La ley de igualdad de oportunidades vs. la familia

  • Los que más sufren son los niños nacidos fuera de matrimonio, o los nacidos de uniones inestables, temporales y pasajeras, o aquellos criados en hogares rotos por el divorcio, la separación y la deserción

Humberto Belli Pereira

El anteproyecto de la “Ley de Igualdad de Oportunidades”, promovido por la diputada sandinista Dora Zeledón, podría convertirse en la iniciativa legislativa más contraproducente del año. Recientemente yo comentaba en La Prensa (17, 7, 01) como su pretensión de imponer cuotas fijas de mujeres en diferentes posiciones atentaba contra la autonomía o libertad de elección de las propias mujeres. Hoy quiero abordar un aspecto aún más delicado: el impacto que esta ley podría tener sobre la familia.

A la familia se le conoce como la célula fundamental de la sociedad. Por muy buenas rezones. En la familia los niños aprenden a relacionarse y a desarrollar sus primeros y más duraderos valores. En ella el ser humano aprende a ser persona. Es natural, por tanto, que se piense que la fortaleza o debilidad de la familia sea de tremenda importancia en la salud de la sociedad global, y que también sea natural demandar que las legislaciones y políticas sociales traten de proteger y fortalecer la familia.

Desafortunadamente, el anteproyecto de Ley de Igualdad de Oportunidades tiene el potencial de minar o desvirtuar precisamente ese apoyo que la familia merece. La razón fundamental de este peligro proviene de la intención de entender por familia cualquier tipo de conglomerado humano viviendo bajo un techo, y de la pretensión de extender a todos los tipos posibles de convivencia el mismo reconocimiento y los mismos derechos.

El artículo 12 del anteproyecto de Ley de Igualdad de Oportunidades, en su artículo 12 dice, efectivamente, que “En Nicaragua hay diversos tipos de familia y todas tienen derecho a igual protección y apoyo…”

Con la definición de la diputada Zeledón podría entenderse como familia uniones de hombres con hombres o mujeres con mujeres o cualquier tipo de mezcla que se le ocurra a un grupo de ciudadanos. Lo más grave, sin embargo, es pensar que todos los tipos de convivencia son equivalentes, o que, por ejemplo, las uniones de hecho, deben gozar del mismo reconocimiento que el matrimonio.

Tradicionalmente se ha entendido como familia la unión de hombre y mujer unidos en matrimonio y sus correspondientes hijos. Basta revisar la literatura sociológica y psicológica más científica, para llegar a la conclusión que este tipo de pequeña sociedad es el medio más favorable para la crianza de la prole. Los niños procedentes de estas familias “tradicionales” suelen progresar mejor en la escuela, tienden a formar ellos mismos hogares más sólidos, gozan en general de mayor autoestima y suelen tener menos problemas emocionales.

Los niños nacidos fuera de matrimonio, o los nacidos de uniones inestables, temporales y pasajeras, o aquellos criados en hogares rotos —por el divorcio, la separación y la deserción— normalmente sufren más. Estadísticamente tienen probabilidades mucho más bajas de prosperar, alcanzar el éxito social y relacional y de ser emocionalmente estables. Pero tienen probabilidades mucho más altas de visitar las cárceles y los centros de rehabilitación por drogas.

La legislación, que debe precisamente tutelar los derechos y la protección de los más débiles, no puede ignorar estas realidades. Más aún cuando toda ley tiene también una necesaria e importante dimensión pedagógica o educativa, que aconseja que el marco jurídico no se limite a registrar situaciones de hecho y consagrarlas con el manto de la legalidad. La presente Ley de Igualdad de Oportunidades estaría enseñándole a nuestra juventud que es tan estimable la unión casual, que establecen aquellos que buscan rehuir los compromisos y las responsabilidades, como la relación de quienes buscando crear una familia estable, asumen el reto más difícil pero noble del matrimonio, con todas sus renuncias y sacrificios.

Hoy se habla mucho del interés superior del niño. No debe haber duda de que es la familia, con un padre y una madre comprometidos en unión estable a través del matrimonio, quien mejor puede promover los intereses del segmento más desprotegido de nuestra sociedad. La legislación debe entonces otorgarle un reconocimiento y una protección especiales. Ojalá que políticos y legisladores, conscientes del servicio invaluable que estos esposos realizan a favor de la niñez y la patria, coloquen la promoción de la verdadera familia en el sitial más alto de su agenda, y rechacen los intentos por degradarla al nivel de cualquier tipo de aventura pasajera.

* El autor es Presidente del Ave María College.  

Editorial
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