Jorge Eduardo Arellano
En el síndrome del figureo (cuya segunda edición aumentada acaba de aparecer esta semana), León Núñez eleva el artículo de periódico a la categoría de género literario, es decir, de ensayo. Pocos en nuestro país le han antecedido en esa meritoria tarea. En el siglo XIX, Anselmo H. Rivas y Enrique Guzmán; en el nuestro, Pablo Antonio Cuadra y Guillermo Rothschuh Tablada. Como Rivas –autor de la serie “El modo de ser político en Nicaragua”–, León Núñez analiza la conducta de nuestros políticos actuales, especialmente la de los funcionarios públicos. Al igual que Guzmán, recurre a la ironía y al sarcasmo como normas de estilo. De la misma manera que Cuadra, postula una moral de la política, y, como Rothschuh Tablada, proclama –con no escaso orgullo– su identidad chontaleña.
Pero la escritura de León Núñez es de tradición española. Procede, exactamente, de “Fígaro”: aquel periodista llamado Mariano José de Larra que en el siglo pasado hizo de la sátira un arte verbal. Un arte, en el caso de Núñez, que no vitupera ni escarnece, sino que, con la más elemental lógica cartesiana, ridiculiza. Así el famoso “Vuelva usted mañana”, de Larra, tiene su correspondencia en uno de los trabajos insertos en la primera sección de su libro: “Está en estudio, está en trámite, está para firma”, con el cual ejemplifica el tortuguismo como lacra de nuestra Administración pública.
En esa misma sección, León Núñez perfila una fenomenología psico-política del nicaragüense cuando es nombrado para ocupar un alto cargo en esa misma administración: la repentina amnesia y el histrionismo como manifestaciones de la transformación de su personalidad, el nuevo rol que asume de patrón “genial”, mandamás e inaccesible; la exagerada permanencia en “muy importantes reuniones” y una conducta aduladora y servil.
Asimismo, retrata a otros protagonistas –no necesariamente políticos– del figureo: los íntimos amigos “nicas” de Bill e Hilary Clinton, de Frank Sinatra, la Princesa Diana y de otros personajes del jet set internacional; especifica que la frase guatusera predilecta de nuestra burocracia es “tráeme tu currículum”; diserta, acuñando el vocablo neológico, sobre el fenómeno del “dinorismo”, cuya vinculación con la función pública “nos plantea una de las facetas de la lucha, en algunas mujeres, por conquistar espacios de poder”; y, limitándome al contenido de un ensayo más, señala el inevitable “regreso a la llanura” a quienes padecen del “mal de altura”. Y citamos de nuevo a Núñez:
“Deben comportarse como si los cargos no fueran eternos. Deben estar conscientes de que si hoy son algo tal vez mañana no lo sean. Deben someterse a una gran cura de racionalización, con fuertes dosis de humildad. Un servidor público que nunca se ha sentido en las alturas, nunca va a sufrir el penoso caso de servirse, y ahora de saco y corbata, regresando a la llanura”.
En la misma primera sección de su obra, León Núñez despliega el discurso satírico que también sustenta las restantes cinco secciones: “La protesta de Sísifo”, “La política y el espíritu de la historia”, “De comedias y comediantes”, “Entre la tragedia y la trivialidad” y “Hacia una visión estética de la moral”. O sea: a la totalidad de sus páginas guiadas por el procedimiento característico de la sátira “para exponer la comedia de las pretensiones humanas”, según el teórico Matew Hodgart; a saber: “la degradación o desvalorización de la víctima mediante el rebajamiento de su estatura y dignidad” (La Sátira, Madrid, Guadarrama, 1969).
Sin embargo, esta técnica no la impulsa la mala fe, pues se concentra en conductas colectivas, por ejemplo, en nuestra capacidad inagotable para la calumnia, haciendo de ella una profesión; de ahí que proponga un proceso de desprofesionalización de la misma, que incluye la de injuriar, a través de un certamen cada diciembre para elegir las diez mayores calumnias del año.
Tampoco se dirige a personas, aunque éstas –de trascendencia pública– “figuren” con sus nombres propios: el diputado José Dámisis Sirias Vargas, el doctor Erwin Krüger, etc. con su procedimiento, más bien fino y distante, articula una crítica sociopolítica constructiva. En concreto, alude a fenómenos remontados a los años 80, como el pánico que le causan los médicos que aprobaron patrióticamente sus clases cortando café. O los pasaportes que se vencen seis meses antes que se venzan. O la institucionalización de nuestros mecanismos para solicitar ayuda externa que bautiza como “la tecnología de la pedidera”.
Al suscrito le encantaría seguir refiriendo los ensayos que integran el primer libro –no primerizo– del autor, a quien sólo ha tratado un par de veces e incidentalmente, pero de quien se confiesa cómplice lector hedónico. Como no dispone de espacio, se limitará a dar sus señas: acoyapino y ex exiliado, orteguiano (en la línea de don José Ortega y Gasset, no orteguista criollo, naturalmente), consuetudinario consumidor de literatura, filosofía y ciencia contemporáneas. En fin: un avis rara en estos páramos de la penuria intelectual.
Sumando 86, sus ensayos abarcan otros fenómenos curiosos, propios de los años 80, como el renovado repunte de la “harvardnización incaica”; tanto del gobierno de doña “Viola” como del “púrpura inviolable” del doctor Alemán, cuyos “dobles” y “hombres” no escapan a la perspicacia humorística de León Núñez. A este intelectual formado en la España existencionalista de los 50 y 60 que opina y teoriza e interpreta nuestro acontecer y nuestros “vicios” y “abusos” sociales con una vasta cultura y el dominio absoluto de los temas que desarrolla. En esa dirección, su dominio de las acepciones lexicales resulta lúcido y no exento de gracia. Un libro que, de acuerdo con su editor, Francisco Arellano Oviedo, conforma “una nueva e interesante exposición de la idiosincrasia nicaragüense”.
* El autor es historiador.