Joaquín Absalón Pastora
No se requiere de ninguna gota oftalmológica para visualizar que corre peligro el porvenir de la democracia latinoamericana, quizá porque somos víctimas de una rara y avasallante enfermedad: olvidar todos los desastres ocasionados por dirigentes que como Daniel Ortega, tienen ahora no menudas posibilidades de triunfar.
Si hacemos un recorrido sobre las perspectivas que le esperan a Venezuela, Colombia, Brasil y Nicaragua, encontraremos un quinteto de países con tristes augurios para resolver sus crisis internas. A Cuba no la incluimos porque es la fuente maternal de toda esta reverberación.
Venezuela tiene su Hugo Chávez. Con toda la facilidad del mundo se montó en el caballo de Simón Bolívar sin la menor posibilidad de hacer honor al lomo noble del equino original.
Perú es otro de los ejemplos del virus populista. Los nicaragüenses hemos lucido inexplicablemente los ornamentos fúnebres de la desmemoria.
Colombia es quizá el país que más tiene sumergida sus posibilidades de sostener la democracia por razones obvias. El anterior Ministro del Interior de Colombia Horacio Serpas es la principal preocupación de la derecha colombiana. Perseguido por tener nexos con la terrible clandestinidad y ligado a frontales acusaciones, emerge desde la cueva y es ahora uno de los fantasmas que puede hacer recorridos victoriosos por las calles de Colombia.
Luis Ignacio Lula Da Silva en Brasil puede conseguir un triunfo electoral en octubre del 2002 según las encuestas.
Pero en torno a este enjambre nuclear de la resucitación populista, ¿qué podría ocurrir en Nicaragua?
“Gallina que come huevos ni que le quemen el pico” o para mencionar otro sabio aforismo de la calle: “Dime con quién andas y te diré quien eres”. Las dos menciones corresponden a Ortega, un protegido de Gadafi.
Para nadie es un secreto que sus viajes por el mundo han tenido como destino final y esencial Trípoli o específicamente las tiendas misteriosas puestas en la planicie, pasando por Moscú, La Habana y ahora por Caracas para completar el panorama y la identidad de un discurso conocido. Gadafi, inspirado por el resultado de las últimas encuestas no le negará los millones de dólares que por tradición Libia no regala con el perfil de la gratuidad o de la espontaneidad, Libia invierte en este mercado del sectarismo internacional.
El candidato presidencial que llevó como credencial las últimas encuestas, si logra sus propósitos tendrá “que rendir cuentas” de los dineros recibidos, pues estos no serán para invertirlos en el fortalecimiento de la democracia occidental sino de los designios de una parte de oriente que busca otros dividendos ideológicos y económicos totalmente alejados del temple del inversionista que pone su plata para hacerla producir en provecho de sus réditos empresariales, pues ninguno de ellos tiene imagen ni de santo, ni de mártir, ni de filántropo.
¿Qué ganará cada nicaragüense con esa lluvia de plata de Libia? Posiblemente la triste posibilidad de “arisquear” la inversión extranjera de la cual tanto necesitamos porque —últimamente— nuestra “mano de obra” nada o poco produce para cuantificar la moneda dura.
Nicaragua dentro de cuarenta y tres seleccionados no clasificó para ser un país atractivo para el inversionista extranjero, y triste realidad, ni siquiera lo es para el inversionista local, que no termina de estar pesimista al entrar en acción una campaña electoral que puede llevar al poder a quien ha sido uno de sus peores enemigos. Peor cuando según un analista de la modernidad “giramos alrededor del mercado y no el mercado alrededor de nosotros”.
No puede ocultarse en las capitales de la libertad, la posibilidad que se salga con las suyas un bloque opuesto. Nadie imaginó que tras el desplome de los muros, hubiera tanta pérdida de la memoria o como lo señala Jorge Salaverry, tanto masoquismo.
* El autor es periodista.