Mujeres en la política

El nombramiento de Consuelo Sequeira como candidata a la Presidencia de la República por el Partido Conservador, salvó la cara de la política nicaragüense en cuanto al reconocimiento del derecho de las mujeres a ser electas para ocupar cargos superiores del poder gubernamental.

En realidad, no es por igualitarismo que se debe promover el derecho de las mujeres a participar en el ejercicio del poder. Ellas deben participar en la política y el gobierno, así como en cualquier otra esfera de la vida pública, no sólo por ser mujeres sino porque son ciudadanas con iguales derechos y obligaciones que los hombres.

Es cierto que en Nicaragua y el mundo se ha avanzado bastante en el reconocimiento legal y real a la igualdad de las mujeres. Y también es verdad que el acceso de la participación femenina al ejercicio del poder no está todavía suficientemente abierto y garantizado. Pero la remanente discriminación femenina no se erradica con otra forma de discriminación, aunque se le llame “positiva”, sino con la vigencia efectiva de la libertad, la democracia y los derechos de todas las personas, independientemente de su sexo o género, raza, etnia, religión, filiación política, condición social o situación económica. Cada persona debe tener igual oportunidad que las demás y su ascenso social y económico, realización cultural y participación pública, sólo deben depender de su propia capacidad, formación profesional, esfuerzo personal e integridad moral.

Se puede decir que en Nicaragua hay una tradición de participación política de las mujeres. Nuestro país es uno de los pocos de América (junto con Argentina, Bolivia, Guyana y Panamá), que ha tenido a una mujer como jefa de Estado y/o de gobierno. Si bien es cierto que no hubo mujeres al frente del Estado y el gobierno hasta que gobernó doña Violeta B. de Chamorro —entre el 25 de abril de 1990 y el 10 de enero de 1997—, sin embargo, antes de esa fecha muchas personas del género femenino ocuparon relevantes posiciones de poder y de influencia política y pública.

Por cierto que al régimen liberal somocista hay que reconocerle el mérito de haber incorporado a las mujeres —a instancias del Partido Conservador tal como quedó consignado en el pacto político de 1950— a la participación electoral activa, es decir, como ciudadanas con derecho a elegir y ser electas para desempeñar cargos de responsabilidad gubernamental. Y fue en las elecciones generales de 1957 que las mujeres pudieron participar con derecho de ciudadanía plena.

Desde entonces las mujeres nicaragüenses comenzaron a ocupar cargos destacados en los gobiernos de Luis Somoza Debayle, René Schick, Lorenzo Guerrero y Anastasio Somoza Debayle. En el régimen sandinista hubo una mayor participación de mujeres, hasta que en febrero de 1990 la participación política femenina alcanzó su máxima expresión con la escogencia popular de doña Violeta B. de Chamorro como Presidenta de Nicaragua, y la posterior designación de la profesora Julia Mena Rivera como Vicepresidenta de la República, al renunciar el vicepresidente que había sido electo por el voto ciudadano, doctor Virgilio Godoy Reyes.

Bajo el actual gobierno liberal que comenzó el 10 de enero de 1997 y concluirá el 9 de enero del próximo año, se redujo la participación de las mujeres en cargos superiores del gobierno y el Estado, y ahora, en las listas de candidatos a diputados que presentaron los tres partidos que participarán en las elecciones del próximo 4 de noviembre, también es modesto el número de mujeres candidatas. Y tal como lo señalamos arriba, ha sido la escogencia de Consuelo Sequeira como candidata del Partido Conservador a la Vicepresidencia de la República, lo que ha venido a salvar la cara de la política nacional en cuanto al reconocimiento real al derecho de participación política de las mujeres.

Se dice que la democracia de Nicaragua es deficitaria, y así es en efecto. Sólo que el déficit democrático no es sólo por la penuria social, la corrupción y el envilecimiento partidista de las instituciones. También lo es por la falta de ciudadanía plena de las mujeres, las que muy lentamente y con grandes esfuerzos se van abriendo paso hacia los recintos del poder, que es donde se desarrolla la verdadera actividad política de la nación.  

Editorial
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