Bautizo de fuego

Roberto Fonseca [email protected]

¿Han visto pasar contras por aquí?”, preguntó el político de la “golpeada” compañía del BLI “Miguel Ángel Ortez”, al grupito de mujeres que lavaba ropa en un riachuelo. Era mayo de 1986 y se trataba de mi primera misión como corresponsal de guerra de Barricada.

Las mujeres, de todas las edades, formaban un semicírculo y tenían los motetes de ropa a su alrededor. Se volvieron a ver unas a otras. “No oficial, por aquí no ha pasado nadie”, dijo una de ellas y la tropa reanudó la marcha.

Mientras avanzaba la escuadra de exploración, conformada en su gran mayoría por muchachos del Servicio Militar, nos detuvimos unos segundos en casa de un campesino, para beber un poco de agua. Recuerdo que nos ofrecieron un vaso de agua y tampoco se me olvida que el campesino se mantuvo adentro del rancho todo el tiempo, guardando la distancia. Le formulamos la misma pregunta y aunque lucía más inquieto que las mujeres, negó alguna presencia enemiga.

Hacía un calor insoportable, sudaba desde la cabeza a los pies y, todo empezaba a pesar como si fuera un quintal: el fusil AK-47, la pechera con los magazines y la mochila con tiros. Hasta las libretas hechas de papel periódico. Muy cerca, con más equipo y carga que yo, el veterano fotógrafo Mario Tapia.

Emprendimos la marcha. Pasamos de nuevo junto al grupo de campesinas y empezamos a subir la cuesta. A ambos lados se veían plantíos de café abandonados. Minutos después, un cohetazo estalló adelante, en un paredón y comenzó a llovernos plomo a diestra y siniestra. Habíamos caído en una emboscada.

“¡Despliéguense!”, gritó un miembro de la jefatura y corrimos a parapetarnos detrás de unos troncos, mientras la hondonada donde estábamos se cubría de explosiones, balas silbando encima de la cabeza y un poderoso olor a pólvora que puede provocar hasta vómitos.

A un lado, a pocos metros, nuestra artillería empezó a responder el fuego. Recuerdo los gritos de júbilo cuando dispararon los lanzacohetes (RPG-7) y las famosas “arañas”, de fabricación soviética. Eran unas lanzagranadas, cuyas patas se montaban en forma de arácnido y disparaban hasta una docena de proyectiles similares a los del M-79 o los famosos “monos”.

“¡Vamos, vamos, arriba!”, ordenó alguien, “detrás de esos hijuepu….”. Minutos después, corríamos en persecución de los contras. Creí que el corazón se me escaparía por la boca.

TROPA REZABA POR NO CHOCAR

Temprano, después que abordamos los camiones IFA para salir en misión, me di cuenta que la tropa sufría de dos males relacionados. El primero, que la Compañía del MAO estaba incompleta, en más de la mitad, porque muchos ya habían cumplido sus dos años obligatorios de Servicio Militar y les habían dado de baja.

Y en segundo lugar, todos rezaban por no chocar con el enemigo, ya que al resto de la tropa le faltaba pocos meses para concluir el Servicio Militar y nadie quería morir en la recta final. Así que cuando empezamos a descender la montaña, deseábamos en el fondo del alma que aquella fuera una misión de rutina, de patrullaje.

“Periodista, quédese en la retaguardia”, ordenó la jefatura, “cuidado lo joden (me matan), porque la agarramos del cuello”. Sonreí, era alentador saber que estaban preocupados por mi seguridad física. Pero, no pasaba de ser un deseo de buena voluntad. En la guerra, todos teníamos la misma probabilidad de salir ilesos o adentro de una bolsa plástica. Esa era la realidad descarnada en Nicaragua y de ella no estaban exentos los periodistas.

Recuerdo a un fotógrafo, de nombre Rosendo García, que trabajaba en Barricada y fue llamado al Servicio Militar. Era moreno, joven, de ojos saltones. Cayó en combate y en su honor le pusieron su nombre al auditorio del diario oficial del FSLN. En vano, al fin y al cabo Tomás Borge dejó el edificio en ruinas, a la espera de hallar un buen comprador.

COPIA DE PAÍSES “SOCIALISTAS”

La Ley del Servicio Militar se aprobó el 6 de octubre de 1983, supuestamente para enfrentar a los contras, apoyados por Estados Unidos. Sin embargo, para mi sorpresa, un colega me hizo llegar recientemente un documento interno del Frente Sandinista, en el que se anunciaba la implementación futura del SMP. Eso fue en una “encerrona partidaria”, con ribetes de secreto de Estado, celebrada a finales de 1979. Cuando aún no asomaba la Contra.

Desde esa fecha, octubre de 1983, nada volvió a ser igual. El luto cayó sobre los hogares nicaragüenses. Un caso injusto fue el del único hijo varón de don Emilio y doña Lesbia, quien según la propia ley estaba “exento” de cumplir el Servicio Militar. Sin embargo fue llamado a filas y cayó meses después de mi hermano Álvaro. Recuerdo que fui a la vela, cargando una horrible vergüenza ajena. El dolor rasgaba las paredes de la casa de los Bosques de Altamira.

Mientras otros, entre ellos varios hijos de los dirigentes sandinistas, no exponían el pellejo en el Servicio Militar, ya que por “orientaciones superiores” eran ubicados en instalaciones de Managua (como la Fuerza Aérea) o los enviaban a pasar cursos en Cuba.

Paradójicamente, en la misma Habana, también el luto predominaba en miles de hogares, donde se lloraba a los hijos u otros familiares caídos en Angola. A ellos llegaban las autoridades a avisarles, sin entregarles los cadáveres. “¿Por qué?”, le pregunté un día a mi amigo periodista cubano, Emilio Surí Quesada, y me dijo una razón que me dejó perplejo.

“Porque el día que en Cuba se ponga en un cementerio a todos los caídos, en las guerras internacionalistas, ese día se cae el gobierno”, dijo. Nadie soportaría el horror de observar miles y miles de lápidas en fila.

El autor es periodista  

Editorial
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