Francisco Pérez de Antón*
Las memorias de sergio ramírez mercado, ex vicepresidente de Nicaragua, están impregnadas de un tono melancólico y doliente propio del bandoneón. No en balde tienen título de tango, “Adiós, muchachos”. De ahí que, más que la reseña de unos años cruciales para Centroamérica, se me antojen la crónica sentimental de una revolución cuyo fracaso el autor atribuye a la pérdida de los valores y la ética que la animaron.
El sandinismo no llevó justicia a los oprimidos, confiesa Ramírez, ni pudo crear desarrollo, pero dejó como fruto la democracia, paradoja inesperada de la revolución, pues no era nuestro propósito instalar este sistema de gobierno. Ramírez lamenta, además, el olvido de los muchachos que un día se lanzaron en pos de la utopía marxista, al paso que deplora y condena la corrupción posterior del sandinismo. El poder, según sus palabras, fue el enemigo mortal de la ética revolucionaria al crear «contrastes ofensivos» en un país donde los ingresos de sus habitantes habían sido destruidos por la guerra, la inflación y la caída de los salarios.
Sin duda es de lamentar semejante depravación, así como la muerte de tanto joven que entregó su vida a un ideal sin haber perdido la inocencia. Pero mucho más penoso es advertir que Ramírez todavía piense que el fracaso sandinista fue debido a que la utopía no se cumplió y que aún siga creyendo, como tantos, que la idea era buena y que fueron los hombres quienes la pervirtieron. El argumento me parece deleznable, sobre todo si se tiene en cuenta que Ramírez era uno de esos hombres, en primer lugar, y en segundo, porque la tragedia de Nicaragua no se debió a que la utopía marxista no llegara a cumplirse, sino a que, en efecto, se cumpliera.
Que Ramírez se lave ahora las manos en la palangana de la ética demuestra, en consecuencia, poca piedad, quizás porque le faltan excusas mejores. Dejar a millones de personas en la miseria, destruir sus ahorros de toda una vida, convertir a Nicaragua en un erial, no puede justificar ningún misticismo a posteriori, como ese de decir que lo importante fue el ideal y no los resultados. Además de escapista e inaceptable, la coartada resulta un escarnio para los habitantes de un país que, gracias a la revolución sandinista, es hoy uno de los más pobres de América.
El sandinismo, arguye sin embargo Ramírez, no podía irse del poder en 1990 sin medios materiales, pues eso habría significado su fin. El FSLN necesitaba propiedades, rentas, dinero, y había que tomarlos del Estado. Se dio entonces una transferencia masiva de empresas, edificios, acciones y haciendas a personas que tendrían en custodia dichos bienes antes de pasárselos al partido. Y todo el mundo sabe lo que ocurrió después. El partido recibió poca cosa y los comandantes se convirtieron en los nuevos ricos de un país al que habían llevado a la miseria. Y yo me pregunto de qué ética habla Ramírez cuando justifica semejante latrocinio, por más que no absuelva a los ladrones.
Pero lo que más ha llamado mi atención de estas memorias es el capítulo titulado “Vivir como los santos”, un texto donde su autor traza un paralelismo sorprendente entre la vida clandestina de los sandinistas y la de los cristianos de las catacumbas, y que confirma hasta qué punto se habían amalgamado en Nicaragua el marxismo más fosfórico con la teología de la liberación. El objetivo de ambos era aplicar allí una especie de comunismo pentecostal donde todo fuera de todos y sobre la base de que los repartidores del pan no serían hombres sino ángeles. Cristo y Marx se abrazaban así en la tierra de Rubén Darío y la ideología sandinista se volvía la expresión más fiel del radicalismo teológico cristiano.
Embebidos de esa mística, la muerte de un sandinista significaba la expiación de toda mancha, la purificación absoluta, dice Ramírez, y daba acceso al caído a una especie de santoral profano en el que «cada mártir era celebrado en la fecha de su caída». La revolución colocaba la muerte y la gloria en la cima de sus fastos. Y los nombres de los muchachos muertos pasaron a los frontispicios de escuelas, hospitales, edificios y calles como arquetipos de una ética que se fundaba en «la obligación de los vivos a ajustar su conducta a la de los muertos».
Tal sería el sencillo código de obediencia al credo y las consignas de un gobierno cuasi teocrático en el que, según nuestro autor, colaboraban más de doscientos hombres de sotana. Por desdicha, dice Ramírez, el poder hizo que aparecieran «las debilidades mundanas», la corrupción, las ambiciones. Y ante tan dolida queja, uno no puede por menos de cuestionar cómo este hombre puede justificar así los daños que causó, yéndose por los cerros de Úbeda, y me lleva a concluir que, una de dos, o es un ingenuo irredento, lo cual dudo, o cree que lo somos sus lectores.
Ramírez dice haber escrito estas memorias porque, a su juicio, la revolución se ha quedado sin cronistas y está al borde del olvido. Más vale que sea así. En 1979, había mejores salidas para cambiar Nicaragua, como el pluralismo político y una economía liberada de los monopolios que detentaba Somoza. Pero Ramírez y los suyos eligieron la economía colectivista, la dictadura de partido y el radicalismo de jesuitas, maryknoles y demás fauna clerical echada al monte. Y esa fue la verdadera causa de su némesis. De resultas, dos liberaciones fracasarían allí, la de los comandantes y la de los teólogos. Y no tanto por motivos morales, cuanto por la pretensión fanática, obsesiva y cerril de querer que todo un país viviera como los santos. [©FIRMAS PRESS]. Ciudad de Guatemala
*Escritor y periodista español radicado en Guatemala.