Jorge Ramos [email protected]
Bruce Harris es un superpadre. Tiene miles de niños bajo su cuidado. Nueve mil para ser exactos. Bruce está encargado de los niños que otros no quieren. Como director regional para América Latina de Casa Alianza (o Covenant House en Estados Unidos) este ciudadano inglés ha sido por más de una década el principal defensor de los niños de la calle. Él habla por ellos.
Tiene 46 años pero no los aparenta; aún se le ve una cara de niño. Debe ser, sin duda, su contacto constante con los más pequeños o su paso con el grupo Viva la Gente. Es fácil verlo despeinado –pero rubio, sin canas– y echarse una carcajada cada vez que se acuerda de alguna puntada de sus niños. Bruce es el escudo de la niñez en América Latina, y lucha por ellos en dos frentes: dándoles alojamiento y ayuda a los menores de edad que viven en la calle y representando sus intereses ante las cortes, la policía y los gobiernos.
La reina Isabel segunda lo acaba de condecorar con la Gran Orden del Imperio Británico. Y, por supuesto, Bruce fue a Londres a recibir el premio. En verdad, no creo que le importen mucho los reconocimientos ni que le impresionen muchos reinas y presidentes. Tiene su ego bien controlado. Pero él sabe que la condecoración es una manera de promover la causa de los niños en la calle.
Incluso creo que en esos días Bruce estaba más emocionado por una decisión sin precedentes de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que por su premio. Resulta que la Corte le ordenó al Estado de Guatemala pagar más de medio millón de dólares a los familiares de cinco niños que fueron torturados y asesinados por la Policía en 1990. Los niños, secuestrados de un estacionamiento en Ciudad Guatemala, aparecieron muertos varios días después, mutilados, con los ojos arrancados y con tiros de gracia en la nuca. Los secuestradores fueron dos policías nacionales.
Ésta fue la primera vez en la historia que la Corte Interamericana resuelve un caso que involucraba a niños. Y ese también es un triunfo obtenido por la persistencia de Bruce, quien nunca se ha cansado de denunciar el maltrato que reciben los niños por parte de soldados y policías en las calles de nuestro continente.
Bruce es la verdadera voz de esos niños. Habla por ellos en México, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. Y por eso recibo frecuentemente reportes de él y de Casa Alianza. Hace unos días recibí un e-mail en el que me pedía que escribiera sobre la terrible situación de miles de niños en el hemisferio. Palabras más, palabras menos, le contesté que él era el experto en el tema y que me explicara, en sólo unas líneas, el meollo del problema. Y esto fue lo que escribió:
“El número de niños de la calle va en crecimiento. Tal vez las guerras ‘formales’ en Centroamérica han terminado según los políticos, pero para la niñez –la mitad de la población– se ha convertido en una guerra de sobrevivencia total…
En Honduras más de 750 niños y jóvenes han sido asesinados en los últimos tres años, y muchos de ellos (fueron) asesinados por las mismas autoridades, quienes los deberían proteger.
En Costa Rica hay más de tres mil menores de edad víctimas de la explotación comercial sexual (prostitución infantil), y el presidente del país dice que ‘sólo hay 20 ó 30’.
Hay tráfico de miles de niñas centroamericanas para fines de la explotación sexual. Tráfico desde Honduras a prostíbulos en Tapachula, México, y (hay) jóvenes hondureños (que van) a Vancouver, Canadá, para vender drogas.
Es igual de fácil para un niño aprender (a) pedir limosna o robar que aprender a leer y escribir. Todo depende de qué, como sociedad, queremos para nuestros hijos.
La calle no debería ser el hogar para los millones de niños y niñas en América Latina. El hecho de que hay tantos es una decisión política de no invertir en los niños…”.
Al final de su correo electrónico (www.casa-alianza-org) Bruce me puso una frase de la reconocida antropóloga Margaret Mead y que refleja perfectamente su filosofía: “Nunca dudé de que un pequeño grupo de ciudadanos reflexivos y comprometidos pueda cambiar el mundo; de hecho es la única cosa que lo ha hecho alguna vez”.
Bruce, estoy seguro, hubiera preferido que escribiera sobre “sus niños” en lugar de hacerlo sobre él. Pero quise que lo conocieran porque –creo– Bruce forma parte de ese exclusivo grupo al que se refiere Mead y que, a su manera, está cambiando para bien el injusto entorno que le tocó vivir. Y eso ya hasta la reina Isabel lo sabe.