Una santa para Nicaragua

Para un país cuya población es mayoritariamente católica, como Nicaragua, tener una santa —o un santo— reconocido oficialmente por la Iglesia es una honrosa distinción religiosa, pero también histórica, cultural y moral.

Que habrá una santa de Nicaragua está asegurado desde el 24 de abril de este 2001, cuando el Papa Juan Pablo II promulgó el decreto de martirio, virtudes heroicas y reconocimiento de milagros de 52 personalidades católicas difuntas, entre las cuales se incluyó a la religiosa nicaragüense Sor María Romero Meneses (1902-1977), de quien precisamente hoy 7 de julio se conmemora el vigésimo cuarto aniversario de su muerte.

Ya el 18 de diciembre del 2000 el Vaticano había reconocido las “virtudes heroicas” de Sor María Romero, y por lo tanto su calidad de venerable, reconocimiento que fue ratificado solemnemente por medio del decreto pontificio del 24 de abril pasado. Por lo tanto, desde esa fecha la religiosa nicaragüense está en la sala de espera de la santificación.

Con la inminente santificación de Sor María Romero, Nicaragua ingresará en el selecto grupo de países americanos que tienen santas y santos, pues, a pesar de que en este Continente hay más de 500 millones de católicos —más que en cualquier otra parte del mundo—, apenas se cuenta con 47 santas y santos americanos, incluyendo a los 27 religiosos y laicos mexicanos que el Papa Juan Pablo II canonizó recientemente, el 21 de mayo del 2000. Es decir, que hasta el año pasado en las Américas apenas había 20 santas y santos, la mayoría de ellos (13) nacidos en Europa y tan sólo 7 nativos latinoamericanos: San Benito de Jesús, nacido en Argentina; Santa Teresa Fernández Solar de los Andes, chilena; Santa Mariana de Jesús, ecuatoriana; San Felipe de Jesús, mexicano; San Roque González de Santa Cruz, paraguayo; y Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres, peruanos. De manera que Sor María Romero será apenas la octava entre las santas y santos nativos de América Latina y Nicaragua será sólo el séptimo país latinoamericano que tendrá a uno de sus hijos en el santoral católico universal.

Sin dudas que tener una santa es una distinción que debe llenar de orgullo a todos los nicaragüenses, independientemente de sus credos religiosos o de que no tengan ninguno, puesto que la santificación de una persona por sus calidades religiosas, morales y humanistas, significa también un reconocimiento a los valores que practica la nación que engendró a esa persona excepcionalmente virtuosa.

A pesar de que la vida y obra de Sor María Romero de Nicaragua no son conocidas mundialmente, como las de Madre Teresa de Calcuta, ambas religiosas físicamente desaparecidas son ahora igualmente motivo de veneración de todos los católicos del mundo, así como de admiración y respeto de todas las personas de buena voluntad que tienen otras creencias, pero también la honestidad de reconocer el mérito de quienes son símbolos ejemplares de las mujeres religiosas que en todas partes del mundo predican y practican la solidaridad con los más desvalidos y el bien para la humanidad.

La verdad es que no siempre son debidamente apreciadas esas santas mujeres que consagran su vida al servicio de Dios y de la sociedad, y quienes en el cumplimiento de su vocación tienen que enfrentar innumerables obstáculos y sufrir muchas angustias. Sin embargo, como lo planteó en su autobiografía Santa Teresa de Jesús (1873-1897), la monja francesa que fue canonizada en 1927 y proclamada patrona secundaria de Francia, junto con Santa Juana de Arco, “¿qué sería del mundo si no existieran los religiosos?”.

Sin dudas que el mundo sería mucho más inhóspito de lo que ya es si no hubiese religiosos y religiosas que, como lo hiciera Sor María Romero, derraman bendiciones con los ejemplos de su vida y de sus obras, practican la caridad, se consagran al trabajo social sin ninguna retribución material, curan a los enfermos, educan a los niños y los adultos, rescatan cuerpos y almas en los lugares más miserables que cabe imaginar. Y que por eso, con toda razón, justicia y derecho son santificadas por la Iglesia, veneradas por los creyentes católicos y respetadas por todos los demás.  

Editorial
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