mágicos que leíamos y los monstruos que campeaban en las películas de terror de aquellos tiempos.
JUEGOS DE TERROR
Las películas de miedo nos inspiraban juegos como el de La Momia, que con su pata renca perseguía a la pandilla por entre las polvorientas calles de la Vieja Managua.
En persecución de Drácula, a veces no movilizábamos sobre los techos de las casas, haciendo de cuenta y caso que corríamos entre las almenas de un vetusto castillo.
En la Calle Momotombo estaban las dos mansiones, en una vivía –según nosotros– el Científico Loco, y en la otra la Bruja de los Aquelarres.