La importancia del escaño

Eduardo Enrí[email protected]

La tragicomedia a la que constantemente nos expone nuestra clase política alcanza uno de sus puntos culminantes en estos días. Ya se sabe qué partidos van, ya las grandes alianzas están definidas, y llegó la hora de empezar a repartirse los puestos para diputados. Esa curul, que para unos es como una red de seguridad que les permitirá, de no ganar las elecciones y quedar vedados de optar a cargos en el Ejecutivo, al menos garantizarse el salario nada despreciable de diputado.

Pero el problema en este país es que tenemos más líderes que curules en la Asamblea Nacional, y todavía son menos las que, de una manera realista, cualquier partido puede aspirar a obtener. Sin embargo, todos los líderes creen que deben ser colocados en un puesto que tenga posibilidades de ganar.

Además, hay que dejar algunos puestos ganadores para los aliados. Los líderes de partidos que por sí solos –ya está demostrado–, no lograrían ni un escaño en la Asamblea, pero a los que se les tiene que garantizar unos cuantos puestos porque siempre encabezan una Alianza o Convergencia o Tercera Vía, le suena mejor a los políticos.

Esa “sobredemanda” de curules, para ponerlo en lenguaje capitalista, se complica por la manera en que éstas son ofrecidas. El Frente Sandinista ha desarrollado un complicado sistema de Consulta Popular para dar legitimidad a los escogidos, mientras los liberales no se andan con medias tintas, pero al final el resultado es el mismo: los llamados a ocupar los puestos ganadores son los más fieles, los más cercanos o los socios más importantes del caudillo, sea éste liberal o sandinista.

Siempre terminamos con una Asamblea dócil, llena de diputados fieles a los deseos de sus caudillos, que son a quienes tienen que mantener contentos, pues son los que tienen el poder de mantenerlos en la lista o, mejor aún, si pertenecen al partido en el poder, les pueden garantizar un buen ministerio o ente autónomo.

Esa docilidad se traduce en un Poder del Estado que se convierte en un apéndice de los caudillos. Es por eso que esta Asamblea ha sido una de las menos productivas en materia de nuevas leyes. El pretexto oficial fue que el Parlamento “no es una fábrica de leyes”, como decía el ex presidente Iván Escobar Fornos, pero la contradicción es clara cuando nuestro país sigue operando con leyes de hace décadas, y con otras que tienen poco más de un siglo.

Para empezar siquiera a pensar en construir un sistema verdaderamente democrático, es necesario garantizar una Asamblea independiente, pero eso no sucederá mientras no haya una elección uninominal, por distrito, de los diputados. Que cada uno se gane su escaño dándole la cara a los electores y conociendo sus necesidades y sus demandas. Además, los partidos se verían obligados a escoger al correligionario más capaz. Al más fiel a los intereses de quienes lo eligen y no al más fiel a los intereses del caudillo.

Una Asamblea así podría dictar leyes que de verdad estén por encima de los poderosos y que sirva como un contrapeso al Ejecutivo. Ese, el sistema de pesas y contrapesas, es el que garantiza que la democracia funcione. Una Asamblea independiente podría elegir una Corte Suprema independiente, una Contraloría independiente, un Consejo Supremo Electoral independiente. Cualquier otra cosa es un monigote como lo que tuvimos en los 80, o una “Chanchera” como la que tuvimos con Somoza. O lo que tenemos ahora.  

Editorial
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