Toledo, o el arte de gobernar en medio de la crisis

Carlos Alberto Montaner*

El gabinete elegido por Alejandro Toledo y por su vicepresidente Raúl Diez Canseco está lleno de aciertos. Roberto Dañino es una gran selección para el premierato. Afortunadamente, no se parece a su apellido. En los círculos internacionales se le tiene por un profesional muy serio y competente. En esos niveles, su nombramiento debe haber sido recibido con alivio. No habrá locuras. Exactamente lo mismo que el Ministro de Economía, Pedro Pablo Kucynsky, una especie de Domingo Cavallo peruano, dotado de gran prestigio, pero mucho más técnico y menos político que el argentino. Será, además, auxiliado por una mujer muy talentosa, Beatriz Merino, fiscalista y ex parlamentaria a quien le tocará la delicada responsabilidad de sacar los recursos que requiere una hacienda arruinada de los exhaustos bolsillos de la sociedad.

Los otros tres Ministerios básicos —Interior, Justicia y Relaciones Exteriores— cuentan también con buenas cabezas. Al primero irá Fernando Rospigliosi, un periodista joven y dinámico que se ha pasado la vida denunciando inmundicias. Al frente de Justicia ha quedado Fernando Olivera, el hombre peleador y honrado que, desde el Parlamento, riñó la batalla contra Fujimori hasta darle la estocada final con la presentación de aquel primer vladivideo que estremeció al país. La diplomacia la dirigirá Diego García Sayán, un jurista moderado que hizo ese mismo trabajo durante la etapa de la Resistencia. De entonces lo recuerdo, llamando febrilmente, día y noche, a las puertas de las cancillerías y de la OEA para denunciar los atropellos que sufrían los demócratas peruanos.

Pero el equipo humano, con ser muy importante, no es la clave del éxito, especialmente en un país arruinado, en el que la ciudadanía, totalmente desconcertada tras el colapso institucional que significó el fin del fujimorismo, espera de su flamante presidente unos milagros que son imposibles de realizar. Sencillamente, no hay suficientes recursos para pagar la deuda, aumentar los servicios básicos que brinda el Estado e impulsar el crecimiento. Y ellos —Dañino, Kucynsky, Merino— lo saben: si sucumben a la tentación keynesiana de utilizar el gasto público para impulsar la actividad económica —la fórmula de Alan García—, desatarán un proceso inflacionario similar al que vivió el país entre 1985 y 1990. Perú, pues, está obligado a la austeridad.

¿Qué se puede hacer en estas circunstancias? En realidad, pocas cosas, pero hay una muy importante, al alcance del flaco bolsillo peruano: mejorar la calidad de los servicios públicos existentes. Esto cuesta relativamente poco, está disponible la asistencia internacional, y la trasformación se puede llevar a cabo en menos de dieciocho meses. Hay expertos en esa reingeniería humana e institucional y existen procedimientos técnicos para lograr que las escuelas, hospitales, juzgados, estaciones de policía, todos los ministerios, funcionen eficientemente. Esto se ha hecho, por ejemplo, en Galicia y Valencia con resultados espectaculares.

Una de las quejas de los peruanos —y todos recordamos “El otro sendero”, el estupendo libro de Hernando de Soto y Enrique Guersi— es sobre el desastre del sector público. ¿Qué sentido tiene desangrar el presupuesto nacional para erigir más escuelas en las que los estudiantes apenas aprenden o más hospitales en los que buscar cura es casi una pesadilla? ¿No es mucho más sensato invertir la vigésima parte en conseguir mejorar la calidad y la cantidad de los servicios que hoy se brindan, lograr que los burócratas que ya están en nómina rindan una cantidad razonable de trabajo, y establecer una meritocracia que auspicie la actitud de «servidor público» entre los empleados del Estado?

Pero todo esto hay que hacerlo con diagnósticos transparentes que señalen la magnitud del desastre y con metas que aclaren a dónde se quiere llegar. Simultáneamente, es esencial que el gobierno tenga una estrategia de comunicación que explique a cada paso lo qué hace y por qué lo hace. La sociedad peruana no está compuesta de imbéciles carentes de criterio, sino de seres humanos capaces de entender un mensaje sencillo y racional si éste es transmitido persuasivamente. No se trata de manipular a la opinión pública, como hacía Montesinos con su repugnante «prensa chicha» y sus campañas sicosociales, sino de informar honrada y puntualmente sobre todo lo que se logra y sobre los problemas que surgen en el camino.

En Perú, como en toda América Latina, el problema que destruye la convivencia es el terrible desencuentro que existe entre la sociedad y el Estado, pero con un agravante cercano a la locura: mientras los latinoamericanos, con razón, nos quejamos de los Estados en los que vivimos, y les atribuimos a los políticos nuestras desgracias y quebrantos, al mismo tiempo esperamos del Estado y de los políticos la solución de nuestras desgracias. Si Alejandro Toledo, que llega al poder con las manos atadas por la crisis, consigue reconciliar a los peruanos con el Estado, si logra mejorar sustancialmente los servicios, si pone fin a la corrupción y a la coima, si humildemente se transforma en el primero de los servidores públicos, y si tiene la habilidad de transmitir ese mensaje pulcra y honestamente, habrá hecho la más radical de las revoluciones. En ese caso, habrá que tomar muy en serio a los apus, esos dioses incaicos cuya buena voluntad fue a solicitar a Machu Picchu. [©FIRMAS PRESS]. (Madrid).

* www.firmaspress.com  

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