Eduardo Enrí[email protected]
Dice el Presidente de la República que en Nicaragua no hay hambre. Él insiste en que el alimento básico está garantizado. “Su tortilla, su pinol, su tamal, todo lo que se puede hacer como producto del maíz, los frijoles, aunque sean en bala y el arroz sancochado es la comida del nicaraguense”, dijo el mandatario el jueves en San José de Cusmapa, Madriz, uno de los municipios afectados por la hambruna, donde precisamente ayer se reveló la muerte de tres niños como consecuencia de desnutrición severa.
Escuchar o leer que el Presidente dice esas cosas sólo me recuerda la famosa frase que se le atribuye a María Antonieta, quien fue reina consorte de Francia de 1774 hasta la Revolución. “Que coman pastel”, habría dicho la reina nacida en Austria, cuando le dijeron que las masas hambrientas no tenían ni pan para comer.
La actitud de nuestro Presidente me recuerda a María Antonieta no tanto por la insensibilidad que demuestra, sino por el asombroso nivel de aislamiento al que el Presidente ha llegado, resultado del poder casi absoluto que ostenta, sólo limitado por lo que tiene que compartir con su socio Daniel Ortega.
Cuando las primeras manifestaciones de hambre afloraron en Matagalpa, no fueron pocos los que pensaron que se trataba de alguna manipulación del Frente Sandinista para poner en aprietos a su socio en el Poder. Sin embargo, a medida que han venido pasando los días, mientras los periodistas se han adentrando en regiones más al Norte y en el Occidente del país, la ciudadanía se ha venido dando cuenta de que el problema es real. Claro, puede haber alguna manipulación política del problema, pero de que hay hambre no hay duda.
Es tan real, que el Programa Mundial de Alimentos (PMA), un organismo de Naciones Unidas, está haciendo un llamado al mundo para poder hacer frente a la situación de toda la región centroamericana.
Pero bueno, los más recalcitrantes podrán decir que el PMA está lleno de funcionarios izquierdistas y que por eso están uniéndose al coro de voces que quiere poner en aprietos al Gobierno con una crisis “inventada”. Hasta en Honduras, donde no creo que haya muchos sandinistas, ya se declaró Estado de Emergencia por el problema del hambre en varios municipios fronterizos con Nicaragua.
Es más, el problema lo ven los propios correligionarios del mandatario. Gente como su ex candidato a alcalde de Managua, Wilfredo Navarro, y el candidato presidencial del Partido Liberal Constitucionalista, Enrique Bolaños, han admitido que existe el problema de hambre en Nicaragua.
Pero es que no se necesita ser ningún genio para concluir que hay un problema, no de hoy ni de ayer, pero que cada año se pone peor. Cada vez hay más sequía, suelos más erosionados, menos financiamiento y precios menos favorables. Esa información el Presidente la tiene. La sabe cualquier nicaragüense medianamente informado.
¿Cómo es posible, entonces, justificar que el Presidente, cuando tiene tiempo libre, entre su apretada agenda de viajes y celebraciones, pueda decir que aquí no hay problema? ¿Cómo es posible que viaje hasta el mismo centro del problema y pueda decir, en un municipio donde los niños se están muriendo de hambre, que la comida la tienen garantizada?
Esto sólo es posible porque el Presidente, desde hace semanas, está desconectado de la realidad del país que gobierna.
En realidad, si vemos hacia atrás, el Presidente viene desconectado desde que se internó por una semana en la casa de protocolo de Pochomil mientras en Managua había una huelga de transporte. Es hora que quienes lo rodean se den cuenta de lo que están haciendo si dejan al país a la deriva y se dedican a pasar entre viajes y francachelas los últimos días en el Poder.
O al menos, si ya no por responsabilidad o por decoro, que por miedo lean la historia y averigüen cómo terminó María Antonieta.
El autor es periodista