Roberto Fonseca [email protected]
Fue una bendición que William Ramírez desestimara la sugerencia presidencial. Era la una de la madrugada del sábado 22 de octubre de 1988 y la ciudad de Bluefields estaba sumergida totalmente en la oscuridad. Afuera del Puesto de Mando del Comité de Emergencia, donde permanecía junto al fotógrafo Oscar Cantarero, los vientos del huracán “Joan” empezaban a azotar y a destruir árboles, postes de luz y casas.
“Tienen diez minutos para tomar una decisión”, dijo Daniel Ortega, entonces Presidente de la República, a través del equipo de radiocomunicación y los miembros del Comité de Emergencia se vieron unos a otros. Al centro del grupo estaba encendida una lámpara Coleman, la única luz que permanecía con vida en el local.
“Bueno, ya oyeron la propuesta”, dijo Ramírez, “escucho opiniones”. Uno por uno, apresuradamente, fueron tomando la palabra y razonando. Entre ellos recuerdo al entonces Jefe de la Fuerza Naval, Manuel Rivas Guatemala; al Oficial de Defensa Civil, capitán Sergio Martínez; a Raúl Cordón, delegado del MINT, y a un asesor cubano.
Todos coincidían en que era totalmente innecesario y además muy riesgoso, sacar a la población de los refugios y trasladarla en medio de la oscuridad total, al punto más elevado de Bluefields, una colina donde estaba ubicada una antena y unos tanques de agua.
“Comandante”, interrumpió el radio operador, “ya está la comunicación de Managua”. William Ramírez, entonces Comandante Guerrillero, se acercó al aparato, rebuscando mentalmente las palabras. Supongo que para él resultaba incómodo rechazar categóricamente una sugerencia presidencial, pero lo hizo. La población no sería reubicada de los refugios. Respiré aliviado.
“Bueno, lo que ustedes decidan”, dijo Ortega y se cortó la comunicación. Se estimaba que el ojo del huracán “Joan” estaba a unos 50 kilómetros de distancia, sin embargo, los vientos ya alcanzaban una velocidad superior a los 250 kilómetros por hora, provocando un ‘bujido’ ensordecedor.
El techo del Puesto de Mando se levantaba unos centímetros por la presión de los vientos y volvía a caer. También empezó a “hacer agua” adentro del local, cayendo chorros por todos lados.
“El techo puede ceder, hay que reforzarlo”, dijo Martínez y empezamos a mover los escritorios hacia los puntos donde más se levantaba. Los subimos unos encima de otros, hasta formar una columna vertical pegada al techo.
La lluvia caía más fuerte, sonaba como si fuera granizo. Salimos afuera, alumbramos alrededor y vimos una casa vecina, de ventanas pintadas en verde, partida por la mitad. Fue mi primera imagen de la destrucción.
Adentro del Puesto de Mando, empezaron a estallar las lámparas fluorescentes. El tormento apenas comenzaba. Faltaban de seis a ocho horas de miedo y tensión.
Otra historia en Cancillería
“Esto es frustrante”, dijo un funcionario de la Cancillería, luego de reunirse con el Padre Miguel D’Escoto, Ministro de Relaciones Exteriores del sandinismo. “Uno entra a hablar del huracán y termina conversando de perros”, comentó un poco molesto aquel funcionario, según me contaron luego unos amigos.
Ese terrible 22 de octubre de 1988, mientras Bluefields, Corn Island y El Rama, fundamentalmente, eran destruidos por el gigante que desató vientos de casi 300 kilómetros por hora, la preocupación fundamental del canciller era otra: la salud de sus mascotas, unos hermosos perros importados.
Según me contaron, D’Escoto trasladó a la sede de Relaciones Exteriores a sus mascotas, ya que debía estar al frente de otro Puesto de Mando y quería tenerlos a su lado. Supongo que un veterinario de confianza le dijo que los animales podían sufrir de estrés, por tanto los sedó y dicen que los acariciaba a cada momento, para que no se pusieran nerviosos. Más aún cuando se anunció que “Joan” venía sobre Managua.
Yo no conocí las mascotas, ni sé exactamente cuántos eran. Meses después de la derrota electoral, en su edición del 17 de agosto de 1990, el vespertino La Prensa publicó la historia de una de las mascotas del ex canciller, basándose en una noticia curiosa del londinense Daily Telegraph, en fecha no definida.
Según el periódico londinense, el perro llamado “Brutus”, comprado por el hermano del canciller, era un feroz mastín toro, que había costado 1,000 libras esterlinas. Traerlo a Managua sumaba más de 2,177 libras esterlinas, o sea más de 5,000 dólares. Cifra que nadie soñaba poseer en esos años ochenta.
Irónicamente, dos años atrás, D´Escoto celebró un “ayuno pastoral” y antes, un “vía crucis por la paz”. Ambas actividades —igual que el huracán “Joan” en Bluefields— las conservo en mis memorias periodísticas.
* El autor es periodista.